Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, julio 22, 2019
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“En tiempos de feísmo, la belleza es una urgencia” 

– Usted es profesora desde hace más de treinta años. ¿Han ido cambiando los niños en los últimos tiempos?

Desgraciadamente, sí. He llegado a dar clase a chicos y chicas que podrían ser los hijos de mis primeros alumnos. En lo que a la fe se refiere, muchos niños pertenecen ya a la tercera generación de apostasía, así que no han recibido ninguna formación religiosa. Y sin embargo, a algunos les llevan a catequesis. Suelen ser los mismos que, al domingo siguiente a su primera comunión, ya no vuelven a la iglesia nunca más. Cuando se los conoce en catequesis, con ocho años, una tiene la impresión de estar viéndolos demasiado tarde. Así que a los doce, cuando se incorporan a la Secundaria, hay demasiados niños rotos y eso es determinante para su aprendizaje, aunque algunos padres no quieran verlo.

– Entonces, ¿se ha notado en la escuela y en la catequesis el descalabro de la institución familiar?

Mucho. Pero es algo que se dice en voz baja. Pedir a los chavales que, además de recomponer los pedazos de sus vidas, sean aplicados, pongan atención y tengan interés es pedirles demasiado. Es a sus padres a quienes hay que pedirles responsabilidad. Muchos dicen que sus hijos viven el divorcio con paz y aceptación. Y no es así, no lo es en ningún caso.

Hay zonas en las que dos tercios del alumnado que ingresa en 1º de ESO procede de familias rotas. Estoy firmemente convencida de que ese es el factor que más ha cambiado a los niños en estos años; y de ahí viene todo lo demás. Sumemos a eso la progresiva imposición de las pedagogías blandas, el imperio de la telebasura en sus propios hogares, la facilidad de acceso a contenidos abominables en internet, una contraestética de lo feo invadiendo todos los ambientes, la imposibilidad de formar un proyecto de vida sin trabajo decente ni viviendas accesibles, y el resultado más natural es que cientos de miles de jóvenes españoles sean ya como esos británicos de Magaluf que tanto nos horrorizan.

– Generalmente, los católicos están muy mal formados. ¿Qué cree usted que falla en la catequización?

Fallan tres cosas, a mi juicio. Por un lado, falla la familia, que no se implica. Si los niños ven que la catequesis para sus padres no es importante, ellos tampoco se la toman muy en serio. En segundo lugar, falla lo mismo que en el sistema educativo —en el que, la verdad, falla casi todo—, es decir: falta de exigencia, infantilización y expectativas pobres. Y falla, por último, una inercia heredada de tiempos que deberían estar ya olvidados y que hunden sus raíces en algo que ni siquiera es el modernismo teológico, sino su versión bobalicona: desde los años sesenta, colorear murales con frasecitas sobre la paz y la amistad, poniendo una cita de Gandhi al mismo nivel que la palabra de Dios del Evangelio es algo normal, sigue pasando;  o que niños y niñas lleguen a su primera comunión sin saber el Credo, porque es muy largo y son muy pequeños; son cosas que están pasando.

– En su opinión, ¿qué ventajas tenía la catequesis hace medio siglo?

Cuando yo era pequeña, memorizábamos con una facilidad que hoy es inconcebible, leíamos a los clásicos sin apenas modernizarlos, y nos emocionaban versos como Soneto a Cristo Crucificado, que tiene casi quinientos años. No nacíamos diferentes hace 40, 50 ó 60 años, pero sí llegábamos a la catequesis y al colegio con otras expectativas, actitudes y una disciplina; todo eso venía aprendido de casa porque es en casa donde debe aprenderse. Si en 4º de primaria muchos apenas leen con fluidez, ¿qué queremos? Con esta formación, se llega a adulto en condiciones de ser pasto de la propaganda más burda. De todo tipo, pero en especial contra la fe y la Iglesia.

– Usted ha sido catequista muchos años, tanto de niños como de adultos, ¿cuál es el principal obstáculo en la actualidad?

Todo el ambiente reinante es un puro obstáculo. Y a veces pienso que el secularismo no se puede combatir sin antes combatir la ignorancia en general; porque ese eslogan según el cual los jóvenes actuales son la generación más preparada de nuestra historia es falso sin paliativos. Hoy, el cien por cien de la población pasa un mínimo de diez años de escolarización, y normalmente quince. Pero una cosa es calentar el asiento durante quince años y otra aprender algo. Es la escuela de la ignorancia. Así que, la catequesis que se dedica a entretener niños como si se tratara de una actividad extraescolar más, no sirve, no está sirviendo, de hecho. Pero esto no lo digo centrando la responsabilidad en los catequistas: bastante hacen los pobres en las circunstancias actuales.

