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Enjugará todas las lágrimas 
27 de Junio
Por Francisco Jiménez Ambel

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».
Le contestó: «Voy yo a curarlo».
Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».
Y dijo Jesús al centurión: «Vete; que te suceda según has creído».
Y en aquel momento se puso bueno el criado.
Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a su suegra en cama con fiebre; le tocó su mano y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirle.
Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades» (San Mateo 8, 5-17).

COMENTARIO

Al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: “Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”. Le contestó: “Voy yo a curarlo”. Pero el centurión le replicó: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes y le digo a uno: “Ve” y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace”. Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: “En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahan, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio a los ciudadanos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Y Jesús dijo al centurión: “Vete; que te suceda según has creído”. Y en aquel momento se puso bueno al criado. Al llegar jesús a casa de Pedro, encontró a la suegra en cama con fiebre; le tocó su mano, y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirle. Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: “El tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades”.

En este pasaje del evangelio según san Mateo se acumulan tres milagros o signos, muy conocidos e importantes. Por una parte tenemos la fe del centurión, ambientada en unos sentimientos piadosos de un extranjero (lejos de ser un déspota, cual le cuadraría, está compungido porque un criado, uno entre tantos, “sufre mucho”) que recibe de Jesús el reconocimiento de la mayor fe vista en todo Israel, por cuanto se fiaba de la omnipotencia de Jesús, a quien todo está sometido; y, por otra parte, se yuxtapone la curación de la suegra de Pedro, que no venía solicitada por nadie, sino que es obra de la iniciativa del propio Jesús, que se apiada de su fiebre y la toma de su mano.

Plenamente consciente de la superficialidad de mis comentarios y de mi indignidad para tratar de la Palabra, me aventuro a subrayar hoy “los medios” de las curaciones que se nos relatan aquí. En el criado del centurión, basta la distancia, hasta el punto que la Liturgia ha retenido como insuperable la actitud y fórmula del que fía en el poder de Jesús; “Señor, no soy digno…”. En la sanación de la suegra, como en otros célebres milagros, Jesús toma contacto físico con la persona a la que cura, que, posteriormente, lo reconoce atribuyéndole el poder ejercido al ponerse a servilo “a él”; evidenciando bien a las claras quién era quien la había curado.

Pero lo que me llama la atención, y quiero realzar, es el tercer y más amplio “medio” utilizado en la tercera curación. Tras el criado del centurión, y la suegra de Pedro, el evangelista relata una masiva y exhaustiva curación de muchos. ¿El medio?; tan solo con su palabra. Al atardecer le llevaron muchos endemoniados (es el sufrimiento al que más veces se enfrentó Jesús) y él expulsó a los espíritus y, además, curó a todos los enfermos. Sólo con su palabra. A todos.

Paremos la imagen: Le han llevado endemoniados; y el expulsa a los espíritus y cura a los enfermos. Propiamente realiza uno de los cometidos más sublimes del poder de Dios en favor de los hombres. La confusión y amalgama entre endemoniados y enfermos es terrorífica. Y, como hizo Jesús,  la Iglesia con el poder que tiene recibido mediante el Espíritu Santo puede y debe exorcizar los demonios; expulsarlos. En cambio, las enfermedades las asume el propio Jesucristo. Necesariamente tiene que discriminar los espíritus impuros que tienen que ser expulsados, mientras que las enfermedades y las dolencias quiere asumirlas Él. Es lo que puntualiza el evangelista.

No se trata solamente de la fe del centurión, ni del reconocimiento agradecido de la suegra de Pedro, ni de las masivas expulsiones de demonios, sino de algo más omnicomprensivo, importante y previo: Que Jesús tenía que cumplir su misión, la voluntad del Padre, anticipada por el profeta Isaías; “Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades”. Todo gravita en la llegada del Reino. En hacer ver que las promesas se cumplen; y, ciertamente, el Mesías enjugará todas las lágrimas; no le son indiferentes personas a quienes aquejan “dolencias” (cuyos agentes son los demonios y Él los siempre los expulsa)  sino que también carga -hace suyas – nuestras enfermedades. Su forma de “enjugar las lágrimas” es doble; espiritual y material. Expulsa a los demonios (que siguen vagando, buscando en dónde alojarse) y asume nuestro sufrimiento físico, que no lo repele, sino que lo carga sobre sí.

Tal vez sea pertinente, en tiempos de tanta zozobra anímica, y siguiendo la diferenciación entre endemoniados y enfermos, recordar el final del  nº 1673 del Catecismo de la Iglesia Católica, hablando de los exorcismos mayores; “Muy distinto es el caso de las enfermedades, sobre todo psíquicas, cuyo cuidado pertenece a la ciencia médica. Por tanto, es importante asegurarse, antes de celebrar el exorcismo, de que se trata de una presencia del Maligno y no de una enfermedad”. La distinción es necesaria, especialmente en orden al sacramental del exorcismo, pero lo que es incuestionable es el superior poder sanador de Jesús sobre nuestras dolencias (los demonios) y nuestras enfermedades (nuestra parálisis, nuestra fiebre, o las innominadas patologías de “muchos”) atestiguando el cumplimiento pleno de “las promesas” anunciadas por los profetas. Enjuga todas las lágrimas, sean de la naturaleza que sean. Su sola palabra basta para sanar a todos y de todo. “Enjugara el Señor Yahvéh las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo y de toda la tierra, porque Yahvéh ha hablado” (Is 25 8). Jesucristo es El Señor. Enjugará todas las lágrimas.

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