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El vivir y el obrar en las Siervas de María 

Peldaños de eternidad 

El sufrimiento sigue siendo un gran misterio que no siempre halla respuestas.  Con los padecimientos ocurre lo mismo que con las rosas, que todas, pese a las espinas, desprenden un agradable aroma pues son una oportunidad para acercarnos a Dios y gustar de su consuelo. Y es que el dolor siempre tiene parte en el amor y el amor en el dolor. Por eso quien posee el inmenso don de vivirlo en clave de fe descubre que la Cruz estimula y fortalece la esperanza. Y además no estamos solos frente a la enfermedad; el mismo Jesucristo quiso quedarse especialmente en los pobres y desvalidos, acompañado de una corte de buenos «samaritanos» que cuidan y animan en la subida a  «Getsemaní», como son, por ejemplo, las Siervas de María, Ministras de los Enfermos.

Las Siervas de María. Ministras de los Enfermos es una congregación religiosa fundada en 1851 por siete generosas mujeres que acceden a llevar a cabo la idea concebida por el sacerdote D. Miguel Martínez de reunir a unas cuantas mujeres para atender gratuitamente a los enfermos en sus propios domicilios, y ayudarles a bien morir. Como D. Miguel era un gran devoto de la Virgen de los Dolores, decide que sean siete —en honor a los siete Dolores de Nuestra Señora— las que emprendan la misión y respondan al nombre de Siervas de María, a imitación de los religiosos Servitas, fundados en Florencia y dedicados a extender la devoción a Nuestra Sra. de los Dolores.

toda mi vida te bendeciré

Las seis primeras candidatas provenían de la alta sociedad, sin embargo, la séptima y última era una joven sencilla de pequeña estatura y débil salud, que a los 25 años y nada más enterarse de los planes del sacerdote por una prima suya, ofreció su entera disposición. Aunque el sacerdote en un principio lo dudó decidió aceptarla e iniciar el proyecto. Puesto que Dios escoge precisamente lo que no es para confundir a lo que es, también en esta ocasión se sirvió de lo pequeño para fundar y consolidar una gran obra, pues Manolita, como así le llamaban cariñosamente, llegó a ser Santa María Soledad.  Así, el nuevo Instituto  inicia sus pasos el 15 de agosto de 1851, festividad de la Asunción de María, con la toma de hábito y la profesión de los votos por parte de las fundadoras.

Como no hay redención sin calvario, las dificultades no se hacen esperar. Apenas cinco años después, dos de las hermanas fundadoras han muerto y otras cuatro están a punto de desistir. Incluso el P. Miguel decide marcharse a las misiones a Fernando Poo y dejar el Instituto. María Soledad queda sola en la barca y toma las riendas como Superiora General, con la confianza absoluta de que el timón será manejado por Dios, en quien descansa plenamente.  Pese a las adversas circunstancias el P. Gabino asume la dirección y más tarde lo hará el P. Ángel, agustinos recoletos exclaustrados los dos —de ahí que la espiritualidad agustiniana esté tan presente en el carisma de la Congregación—. Ambos serán los que  juntamente con la Madre Soledad  levantarán y extenderán poco a poco la Congregación hasta llegar a 49 fundaciones en vida de la Santa, y otras tantas posteriormente diseminadas por el mundo. «Dios sabe mejor lo que conviene… Que en Él y en Él lo hagamos todo», repetía con insistencia la Santa, animando a las hermanas en las duras pruebas que surgían.

En octubre de 1887, por causa de una pulmonía mal diagnosticada, moría a los 61 años tras una vida repleta de humildad, amor y valentía frente al dolor. Fue Beatificada por Pío XII en 1950 y proclamada Santa en 1970 por Pablo VI. Madre Soledad Torres Acosta es maestra y modelo de fe, paciencia y prudencia para sus Hijas y para todos los cristianos.

a ti la gloria y alabanza

En la Casa Madre, situada en la Plaza de Chamberí de Madrid, y construida gracias a una donación por unos marqueses, conviven dos comunidades entre las que suman 80 hermanas: la comunidad propia de la Casa y el Provincialato, que es el gobierno de la Provincia, la cual comprende las comunidades de Inglaterra, Francia y España. En esta Casa se veneran algunas reliquias de la Santa y todavía se conserva parte de su habitación y del oratorio original donde transcurría largos ratos de oración. Los restos de la recién declarada Beata Sor Catalina Irigoyen, en octubre de 2011,  reposan en esta Casa  en una urna a los pies de la Santa.