– El libro que ha publicado tiene la osadía de decir que la poesía religiosa española es un tesoro que debe usarse para catequizar. ¿De verdad cree que la poesía puede servir para la catequesis? ¿No es más realista limitarse a que los niños coloreen dibujos y cosas así?

(risas) Si no lo creyera… La poesía —el arte en general, pero especialmente el de la palabra— puede y debe servir a la catequesis de niños y de adultos. Las pedagogías blandas, que han hundido la educación en todo Occidente (supongo que a eso se refiere lo de “colorear y cosas así”), son perfectamente inútiles para la catequesis, como lo son para cualquier otro aprendizaje, a menos que lo que se pretenda sea cultivar la ignorancia.

– ¿Una poesía escrita en el siglo XVI tiene algo que decir a los niños y muchachos de hoy? 

Desde luego que sí, siempre. Es cierto que una distancia de más de quinientos años, como la que hay, por ejemplo, entre las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique y los hispanohablantes de hoy, sean niños o mayores, puede parecer excesiva. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los clásicos son clásicos porque siempre tienen algo que decir al ser humano en todas las épocas. A degustar a los clásicos se aprende, el gusto es educable.

– ¿Tiene la belleza algo que ver con la catequesis?

Tiene todo que ver. La verdad es bella, es hermosa; la verdad pertenece a los trascendentales del ser: verdad, bondad, belleza y unidad, imposibles de separar y menos cuando hablamos de Dios. La belleza no es un lujo. Es de primera necesidad. Y en tiempos de feísmo, es una urgencia. Un niño pequeño puede aprender el deleite del ritmo delicioso de un endecasílabo como “en par de los levantes de la aurora” del Cántico Espiritual, aunque no entienda del todo su significado, pero intuyéndolo en el bellísimo y enigmático contexto de su estrofa. Es la via pulchritudinis, la respuesta de la Iglesia al desafío de la increencia y de la indiferencia religiosa. ¿Cómo no va a funcionar en las almas incontaminadas —o antes de ser contaminadas— de los niños?

– Además de los poemas, al final del libro que ha publicado se incluyen breves semblanzas biográficas de los autores. ¿Por qué?

Es que las biografías de los poetas que en algún momento de sus vidas hayan compuesto versos de tema religioso tienen mucho que decirnos. Para empezar, algunos autores son santos. Por ejemplo, hay en el libro poemas de un mártir de la persecución de la Guerra Civil. Pero la mayoría son personas con biografías que pueden ser las nuestras, muy de carne y hueso: grandes pecadores como Lope de Vega, o Quevedo, sacerdotes y religiosas, grandes místicos y también sencillas amas de casa, cuyas vidas están atravesadas de inspiración poética. Cada texto va precedido del nombre de su autor; muchos no dirán nada a la mayoría de lectores, hasta que, al leer una breve reseña de su vida, su época, su actividad, sintamos los versos más cerca, más como nosotros mismos.

– ¿Qué es lo que más le ha gustado de preparar este libro?

Lo he disfrutado mucho todo. Quizá uno de los aspectos que más me han motivado haya sido redactar las breves explicaciones que preceden a cada poema, para eliminar la barrera de un lenguaje distante en el tiempo, o la dificultad de alguna metáfora.

Y algo que me ha enriquecido mucho ha sido la necesidad constante de consultar la Sagrada Escritura, el Catecismo y textos magisteriales. Han sido años de preparación de este libro y esa tarea de obligada y continua consulta la he vivido como una verdadera bendición. Por eso puedo invitar a los lectores a que disfruten ellos también de los tesoros de la poesía religiosa española y se los transmitan a sus hijos. No podemos seguir desaprovechando esta herencia que hemos recibido los católicosque hablamos en español.

– ¿Sigue habiendo poetas católicos hoy?

Claro que los hay. En esta selección de poesía católica figura una veintena de poetas vivos. Desgraciadamente, la poesía no es un género que venda, ni es apreciada, no es como en el siglo XVII en que cada español era un poeta, y hasta las personas analfabetas sabían valorar y entender las convenciones del género. Haberlos haylos, pero no son conocidos por el gran público ni, por supuesto, pueden vivir de lo que escriben. Así que, si la poesía es un género difícil, imaginemos para un católico. Los hay, claro que los hay, escriben para sí, o abren un blog, o se autoeditan los más valientes.

Bécquer decía que siempre habría poesía, mientras existieran la belleza y el misterio. Mientras haya católicos fervientes, mientras haya un pequeño rebaño, habrá poetas católicos.

– Creo que va a presentar su libro próximamente…

Sí, este viernes 5 de abril a las 19:30, en la parroquia San Antonio del Retiro (c/ Duque de Seto, 9, Madrid). Todos los lectores de InfoCatólica están invitados. ¡Me encantaría verlos allí!

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