Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, junio 25, 2019
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En brazos de quien me ama 

Son esos brazos verdadero regazo del mismo Dios en los que la esposa se siente amada, querida, confortada y, hasta podríamos decir, poseída, en el sentido de que se sabe suya. Son los brazos en los que siente colmada toda su sed de amar y ser amada. Sabe muy bien lo que siente. No se pierde en divagaciones ni explicaciones, y como a buen entendedor pocas palabras bastan, se limita a exclamar: “Su izquierda está bajo mi cabeza, y su diestra me abraza” (Ct 2,6).

Conoce así el alma el vaivén de dos amores: el de Dios y el que Dios crea en ella. He ahí el fruto de un alma que se ha adiestrado en la fiabilidad. Dios hace brotar en ella el amor indisoluble, lo hace por y con delicadeza. Me explico, lo hace así para que el alma, amando en esta dimensión, no se sienta extraña o como intrusa ante el Amor. Dios naturaliza éste en ella para que se sienta a gusto, se sienta esposa, es decir, no ajena o extraña en su Casa.

Toda alma que es así, sostenida y, al mismo tiempo, abrazada, descubre que es poseedora de sus propias fuentes. Fuentes que riegan su huerto haciendo de él una viña deliciosa, tal y como Dios lo prometió por medio de sus profetas: “Aquel día se dirá: Viña deliciosa, cantadla. Yo, Yahvé, soy su guardián. A su tiempo la regaré…” (Is 27,2-3).

Aquel día, nos acaba de decir Isaías. Es el día en el que Dios se hizo hombre para cuidar de su viña, el mundo entero. Él, el Emmanuel, nos dijo a todos que era la viña deliciosa, la verdadera, la de los frutos; y no se quedó ahí, pues llamó a todos aquellos que se anudaran a Él, “sus sarmientos” (Jn 15,1-3). Son discípulos y son sarmientos.

Fuente sellada, llama el esposo a su única, al alma así entregada. Él mismo, Manantial de aguas vivas (Jr 2,13), se ha hecho fuente dentro del alma. Pasamos del Antiguo al Nuevo Testamento, de la promesa a su cumplimiento, y oímos al Hijo de Dios que hace la solemne proclamación de que ha sido enviado por el Padre para abrir la fuente de aguas vivas en el seno de todos aquellos que en Él crean: “Jesús puesto en pie, gritó: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7,37-38).

Del seno de sus discípulos, dice el Señor Jesús, correrán ríos de agua viva; sacarán, como dice Isaías (Is 12,3), aguas con gozo, con exultante alegría; es el agua siempre nueva, no almacenada ni estancada; es su “fuente aparte” que habíamos visto profetizada por Moisés (Dt 33,28). Justamente por ser aguas exclusivas que manan de la fuente sellada que Dios mismo ha hecho brotar en sus entrañas, el alma se siente amada con ¡un único amor! porque su agua es única. Es uno de los infinitos veneros que emanan del Manantial de aguas vivas: Dios, Palabra viva y vivificante. Es un agua que no ha brotado más que para ella.

La fuente única, aparte, con la que Dios vivificó a Israel y la distinguió ante todas las naciones, se particulariza ahora en cada alma. Ella lo sabe, conoce sus aguas y de dónde provienen; no envidia la fuente de sus hermanos; es más, son estas fuentes de cada uno las que forjan la comunión entre ellos; y además, cada cual puede decir que su fuente es la suya, que le ha sido dada por su Amado. Es por ello que cada alma se siente exclusivamente querida.

Exclusivamente querida, lo que no implica una especie de exclusión, de apartamiento misógino. Son fuentes que se cierran a la exclusión, al tiempo que se abren a la comunión. De esta unidad y comunión habla el Señor Jesús al Padre cuando le dice que ha dado a los suyos su Palabra (Jn 17,14), y que es gracias a ella que se dará en el mundo el Milagro hacia el cual podrán volver sus ojos los hombres de generación en generación. Se refiere al milagro de la unidad perfecta, es decir, de la comunión entre los hombres, y entre éstos y Dios: “No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,20-21).

La fuente interior se convierte también para la esposa en una especie de susurro intermitente que la eleva continuamente hacia Dios. Es el agua que salta hasta la vida eterna, es decir, hasta Él, tal y como anunció Jesús a la samaritana:”El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna” (Jn 4,14).

Susurro intermitente que llega hasta Dios y que ya había sido dado a entender por otro íntimo suyo, otro místico del pueblo santo: el autor del salmo primero. Salmo que abre todo un espacio infinito de experiencias y vivencias que se configuran a lo largo de los ciento cincuenta poemas del espíritu, y que conocemos como Libro de los Salmos. Todos ellos son una auténtica e inapreciable antología de la mística.

Nuestro autor, que lo es por la comunión de los santos y porque ha puesto a nuestra disposición su preciosísima experiencia de Dios, nos hace saber que una de las características de los que intiman con el Trascendente, consiste en que se complacen en su Palabra hasta el punto de que ésta se convierte en un susurro de su alma que fluye ininterrumpidamente hacia Él. Ininterrumpidamente, de día y de noche, es decir, aunque el cuerpo en descanso no sea consciente de ello (Sl 1,2). Quizá ahora se entienda mejor por qué antes comparé alegóricamente el agua de la fuente con un susurro.

                                                                                                                                                Antonio Pavía.

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