Todas son mujeres enamoradas de Dios, para quienes el servicio a los enfermos  es la consigna de su vida, como unión entre su amor al Esposo y la entrega al que sufre, imagen de Cristo doliente. El mismo Dios, que se oculta en el Sagrario se descubre misteriosamente en cada  persona enferma y necesitada; por eso una Sierva de María hace vivas las palabras de  Jesús: «Estuve enfermo y me visitasteis… Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos a Mí me lo hicisteis». (Mt. 25,26).

Llevan una vida dura y sacrificada, con largos años de asistencia diurna o nocturna, pero en sus rostros no hay mella de sacrificio. Todo lo contrario, son sencillas, abiertas, serviciales, caritativas… e irradian felicidad. ¿De dónde procede esta alegría si en sus días y sus noches abunda la renuncia y entrega? Obran según Dios, sin reservarse nada; ahí  está la clave. Como dan sin medida, reciben sin medida. «Dios lo llena todo. Cuando nos dicen, ¡que vida tan sacrificada la de ustedes! Si supieran que realmente Dios nos da más de lo que damos», reconoce Sor Guadalupe.

Una Sierva de María es un alma de Sagrario con intensa vida interior, que hace contemplativa la acción y activa la contemplación. Saben bien que la oración es el alimento necesario para que Dios se haga fuerte en su misión de asumir el dolor ajeno con generosa entrega. En la mayoría de sus Casas hay una imagen del Divino Enfermo, que  representa al mismo Jesús postrado en una cama, paciente y sereno. La Madre Soledad hacía que las novicias, en sus diversas etapas de formación, pasaran largos ratos contemplándolo y en íntima oración con Él. «Aunque la enfermedad sea repugnante, la persona que la padece es el mismo Jesucristo, a quien hay que tratar con sumo amor y veneración», dice Sor Consuelo y aseveran todas.

Un día cualquiera en una Sierva de María, salvo en aquellas que han asistido por la noche,  comienza a las 6 de la mañana. «A las 6:30 nos reunimos en la iglesia para rezar el Ángelus,  invocar al Espíritu Santo y tener una hora de oración personal. Al acabar comienza las Laudes, a la que se incorporan las hermanas que han estado atendiendo a los enfermos. Ellas ya han hecho la oración personal durante la noche. Desayunamos toda la comunidad junta y después cada hermana se dirige a su oficio, excepto las de asistencia nocturna, que se van a descansar y reponer fuerzas para la noche.  A las 11:00 h. celebramos la Eucaristía. Al finalizar se reza la Alabanza, que es una pequeña oración. A las 12, aunque todavía es una hora temprana,  comemos de nuevo todas juntas. Después de la comida disfrutamos de media hora de recreo comunitario y, pasado este tiempo, las hermanas de asistencia nocturna se retiran a descansar. Las demás, sin hacer mucho ruido, tenemos un tiempo libre personal de descanso, lectura, estudio…

A las 15:00 h. nos reunimos para el rezo del Santo Rosario y de nuevo cada una a sus obligaciones. A las 19:15 comienza el tiempo de la oración privada delante del Sagrario y a las 19:45 la oración de Vísperas. A las 20:00 h. es la cena y después otro recreo juntas. Las hermanas que cuidan a los enfermos en sus domicilios rezan Vísperas, cenan  y se marchan. Allí, delante del  enfermo rezan Completas y la oración personal. A las 21:00 h.  las hermanas que están en casa rezamos juntas la oración de Completas y nos retiramos cada una a su habitación. Empieza el silencio».

