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En la zarza, la Voz 

“Cuando vio Yahvé que Moisés se acercaba para mirar, le llamó de en medio de la zarza, diciendo. ¡Moisés, Moisés! (Ex 3,4a)

El texto que acabamos de presentar nos ofrece una catequesis riquísima, y que, en sus variados matices, nos desvela que la relación de Dios con el hombre es por encima de todo, una relación de amor, de ayuda, en definitiva, de salvación.

Habíamos visto en los textos anteriores que Dios se hizo notar ante Moisés por un fenómeno al menos curioso, como es el hecho de que arda una zarza en medio del desierto sin que llegue a consumirse por el fuego. Moisés no se contenta con admirar este fenómeno; se acerca, a pesar de que es más que posible que esté cansado del trabajo del día.

Habíamos visto anteriormente que una vez llevó las ovejas más allá del desierto y que llegó hasta el Horeb, la montaña de Dios. Al especificar una vez, nos da a entender que Moisés no llevaba normalmente su rebaño tan lejos. Tenemos, pues, motivos para deducir que ese día debía de estar más cansado de lo normal, tendría prisa por llegar a casa y relajarse. A pesar de ello, se acerca a la zarza que arde. Parece como que está movido por la intuición de que hay algo en la zarza que arde sin consumirse que necesita saber.

Así es, en líneas generales, el actuar de Dios con el hombre. Nos pone pistas y señales en el camino de nuestra vida, en los jalones de nuestra historia. La mayoría de las veces el hombre pasa de largo ante estas “huellas de Dios”. Víctima de una vida tan frenética como alocada, resulta que -vaya paradoja!- no tiene tiempo para la eternidad. Mueve todos los hilos habidos y por haber para coronar con éxito apenas unos pocos hitos de toda su existencia y no encuentra tiempo para ser eterno.

Aun así, Dios no le abandona nunca esperando. con una paciencia sólo propia de El, que un día le dé al hombre por pensar que una sola de estas señales -o silbos amorosos”, como los llamó Lope de Vega-, frene sus prisas por llegar a todas partes. y se abra por fin a la parte por excelencia: su Dios y Padre.

Dios es, pues, siempre el primero en entablar la relación con el hombre. No sabemos si anteriormente a la zarza, hubo otras pistas o señales acerca de las cuales Moisés no se dio por enterado. Ni lo sabemos ni nos importa en absoluto. Importa a nuestra madurez en la fe, en el discipulado, que nuestro hombre reaccionó ante la zarza y se acercó pasando por alto el que tuviese cosas más importantes que hacer. y más aún, estando como estaba tan lejos de su hogar.

La Escritura nos presenta al hombre necio como aquel que, al contrario de Moisés, no es capaz de hacer un alto en su vida, excavar en ella, a fin de encontrar sus huellas divinas; todo su afán consiste en vivir hacia fuera.

Jesús habla de éstos al referirse a su segunda venida. Son necios, como necios fueron los contemporáneos de Noé. Para éstos, el horizonte de su vida era simplemente comer, beber, tomar mujer, marido… No quiere decir que esto sea en absoluto censurable. Lo que Jesús denuncia es que su vida era solamente esto: y el diluvio los cogió sin ninguna apertura a la trascendencia. Es por esta falta de apertura que son necios: Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre, Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca: vino el diluvio y los hizo perecer a todos” (Lc 17,26-27).

Acercándose a la zarza, Moisés es presentado como un hombre sabio. Tiene la suficiente libertad interior como para indagar a fin de aclarar lo que sus ojos ven como inexplicable, algo que supera su razón y su experiencia. Está dando los pasos adecuados para familiarizarse con el Misterio, con Dios.

No fue defraudado. De en medio de la zarza resonó la voz de Dios que le llamaba por su nombre. Con este gesto. Dios le está haciendo saber que es suyo, que le pertenece. No se trata de una pertenencia de sumisión sino de amor, de intimidad, como fue la pertenencia de todo el pueblo santo.

Una pertenencia que nace de la Alianza que Dios hace con Israel y, partiendo de él, con todos los pueblos de la tierra. Ni la reiterada desobediencia de su pueblo santo, que le llevó incluso al destierro en Babilonia, fue razón ni motivo suficiente para que Dios renegara de él y de las promesas que le había hecho. Oigamos la confesión de amor de Dios por su pueblo cuando aparentemente le había dejado, como quien dice, tirado en Babilonia en manos de sus enemigos: ‘Así dice Yahvé, tu creador. tu plasmador, Israel. No temas, que yo te he rescatado. te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo. si por los ríos, no te anegarán… Porque yo soy Yahvé tu Dios, el santo de Israel, tu salvador” (Is 43,1-3).

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