Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, julio 18, 2019
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En tu luz nos haces ver la luz 

«Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios
Nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios,
Luz de Luz»

Giran por Internet no pocos documentales sobre el Universo, partiendo de nuestra sistema solar hasta llegar a la Vía Láctea en encuentro con la galaxia Andrómeda (dicen que dentro de unos cuatro mil millones de años)… Muchos de estos documentales son muy atrayentes e impactantes y dejan al espectador muy estupefacto y boquiabierto con esas cifras astronómicas —nunca mejor dicho— de distancias en años luz.

Muchos científicos, sobre todo después del reciente descubrimiento del bosón de Higgs, siguen hablando de inmensas cantidades de materia invisible, de agujeros negros y de oscuridades casi infinitas. Parece que se ha dado con la respuesta del origen de la masa, sin la cual el Universo sería otra cosa, ya que, si en el electrón no hubiera masa, tampoco habría átomos, con lo cual no existiría la materia tal como nosotros la conocemos y, en consecuencia, tampoco habría química, ni biología ni existiríamos nosotros mismos. Y simultáneamente sacan a relucir —de nuevo nunca mejor dicho— estrellas gigantes de fulgores insospechados y tamaños incalculables.

Sin embargo, la luz de la estrella más luminosa y más grande el Universo, o, mejor, la luz de todas las estrellas y soles de todas las galaxias juntas no llegarían siquiera a simular un tenuísimo resplandor de la Luz de Dios, la Luz que es Dios: «Dios es Luz» (1 Jn 1,5); más aún, «el Verbo era la luz verdadera» (Jn 1,9) que desde el principio estaba cabe el Padre o, más claramente: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas,* sino que tendrá la luz de la vida»(Jn 8,12), esa Luz que el libro de la Sabiduría ya la había definido (a la Sabiduría) como «irradiación de la luz eterna» (7,26), semitismo (luz eterna) que se refiere exactamente al mismo Dios. Fue Isaías quien profetizo que «la luz de Israel se convertirá en fuego, el Dios santo en llamas, arderá y devorará en un día sus espinos y zarzas» (10,17): por eso la zarza ardiente de Moisés, imagen del mismo Dios —que todo lo quema con su Luz— ardía sin consumirse (el que es «incombustible») (ver Éx 3,1ss).

Lo que así estamos poniendo de relieve es que la luz creada —esa luminosidad toda del Universo todo— es una mera analogía o imagen de la Luz increada que es Dios. No nos vale la imaginación para definir esa Luz, que no está al alcance de nuestra experiencia ni es objeto de laboratorio alguno —Dios «habita una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver» (1 Tim 6,16)—, y tenemos que recurrir a la categoría filosófica de la analogía para barruntar algo de ese Ser fulgurante.

su lámpara es el Cordero

Con estas premisas siempre me ha llamado la atención este versículo del salmo: «En ti está la fuente de la vida y en tu luz vemos la luz». ¿Cuál es la luz que ve el salmista? Parece que él ve todas las realidades creadas, pero las ve a través de la Luz increada.

El pueblo hebreo tenía muy claro que no podía ver a Dios, porque eso equivalía a morir instantáneamente —ni siquiera sería equiparable a una bomba de hidrógeno que se activara a nuestro lado—. Moisés solo pudo ver su espalda (ver el artículo «La belleza expresión de la espalda de Dios» en mi libro Luz de mediodía, Ed. Asociación Bendita María, Madrid 2011, págs. 172-177) y, al bajar del monte, su cara, de rebote, cobró tal resplandor que tuvo que cubrirse el rostro con un velo (ver Éx 34, 29-35). Al ratificar la alianza con el pueblo, el Señor permitió que Moisés, Nadab y Abihú, con otros setenta ancianos de Israel, subieran al monte, donde disfrutaron de la presencia de Dios (ver Éx 24, 9-11).

Mucho tiempo más tarde, ocho siglos, hubo tres discípulos de Jesús que fueron más afortunados y pudieron ver, brevemente, al Verbo que era la Luz, al hijo del hombre transfigurado, es decir, tal como era y es desde el principio. Se cumplía así la alabanza del salmista al Creador: «¡Dios mío, qué grande eres! Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto» (Sal 104,2-3). Por designio y gracia de Dios no murieron —pues debían dar testimonio de ello después de que Jesucristo resucitara de entre los muertos—, pero el miedo de se apoderó de ellos: «Cayeron de bruces, llenos de espanto» (Mt 17,6), «estaban asustados» (Mc 9,6), «se llenaron de temor» (Lc 9,34, que en el versículo anterior especifica que Pedro no sabía lo que decía). Y San Pablo no encontró palabras humanas para darnos una idea de lo que vio y oyó en su éxtasis arrebatado al cielo (ver 2 Cor 12,2-4).

Los apóstoles no fueron conscientes de que ver a Jesús era ver al Padre: «Felipe le dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta.” Jesús le replica: […] “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”» (Jn 14,8-9), porque «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30); y menos aún entendieron que la gloria de Dios se hizo patente en la muerte y resurrección de Cristo. Tuvieron que esperar a Pentecostés para que el Espíritu Santo les abriera el entendimiento y los guiara a la «verdad plena» (Jn 16,13), pues hasta el mimo día de la ascensión estaban tan desorientados o agarrotados en su mentalidad que todavía no les dio rubor de preguntar al Señor si, por fin, iba a restablecer el reino de Israel (ver Hch 1,6).