«El Señor ha hecho en mí maravillas»

 La comunidad de las Siervas de María de la Casa Madre están de enhorabuena  porque el pasado enero —después de ocho años de permanecer cerrado— se abrió el noviciado con cuatro jóvenes postulantes: Carol, Delia, Débora y Mónica. Dos de ellas son fruto de la JMJ Madrid 2011.

Al hablar de la vocación todas coinciden en señalar que se trata de un don gratuito que no exige méritos por parte de quien la recibe. Solo tener silencio interior para escucharla y dejarse moldear por Dios, que es de quien parte la iniciativa. Para Sor Consuelo, el Señor elige y hace todo lo demás. «De niña cruzaba de acera para no encontrarme con las Hermanas, y cuando a veces venían a casa invitadas por mi madre, yo no salía de la habitación. Y al final soy Sierva de María. El Señor es así de caprichoso». A lo que añade Delia: «Cuando Dios te invita a dejarlo todo es muy insistente; te pone los medios y las personas para conseguirlo, y por muy complicado que sea va saliendo. En esto no hay imposibles».

«Dios ha permitido mi enfermedad para que conozca los sentimientos del otro y llevarle a Cristo. Esta es la mejor ropa que he tenido  (apunta señalando el hábito). Lo que más me gusta de mi nueva vida es haberme olvidado de mí misma. Ahora todo lo hago por Cristo y por los demás, y entonces soy feliz, porque nada hay más importante», explica Débora.

Todas las Hermanas, a imitación de Santa María Soledad y de la Beata Catalina de Irigoyen desean hacer de su vida un «sí» incondicional a la voluntad de Dios.  De todas brota el amor y devoción a María, quien, bajo la advocación de la Virgen de la Salud, patrona de la Congregación, es la Madre, amiga, modelo, que camina junto a ellas. Como María, quieren ser la Madre Dolorosa que está al pie de la Cruz, en actitud amorosa y servicial a la cabecera de los enfermos.

Han renunciado a la maternidad biológica pero son madres que dan la vida. «Somos mujeres normales que vivimos la feminidad y la maternidad de otro modo. Nos sentimos esposas del Señor, amadas por Él, y en los enfermos que se nos confía depositamos la maternidad. No nos sentimos frustradas sino plenas. Estamos muy agradecidas a Dios por sentirnos mujeres; Él nos ha concedido el don de la sensibilidad, de la intuición, para ejercitarlo al servicio de la comunidad, de los enfermos, y también para Él», reconoce Sor Soledad, Madre de novicias.

«Las Siervas de María han sido pioneras a nivel de enfermería —informa con orgullo Sor Teresa, la hermana portera—. El Papa León XIII quiso que los religiosos tuvieran acceso a estudios universitarios, por lo que muchos médicos acudieron a nuestras casas para instruir a las hermanas. El primer manual de Enfermería para la enseñanza de la profesión data de 1915 y es el recogido en estas clases por las Siervas de María».

«¿Quién decís que soy Yo?»

Sor Teresa es la hermana portera. Nació hace 64 años en un pequeño pueblo de La Rioja, en el seno de una familia de once hermanos. Siendo todavía pequeña quedó huérfana y fue cuidada por sus hermanos mayores. «El ejemplo del cura de mi pueblo me ayudó mucho; me encantaba asistir a la Iglesia, al Rosario, a Misa… Yo no sabía qué era ser monja, solo quería dedicar mi vida a Dios».  Por misterios  de la Providencia, sus tíos se enteraron de sus deseos y le llevaron  los papeles para ingresar en las Siervas de María. «Eso fue un milagro. A mí me pareció estupendo y a los 15 años entré en la Orden. Con el tiempo caí enferma y tuve que volver a casa. Mi mayor deseo era reincorporarme a la vida religiosa y Dios me lo concedió. ¡He sido muy feliz de monja! La salida me hizo madurar en la fe».

