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En la cruz está la vida y el consuelo 
27 de Septiembre
Por Ernesto Juliá

«En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacia, Jesús dijo a sus discípulos: “Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres”. Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto».  (Lc 9,43b-45)


La vida de Nuestro Señor Jesucristo en la tierra es una constante conversación con sus discípulos, con los apóstoles, con los fariseos, con todas las personas que le conocen, que se sienten atraídas por su presencia, y se acercan a Él. Con sus palabras, con sus gestos, Cristo quiere desvelarnos el Misterio del Amor de Dios a sus criaturas, misterio escondido desde la creación del mundo.

En el Evangelio de hoy, y después de haber descendido del Monte de la Transfiguración y de sanar al niño endemoniado; después de haber mostrado a los tres apóstoles escogidos la Luz de su divinidad, y de haber manifestado a la multitud su poder de expulsar a los demonios, les dice unas palabras que ninguno de los oyentes comprende:  “Al Hijo el hombre lo van a entregar en manos de los hombres”. El evangelista añade dos consideraciones: que los discípulos no entendieron, y que tuvieron miedo de preguntarle.

Que no le entendieran es comprensible. No es la primera vez que les anuncia su muerte, pero ¿cómo pueden pensar en la muerte de Quién han reconocido y confesado ser el Mesías, el Enviado de Dios, el Hijo de Dios hecho hombre? ¿Cómo pueden pensar en la muerte de Aquel que es el dador de la vida, el creador del Universo? Y aunque pudieran pensar en la muerte de Jesús, ¿cómo podrían comprenderla, si Cristo todavía no les había dicho aquellas palabras: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13)?

El evangelio de hoy  nos sitúa una vez más ante el Misterio de Nuestro Señor Jesucristo. Misterio que comienza en la Encarnación, desde el momento en el que comenzó a vivir ya en la tierra, y que durará hasta el fin de los tiempos, cuando se acabe la historia de la humanidad. El Misterio de Cristo es el Misterio del amor de Dios Padre que “tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Juan 3, 16).

Cristo viene a la tierra y manifiesta su voluntad que es la del Padre que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (1 Tm 2, 4). Cristo viene a manifestarnos el Misterio oculto en el corazón de  Dios, el Misterio del amor de la Trinidad Beatísima, que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co 2, 9).

Para que nunca lleguemos a llenar nuestra inteligencia y nuestro corazón de la luz de ese Misterio, el demonio tienta al hombre para que se obstine en querer reducir a Cristo a las dimensiones de la comprensión humana. Sabe el diablo que, por ese camino, el hombre jamás llegará a descubrir el amor de Dios manifestado en Cristo Nuestro Señor. Si cae en esa tentación, el hombre verá a Cristo como un ser humano más, muy cerca de Dios, ciertamente, muy santo; pero hombre al fin de cuentas, un gran Maestro, un santo Profeta, un Taumaturgo, gran hacedor de milagros, que se hace querer y admirar por todo hombre de buen corazón, y nada más. En vez de ver la Verdad de Cristo siendo Hijo de Dios encarnado, convierte a Jesús en un simple hecho “histórico-cultural, y verá en su Amor solo el amor que un ser humano puede tener a otro ser humano, en el más alto y profundo sentido y vivencia, es cierto, pero siempre entre humanos Y ahí se desvanece el Misterio que da vida y sentido a la vida del hombre: el Amor de Dios.

Y no le preguntan. ¿Por qué los discípulos, y más en particular los Apóstoles, no se atreven a preguntarle? ¿Simple miedo a lo desconocido? ¿Temor a desilusionarse después de haber afirmado Pedro que Jesucristo es el Mesías, y ver a ese Mesías entregado a manos de hombres? Ellos no preguntaron, pero al final vivieron con toda intensidad la Pasión, la Muerte, la Resurrección de Cristo, y vieron con sus ojos el Misterio del Amor de Dios.

Nosotros sí hemos de preguntar al Señor. Él quiere que le preguntemos, porque está deseando enseñarnos y abrirnos los oídos, los ojos de la mente, para que le amemos y comprendamos como los Apóstoles.

Guiados por la fe de saber que Cristo es Dios y hombre verdadero, que es el Hijo de Dios encarnado, nos sorprende su entrega sin condiciones, nos asombra que se deje matar… Quizá hubiéramos podido ser uno de los que al contemplarle en la Cruz, le dijeron…: ”Si eres el Hijo de Dios, desciende de la Cruz…y creeremos”.

Ahora, acompañando a Santa María, firme al pie de la Cruz, contemplamos a Cristo clavado en el madero y le decimos: “Cristo creo en Ti, confío en Ti, Te amo, y contigo en la cruz redimiré el pecado”. Y entendemos que la muerte en Cruz es el camino que Él escogió para manifestarnos el Amor de Dios Padre, y descubrimos que sufriendo en la Cruz redime todos los sufrimientos de los hombres. Porque al lado de todo ser humano que sufre, por cualquier causa, está Cristo viviendo, sufriendo, redimiendo con él.

Ernesto Juliá Díaz 

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