El pregón solemne, en la santa noche de la Vigilia pascual, concluye llamando a Cristo resucitado «el lucero que no conoce el ocaso»: por eso el Sabio de Israel cantaba que «la quise más (a la Sabiduría que es Cristo) que a la salud y a la belleza, y la preferí a la misma luz, porque su resplandor no tiene ocaso» (Sab 7,10), que es como reza la Iglesia en la oración de vísperas del lunes de la tercera semana: «Señor, tú que con razón eres llamado luz indeficiente, ilumina nuestro espíritu…».

quien ama a su hermano permanece en la luz

¿Qué luz, pues, se puede ver con la Luz de Dios? Los filósofos, tras estrujarse el cerebelo, concluyen que no se puede demostrar la existencia de Dios con la sola luz de la razón, a lo que los creyentes respondemos que, igualmente, tampoco se puede demostrar que no exista. Bien es verdad que San Pablo, en su Carta Magna, no se muerde la lengua y pone en tela de juicio la perversión moral e intelectual de los paganos que no han sabido ver en la creación la huella bellísima de la mano creadora de Dios (ver Rom 1,18-2,16), «mano» del Verbo por quien todo fue hecho y sin el que no se hizo nada (así Jn 1,3), e igualmente en el grandioso himno de su Epístola a los Colosenses (1,13ss). Nosotros identificamos la luz con el sol: el sol es Jesucristo, luz o sol del mundo, a quien Zacarías, cuando la Virgen María va a visitar a su prima Isabel, recobrando el habla, lo reconoce como el Sol que nos visitaría de lo alto, tal como estaba profetizado desde antiguo (ver Lc 1,68-79); y, de la misma manera que el mundo iniciaría la destrucción de la vida si el sol dejara de lucir, así nosotros no podemos vivir sin esta Luz meridiana que nos ha venido desde el seno del Padre, engendrado «antes de la aurora» (Sal 110,3).

Por lo demás, toda la creación —para el «oyente de la Palabra», hermosa definición del eximio teólogo del siglo pasado Karl Rahner— refleja trazos de Dios (sin caer en el panteísmo al estilo de Baruch Spinoza con su «Deus sive natura»): el cristiano no tiene dificultad alguna para ver «centellas» de Dios en el Universo. ¡Con qué bello lirismo lo expresó San Juan de la Cruz en su «Cantico espiritual», cuando pregunta a las criaturas

¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado!
Decid si por vosotros ha pasado.

Y estas le responden:

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
e, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.

Más de una vez hemos dicho y oído que nuestras almas son «chispas» de Dios (algo así parecido a un soldador eléctrico cuando aplica el soplete para unir dos piezas y saltan multitud de chispas incandescentes…, como la creación de los espíritu angélicos y humanos).

brille así su luz delante de los hombres

Pero no se agota la visión del salmista en la contemplación de la creación. Hay otra Luz, que procede de la Luz, con la que vemos. ¿Qué Luz es esa Luz de la Luz? El Credo niceno-constantinopolitano supo definir con tanta claridad como acierto que esa Luz es Jesucristo, el Hijo eterno del Padre, hecho hombre en «la plenitud del tiempo» (Gál 4,4 y Ef 1,10). De hecho, por ejemplo, así ora la Iglesia: «Dios todopoderoso y eterno: a los pueblos que viven en tinieblas y en sombra de muerte, ilumínalos con tu luz, ya que con ella nos ha visitado el Sol que nace de lo alto, Jesucristo, nuestro Señor» (Oración de laudes del jueves de la tercera semana).

Esta Luz es el mismo Espíritu Santo, a quien la Iglesia, apoyada en que la «lex credendi» ofrece la base de sustentación a la «lex orandi» (es decir, reza lo que cree), lo llama «fons vivus, ignis, caritas» (fuente viva, fuego, caridad: del himno «Veni, Creator»), tal como lo sigue invocando también en otro himno al Espíritu Santo:

Ven, Espíritu Divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre,
don, en tus dones espléndido;
luz que ilumina las almas
fuente del mayor consuelo […].

Entra hasta el fondo del alma,

divina luz, y enriquécenos…

Es de nuevo San Juan de la Cruz quien nos lo describe en otro de sus bellísimos poemas, llamándolo «Llama de amor viva» (por cierto, la Iglesia lo pone como himno en el Oficio de Lecturas del domingo de Pentecostés), sin duda haciendo referencia a aquel acontecimiento que renovó la faz de la tierra: «Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas…» (Hch 2,3).

Se abre así un panorama infinito, esto es, sin límites para ver/conocer todo de todo, es decir, para conocer progresivamente, cada vez más, sin jamás agotarla, la inmensidad de Dios como Amor: no dejaremos nunca de conocer más y más a Dios y, consiguiente y simultáneamente, de amarlo más y más, así para siempre, «durante» toda la eternidad.

Cristo es aquel Día a quien el Día, su Padre, comunica el íntimo ser de la divinidad.
Él es aquel Día, que dice por boca de Salomón: «Yo hice nacer en el cielo una luz inextinguible»

(San Máximo de Turín, Sermón 53).



* En la Sagrada Escritura son más de cien las veces que aparece el término tinieblas en contraposición a la luz, que, en cambio, aparece unas trescientas cincuenta veces.

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