Sor Consuelo tiene 47 años y es la Secretaria Provincial, cuya misión es la de acompañar a la Madre Provincial a visitar y animar anualmente a cada una de las comunidades que forman parte de la Provincia. Natural de San Rafael (Segovia) es la pequeña de cuatro hermanos. «Dios siempre ha estado presente en mi vida diaria de familia. Mis padres han sido muy sencillos pero nos han transmitido los valores cristianos del respeto, la honradez, el vivir con devoción la Semana Santa, etc. El Señor me llamó a los 15 años,  una noche después de estar con un grupo de amigos y primos en las fiestas de Vegas de Matute. Al volver sentí un gran vacío. “¿Todo esto para qué me ha servido?” me repetía sin poder dormir.  A la mañana siguiente le pedí a mi madre que preguntara sobre las Siervas de María, que tenían una casa de veraneo en mi pueblo. Yo no sabía muy bien hacia dónde dirigirme; lo único que tenía claro era que nada me llenaba y solo quería entregar mi vida al Señor. Al poco sentí que mi verdadera vocación estaba con las Siervas de María. Me vine a hacer BUP en el “Aspirantado”, donde daban la oportunidad a chicas de convivir con las hermanas al tiempo que estudiaban. Cuando entré en la casa realmente sentí como un respirar profundo que quitaba el nudo que me aprisionaba».

Sor Blanca nació hace 65 años en un pequeño pueblo de Álava de gran tradición religiosa. «Soy hija de una familia de labradores formada por cuatro hermanas. Se me transmitió la fe en mi familia de una manera sencilla con el rezo del rosario, la bendición de la mesa, la asistencia a misa… y la fe se fue madurando. Las dos hermanas nos confesamos una a la otra queríamos ser religiosas. Mi madre no hizo mucho caso porque en mi pueblo era muy corriente entre los chiquillos de decir que queríamos ser religiosos. Pero poco después fuimos  al colegio, dos años después al noviciado y con 18 años profesamos las dos como Siervas de María.  Mi hermana gemela está en la comunidad de Kansas City, en EEUU. Consagrarse al Señor es una decisión muy seria, pero en una confianza plena en Él se toma. Es la fuerza de Dios la que nos hace dar este paso para toda la vida».

«Levántate y anda”

Nos cuenta Sor Consuelo que su mejor tarjeta de presentación es el «boca a oreja» como ella lo define. «Llaman  a casa y antes de asignar a un enfermo, la madre superiora se desplaza para considerar qué hermana es la adecuada para cuidarle según sea la distancia, edad o tipo de enfermedad. Si no hay hermanas disponibles se hace una lista de espera según las prioridades.  En caso de acudir a centros subvencionados se estipula una asignación, pero si la asistencia es a domicilio recibimos la voluntad. ¡Gracias a Dios no nos falta nunca el pan! Nosotras nunca imponemos el trato con Jesús, pero en la convivencia diaria el enfermo va abriendo su corazón».

«La gente huye del sufrimiento porque lo considera una aberración, pero nosotras estamos viendo permanentemente a Cristo sufriente en el otro, como una gracia del Espíritu Santo. Aunque no se padezca como vivencia personal, la enfermedad enseña a ser humilde y confiar en Dios. Nosotras, como Ministras de los Enfermos debemos interrogarnos: ¿Qué es el dolor para mí? ¿Verdaderamente es una escuela o es algo de lo que me alejo? En más de una asistencia me he pasado la noche de rodillas, igual que si estuviese delante del Sagrario», detalla Sor Blanca.

Sor Jessica tiene 29 años, es de Jalisco (México) y a los 18 años ingresó en la Congregación. «A los 8 años me miraba a los ojos frente a un espejo y decía: “Jessica ¿quién eres?”.  A través de una amiga me fui involucrando en la Iglesia y perdiendo la imagen que tenía de un Dios distante. Cuando terminé Bachillerato hubo una semana vocacional en mi pueblo y me llamaron la atención las Siervas de María por las misiones y el cuidado gratuito a los enfermos. Les escribí y me contestaron invitándome al Triduo Pascual. Accedí y cuando entré en el convento pensé: “Este es mi sitio”. Después de esos tres días decidí ingresar en la Orden y me mandaron para España. Dios y yo hemos batallado mucho juntos pero siempre me ha ganado. La lucha más fuerte fue cuando me dijeron que debía esperar para hacer los votos perpetuos. Fue un día muy doloroso pero ¡bendito día! (Eso lo digo ahora). Por la noche me fui  a la capilla a pelearme con el Señor y experimenté que realmente me contestaba clara y coherentemente con la Biblia. Entonces  sentí  en el fondo de mi alma que Dios me quería. A estos momentos los  llamo “mis altares” porque son certezas de Dios. Hice los votos en el 2010 y he visto que fue bueno esperar.  Desde entonces siento a Cristo como el Esposo, que me acompaña todo el día; limpio los servicios y somos los dos; estudio y somos los dos… y así con todo. Estoy enamorada y soy correspondida».

