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Elecciones europeas 

Las próximas elecciones europeas se plantean a los ciudadanos como el dilema de qué políticas realizar para salir antes de la crisis, si persistir en la austeridad o promover el gasto público. Pero el inmediato interés económico nos oculta la verdadera y profunda cuestión: ¿Hacia dónde va Europa?

La España de los años ochenta, que vivió la entrada en Europa como un gran triunfo, recela ahora de ese mastodonte que la asfixia en la austeridad de una crisis interminable. La propia Unión Europea fue un gran invento supranacional para terminar de una vez con las guerras mundiales que promovían los nacionalismos atávicos, sobre todo de Alemania, el Imperio Británico, Francia e Italia. Dicen los expertos que la crisis actual es financiera, es decir, de ciclo largo o una década, lo que significa que, si empezó en 2008, no comenzará otro periodo de prosperidad hasta el 2018. Bien, supongamos que se despejan los nubarrones económicos sobre Europa en la última crisis periódica del capitalismo: ¿Y luego qué?

Porque Europa se ha convertido en un imperio económico germánico, enorme y oscuro, frío e impersonal, que rescata países y traga países para crecer de continuo. Igual compite con Rusia por Ucrania, que con el Islam por Turquía, o permitiría la independencia de Escocia y Cataluña si a la larga ello produjera mayores beneficios, como con Chequia y Eslovaquia, o la antigua Yugoslavia. ¿Qué es Europa? ¿Dónde acaba Europa? ¿Hacia dónde va? Europa pierde a marchas forzadas su esencia cristiana, su alma pasada, sus creencias definitorias. Los valores que imperan ya no son religiosos y morales, sino económicos, de simple cálculo geopolítico y rentabilidad. No hay más criterios. Se habla mucho de ciudadanos, pero se olvida a las personas que sufren.

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