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EMPECINAMIENTO EN EL PECADO 
01 de Agosto
Por Juanjo Guerrero

Oyó el tetrarca Herodes lo que se contaba de Jesús y dijo a sus cortesanos: “Ese es Juan Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él”. Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado, por motivo de Herodías, la mujer de su hermano Filipo; porque Juan le decía que no era lícito vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta. El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos, y le gustó tanto a Herodes que le juró darle lo que pidiera. Ella, instigada por su  madre, le dijo: “Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista”. El rey lo sintió; pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran, y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven, y ella se la llevó a su madre. Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús (San Mateo 14, 1-12).

COMENTARIO

La observación de Herodes con la que comienza este pasaje evangélico denota la mala conciencia que le quedó, después de ordenar que decapitaran al Bautista. Mala conciencia y temor, pero no arrepentimiento.

La secuencia por la que pasó Herodes fue la siguiente: escuchar la persistente acusación que Juan le hacía, sintiéndose herido en su orgullo; empecinarse en su pecado, en vez de rectificar entrando en contrición; buscar su tranquilidad, atendiendo los deseos de su  mujer, al encarcelar al Bautista; acabar empeorando las cosas al huir hacia delante hasta la ejecución de Juan, por no dañar su figura ante sus invitados y la danzarina.

Esta actitud es muy corriente en las personas que han hecho hábito de sus pasiones y, a pesar de lo evidente que es el que debieran rectificar su conducta, se empeñan en seguir por el mal camino. Como ejemplos, se pueden traer a colación los siguientes casos: personas que han abandonado sus creencias por ser incompatibles con su vida de pecado (parejas de hecho, robos en gran escala, negocios sucios, trata de blancas y un amplio etcétera). Quienes así conducen sus vidas, al no estar dispuestas a cesar en sus errores y tampoco poder hacerlos compatibles con la práctica religiosa, optan por buscar mil subterfugios para acabar pensando que la religión es una falsedad o, los menos inteligentes, dejando de pensar y de hablar de tales temas, abandonándose al disfrute de sus pasiones.

Sin embargo, se quiera o no, esta manera de comportamiento acaba mal;  ni siquiera produce el placer que se pretende conseguir, en los momentos en los que se cede ante la tentación.

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