Sor Guadalupe es la hermana ropera y ha asistido de noche al enfermo durante más de 50 años. «Nací en una familia cristiana muy normal, donde rezábamos el Rosario y al acabar mi madre nos leía novelas de “El Coyote”. En la empresa donde trabajaba comenzaron las Hermandades del trabajo y mis amigas y yo nos apuntamos. Fuimos un fin de semana de retiro y tres de nosotras volvimos con la idea de ser religiosas marianistas. Un buen día yo debía quedarme hasta tarde en el trabajo y mis amigas me esperaron a la salida. Ya era de noche cuando vimos a una monja caminar sola por la calle y, por curiosidad, la seguimos hasta que se metió en un portal. Al día siguiente igual, la misma monja que se metía en el mismo portal. Al tercer día le pedimos que nos diera a besar el Cristo y ella, mondada de risa, nos contó la misión de las Siervas de María y nos invitó a visitar su casa, que era esta. Allí nos presentamos, conocimos a la Madre Maestra, y de las cinco, dos nos marchamos de Siervas de María. Ya han pasado 60 años desde que ingresé. Al principio sufría un poco porque no quería desatender mis obligaciones de hija, pero Dios me ha regalado cuidar a mi madre en su ancianidad hasta que ha muerto conmigo».

Sor Soledad es la Maestra de novicias. Nació en Valtiendas (Segovia) hace 49 años y es la mayor de seis hermanos. «Conocí a las Siervas de María en un colegio apostólico que tenían en La Coruña, donde fui con más niños de mi pueblo. Mi vocación fue un proceso lento en el que el Señor me ha ido seduciendo. A los 12 años yo estaba como cualquier niña de esta edad, pendiente de mi pelo, del tipo, de los amigos… pero un día el Evangelio me caló: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere; no da fruto”.  Como vengo de un pueblo que vive de la tierra,  eso yo lo había visto en los cereales, y me hice esta reflexión:  “Si todas las palabras de Jesús son tan ciertas como estas, que sé que son verdad, entonces tengo que cambiar”. Y descubrí que Dios me quería para Él. Me gustó el carisma de las Siervas de María: hacer llegar el reino de Dios a través del cuidado hacia el enfermo. Con esta misión puedo todos los días renovar mi bautismo con radicalidad y llevar la misericordia de Cristo a los que sufren».

servir a Dios es vivir en libertad

Delia es una de las cuatro postulantes. Tiene 29 años y es de Nicaragua. «Estaba estudiando la carrera cuando mi madre enfermó. Como necesitábamos mucho dinero para comprar sus medicinas, les propuse a mis hermanos —mi padre ya había fallecido— venirme a España a trabajar.  Llegué a Irún en el año 2006,  encontré trabajo y mandaba regularmente dinero a mi familia. Pero a los 14 meses mi madre empeoró y tuve que regresar. Al poco murió. Al quedarme sin padres y con mis hermanos casados me planteé volver a España. Tenía un gran resentimiento hacia Dios y solo vivía para trabajar y ganar dinero. Un día comencé a sentir  angustia y ansiedad dentro de mí.  El médico me dijo que sufría un  ataque de estrés. Bajé el ritmo de trabajo y comencé a salir a divertirme, pero nada me llenaba. Empecé a asistir a misa, a rezar el rosario por las noches… y fui ganando paz y tranquilidad. Rezando reflexionaba sobre acontecimientos de mi vida y cada nudo de dolor y resentimiento se iba deshaciendo. Con una amiga fui a San Sebastián a buscar trabajo y llamamos a una casa de las Siervas de María. Hablando con ellas les comenté que estaba interesada en asistir a la JMJ. Me apunté también a una experiencia de ocho días en Santander con ellas y milagrosamente la angustia y el vacío existencial desaparecieron. Llegó la JMJ y pude participar plenamente. Volví a casa pero yo era otra persona, y decidí ingresar. La muerte de mis padres me ha hecho sufrir, pero sé que están en el cielo. Dios me ha hecho desprenderme de cosas y me ha regalado otras. Aquí he encontrado una familia;  siendo todas tan diferentes compartimos la alabanza a Dios y el servicio a los enfermos. Llena de su amor, tengo la certeza de que con Él todo lo puedo, por eso no tengo miedo».

