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Él y ella: confidencias… 

Blog Antonio Pavia

Con el temor y temblor propio de quien acomete una empresa que le sobrepasa, algo así como quien intenta desatar el nudo gordiano, nos atrevemos, con no poca audacia, a abordar el corazón de la esposa del Cantar de los Cantares, con el fin de saquear sus quietudes e intimidades rebosantes de energía y colmadas de una pasión hacia Dios tan sublime que nos deja sobrecogidos. Fijémonos en que su forma de expresarse es, de por sí, un testimonio elocuente de la inmaterialidad que acompaña nuestra existencia. ¡Atentos, que la esposa nos está ha- blando del amor de su alma! «Su izquierda está bajo mi cabeza, y su diestra me abraza» (Ct 2,6).

Nuestra intención no es otra que compartir el botín que hemos conseguido arrebatar al… Espíritu Santo. Él fue quien inspiró al autor del Cantar de los Cantares estos textos únicos. Se lo hemos podido arrebatar — por supuesto que sólo en parte— porque el mismo Espíritu Santo lo dejó a merced de aquellos que, conscientes de sus vacíos e inconformes con ellos, pusieron sus ojos en las insondables riquezas que Él mismo escondió en las Escrituras.

Respecto a estas riquezas damos por válido el principio que dice «dinero llama a dinero», y lo aplicamos a la Palabra de Dios. Un botín encontrado en ella llama a otro botín. Es lo que los exegetas definieron así: «La Escritura se interpreta con la misma Escritura». De la mano del Señor Jesús, el exegeta de la Palabra por excelencia como así le llaman los santos Padres, nos introducimos en sus inagotables tesoros.

Recogemos las palabras de la esposa. Colmada y ebria de amor, acier- ta a decir: «Su izquierda está sobre mi cabeza y su diestra me abraza». Traspasamos su experiencia, que lo es de toda alma, a David. Perseguido por Saúl, se ve obligado a huir de Jerusalén. No entiende nada de lo que le pasa. Saúl le ha devuelto mal por bien. Si fuese un hombre cualquiera podría comprenderlo, pero se trata del rey de Israel, el ungido de Dios.

La tentación es brutal, implacable; es como un dardo que atraviesa todo su ser. Su fe se tambalea ante lo aparentemente absurdo e inconcebible. En esta encrucijada David se abraza a aquello que siempre ha sostenido a los amigos de Dios en situaciones parecidas: se aferra a «la memoria». Recuerda que Dios fortaleció su brazo para poder derribar a Goliat. Esta su memoria le dice que también el nuevo Goliat que se interpone ante él caerá a sus pies. Con esta certeza —ésta es la audacia de la fe— eleva sus ojos al Dios de su fuerza y de su amor; y, confiado, susurra a sus oídos: «En el lecho me acuerdo de ti, y velando medito en ti porque fuiste mi auxilio» (Sal 63,7-8).

Tengamos en cuenta que la palabra meditar, en la espiritualidad bíblica, significa hacer suyo, atraer hacia sí lo que aborda la mente. Al susurrar a Dios confidencialmente «velando medito en ti», está atrayéndole hacia sí hasta hacerlo suyo, Espíritu de su espíritu. De ahí que a un cierto momento, y exultante de gozo, le diga: «mi alma se aprieta contra ti, tu diestra me sostiene» (Sal 63,9).

No es muy aventurado suponer que San Agustín haya sido influido es- piritualmente por esta excepcional experiencia mística de David, que, haciéndola suya, nos la ha transmitido confidencialmente. Eso sí, dándole su toque personal, pues personal y única es la relación de cada creyente con Dios, de cada buscador con el Encontrado o, mejor dicho, con el que se dejó encontrar. Leamos estos pequeños textos magistrales en su no menos magistral libro «Las Confesiones»: «Conózcate a ti, Conocedor mío, conózcate a ti como tú me conoces. Fuerza de mi alma, entra en ella y ajústala a ti, para que la tengas y poseas… Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor ni trabajo para mí, y mi vida será realmente viva, llena toda de ti».

Quizá en la misma línea se mueva San León Magno al escribir en sus «Comentarios a las Bienaventuranzas» que cuando Jesús proclama: «Bien- aventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán

saciados» (Mt 5,6), no se trata de un hambre y una sed corporales. El bien por el que suspiran con toda su alma consiste en la justicia —del verbo ajustar—. Su aspiración y anhelo es penetrar en el conocimiento de los misterios ocultos hasta saciarse del mismo Dios. Por supuesto que hay otras interpretaciones acerca de este texto, lo que no quita validez a ésta.

El que tiene el alma apretada, ajustada, y más aún, arrebatada contra Dios, vive: ¡está vivo! La pregunta es: ¿Cómo podemos llegar a apretar- nos contra Dios cuando nuestra relación con Él está marcada, en principio, más por la desconfianza que por la confianza? ¿Cómo apretarnos contra Él cuando estamos heridos por tantos miedos, angustias, injusti- cias, penurias, soledades, etc.? No parece que haya salida a tanta asfixia. Parece que la pesada losa de la desesperación nos impide ver y esperar nada más allá de lo que aparentemente somos. Ante tanto desajuste, parece que todo grita que Dios no existe, y que la pretensión de apretarse contra Él no es sino una quimera, una huida cobarde de sí mismo.

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