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DOS PARÁBOLAS, UN ANUNCIO, Y UNA LECCIÓN 
26 de Julio
Por Horacio Vazquez

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo» (San Mateo 13, 44-52).

COMENTARIO

Esta parábola de Jesús contiene en realidad dos parábolas, un anuncio profético, y un ejemplo del buen hacer en el camino para hallar el reino de los cielos. Así, propiamente, con tal carácter de parábolas, serían las dos primeras, la del tesoro escondido y la del comerciante de perlas finas. Respecto de la red que se echa en el mar, aunque Jesús utiliza también el método de la comparación cuando nos dice: “El reino de los cielos se parece también…”, nos parece más bien un anuncio del Día del Juicio, la parusía de Cristo, su segunda venida, para juzgar a los vivos y a los muertos en el final de los tiempos. Y por último, la referencia encriptada del escriba que entiende del reino de los cielos…”, por su contenido específico, merece un comentario aparte.

En todos los casos nos encontramos con el hallazgo feliz del reino de los cielos que Jesús viene a anunciar, pero los protagonistas lo encuentran o lo buscan, desde distintas perspectivas, incluso en las dos parábolas con las que se abre el relato, pues el hombre que pasea por el campo no estaba buscando un tesoro, no ansiaba el reino de los cielos, solo pasaba por allí, pero encuentra su tesoro, se le abren los ojos y el corazón, reconoce su valor, se llena de alegría, y vende todo lo que tiene, y lo vuelve a esconder para que nadie pueda arrebatárselo. Así, es por lo tanto un encuentro inopinado, es decir, casual, no deseado, pero igualmente feliz. Pensad, por poner un ejemplo, en la conversión de Pablo derribado del caballo por Jesús en el camino de Damasco. Pablo no buscaba este encuentro afortunado, cabalgaba contra Jesús.

Por su parte, el comerciante de perlas finas nos representa a un hombre que ya está en camino, un experto en perlas finas que busca la perfección de la joya, y la encuentra, encuentra lo que iba buscando, y vende todo lo que tiene para poder adquirirla, y se queda con ella, y ya no tiene que buscar más, su alegría está colmada. Es decir, busca el reino de Dios y lo encuentra.

Parece evidente que la red que se echa al mar no es una obra de los hombres, esos pescadores son los ángeles de Dios encargados de congregar a los hombres para el día del juicio final, y allí estarán todos, los que hallaron el reino sin buscarlo, los que lo encontraron tras una búsqueda afanosa, y los indiferentes que no fueron capaces de encontrarlo. Jesús nos habla de la separación de los buenos y de malos, los buenos, para la gloria, los malos, para el llanto y el rechinar de dientes.

Y nos queda esa apostilla final, pues dijo Jesús: “Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo”.

La clave de este parlamento radica en la labor de “…un escriba que entiende del reino…”, es decir, alguien versado y entendido en la ley antigua de los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento, y que sigue la doctrina de Jesús en el camino del reino de los cielos, y es capaz de compaginar la Torá de los escribas y doctores de Israel con sus palabras y su doctrina sobre la vida eterna, lo que nos recuerda otras palabras de Jesús cuando nos dice: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud” (Mateo 5, 17).

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