Débora, también postulante,  es boliviana. «Vine a España huyendo de mi país. Llevaba tres años estudiando Farmacia, tenía un trabajo… todo parecía ir bien. Pero en poco tiempo me atracaron, tuve un accidente por el que me operaron y por una negligencia médica no quedé bien. Me sentía amedrentada y vivía con miedo. Como tenía tíos y una hermana en España me vine a Sabadell. Encontré trabajo, comencé a ganar dinero, pero me faltaba algo. Veía a la gente como en una pantalla de televisión. Una vez escuché a una tía decir: “Es que Débora es muy rara”. Y eso me hizo cuestionarme por qué no era feliz. Yo vivía enfrente de una casa de las Siervas de María y una tarde que hice pastas no sé muy bien cómo, me encontré llamando a su puerta. Lo primero que me salió  cuando me abrieron fue: “Quiero servir a Cristo a través de mis hermanos”. Me contaron que se dedicaban a cuidar a los enfermos y enseguida pensé en mi aprensión por la enfermedad.  Pero al día siguiente estaba allí a las 6 de la mañana para rezar  y pronto se convirtió en una necesidad estar con ellas. Un día me invitaron a pasar a clausura y me encontré con tres niñas de más de 90 años en sillas de ruedas, y  descubrí que el Señor me mostraba su rostro en ellas.  Ese momento sentí viva la  vocación. A la vuelta de la JMJ hice una experiencia en Navarra que me confirmó la llamada. Cuidar durante siete meses a las 44 Hermanas ancianitas ha sido la experiencia más bonita de mi vida. Milagrosamente el miedo al enfermo se me ha ido».

Carol, la tercera de las postulantes ha nacido en Ecuador pero hasta enero residía en Londres. Tiene 23 años y es la tercera de cinco hermanos. «Hasta hace dos años yo vivía en otro mundo, completamente aislada de la Iglesia. A través de un folleto en el que se hablaba sobre el Diario de Santa Faustina Kowalska compramos el libro. Al leerlo me di cuenta que no estaba en gracia y que si moría me iba a condenar. Luego me leí “Historia de un alma” de Santa Teresita de Lisieux y ahí es cuando entendí que Jesús es una persona. Comencé a ir a Misa pero cuando me acercaba al confesionario no era capaz de dar el paso. Así estuve seis meses. Un día estando en la iglesia en oración se me acercó una Sierva de María y me presentó a Sor Micaela, el instrumento que Dios ha utilizado para traerme hasta aquí, a quien le abrí mi corazón. Por fin un día logré confesarme. No podía dejar de llorar; era mucha la carga que llevaba,  pero Dios me había perdonado y pude descansar. Sentí una llamada fuerte a consagrarme al Señor como Sierva de María. Yo creía que Dios solo prohibía, ahora veo que no prohíbe, protege. Mis padres al principio se opusieron, aunque luego me dejaron marchar. Ha sido un cambio drástico en mi vida y es normal que todavía no estén contentos. Sé que lo llegarán a entender».

La cuarta postulante es Mónica, una joven de Madrid con la que no hemos podido más que intercambiar breves palabras. Como ocurre con las demás, la sonrisa de su rostro refleja a esa plenitud de vida que transmiten las Hermanas.

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