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El dilema de José y la confianza 
22 de Diciembre
Por Olga Alonso Pelegrín

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.
Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer (San Mateo 1, 18-24).

COMENTARIO

En el Evangelio de hoy se nos presenta a José ante el gran dilema de la maternidad de María.

Quizás, lo que más nos sorprende en primer término es la actitud de José ante un acontecimiento tan inesperado como desconcertante y, sobre todo en un momento tan importante de su relación con María, una vez desposado con ella.

José no pregunta por qué, no se obsesiona, vive su dolor y, sobre todo, confía.

Con el mayor de los respetos, decide repudiarla, pero en secreto para no difamarla para no afectar su dignidad: un gesto de amor insospechado y enorme. Una muestra del profundo respecto que sentía por ella.

Toda la carga sobre él, todo el dolor sobre sus hombros, y, en el silencio, su penitencia.

Y, a partir de ese momento y esa manera de afrontar su vida, la respuesta de Dios: el envío del ángel que le anuncia que su dolor ha terminado. Una respuesta que calma la desesperación pero que, a la vez, pone ante él el inesperado futuro para su vida, para su matrimonio: criar y educar al hijo de Dios.

En ese momento, José, al igual que María, iniciaron un camino de fe es para todos los cristianos un espejo donde debemos mirarnos.

Mitad desconcertados, mitad desbordados, creyeron ambos en la palabra que el Señor les dio y se dispusieron a vivir una vida donde los acontecimientos los marcaba Dios, donde cada día en que su hijo crecía, vivían y experimentaban una obra nueva de Dios.

Cuando miro a José y a María que sin duda, tenían otros planes para su vida de pareja diferentes a los que Dios les encomendó, anhelo su sencillez y obediencia.

Anhelo su confianza y su entrega a Dios.

Pidamos a nuestro Señor que nos permita mirarles e imitarles y contemplemos gozosos su obediencia y su paz.

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