Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, mayo 26, 2019
  • Siguenos!

Entrevista a Akiko Tamura, postulante a Carmelita Descalza 

“Jesús es una persona viva que sabe como soy y me quiere igualmente”

La vida adquiere todo su valor cuando se encuentra con el Amor. Sus flechas son lanzas de fuego que atraviesan el corazón y no dejan inmune. A sus 37 años y un futuro prometedor como cirujana torácica, Akiko Tamura se ha rendido al suave pero firme rumor de su influjo. No más estorbos, excusas ni demoras, Cristo es la razón de su vivir, el origen y meta de su ser y de su obrar. Por Él ha cruzado el umbral de la llamada y responde dichosa con la entrega completa de su vida. Desde el pasado 11 de agosto es postulante a Carmelita Descalza en el monasterio del Buen Pastor de Zarautz (Guipúzcoa) donde ya el único bien que ambiciona, la única ciencia que comprende es ser esposa de Jesucristo.

¿Cómo conociste el amor de Dios en tu vida?

Por mis padres. Mi padre es japonés y se convirtió al catolicismo de mayor. Toda su familia se rebeló contra él por ello, y a pesar de todo se casó con mi madre, que es de Navarra. Cuando yo tenía cinco años fuimos a Japón porque mi abuela estaba muy enferma. En el lecho de muerte se interesó por la fe católica y, como no dio tiempo a que llegara un sacerdote, mi padre la bautizó. Esto me marcó. A los ocho hermanos se nos ha transmitido la fe en casa y nuestra formación espiritual ha estado muy ligada al Opus Dei.

 

¿Quién es Dios para ti?

El amor de mi vida, mi Padre y mi Salvador. Es un Dios que se hace humilde y pasa desapercibido, que se abre para todos, pero solo lo encuentran los que le buscan con sincero corazón.

¿De qué se ha valido el Señor para seducirte?

De todo, de éxitos y fracasos. Yo iba a estudiar Medicina en Estados Unidos porque mi objetivo era hacer dinero rápido y fácil. Fui admitida en una buena universidad americana pero mi madre me llamó en el último momento y me dijo: “Te vienes para Navarra porque aquí puedes aprender la misma técnica pero es más importante que te formes en el ámbito personal y espiritual”. Me costó bastante comprender y aceptar esta decisión de mi madre. El primer año lo pasé fatal; Pamplona me parecía un pueblo comparado con Tokio, Nueva York o Madrid. Ahora sé que mi madre fue un ángel para mí porque, de no habérmelo impedido, no tendría tiempo para Dios.

Entonces, ¿puedes decir que todo en tu vida ha sido preservado, guiado y dirigido hacia esta llamada?

Sí, seguro. Dios nunca me ha dejado de su mano, me he soltado yo. En mis años de estudios y luego de trabajo siempre ha habido un vínculo fuerte con Dios y con los valores humanos. Precisamente, al acabar la carrera elegí hacer la residencia de Cirugía Torácica en el Hospital de la Princesa de Madrid, no porque fuera un hospital puntero, sino porque sabía que este equipo médico respeta a la persona, cuida del paciente, le acompaña en el sufrimiento…

libre para amar, libre para servir

 

¿Qué es para ti el sufrimiento?

Es un misterio. Dios podría haber elegido separar el trigo de la cizaña, pero quiso  ser un hombre más que, sin hacer alarde de su condición divina, se dejó escupir, humillar y finalmente matar para demostrarnos su amor. Pero detrás de la cruz siempre hay luz; sin esta el sufrimiento sería masoquista, ya que sufrir por sufrir es absurdo. El sufrimiento es un toque de atención que permite a la persona salir de sí misma, del curso acelerado de la vida; es una ocasión para recibir de los demás, pues se necesita más humildad en dejarse hacer que en hacer; es un dardo que abre un corazón de piedra. En fin, un misterio que solo entenderemos en la vida eterna.

¿Cómo ha sido la llamada?

Ha sido progresiva, aunque lo más evidente fue en este Jueves Santo, en el que yo iba en el coche y de repente, ¡pataplum!, lo vi claro. Todo comenzó en mayo de 2003 cuando vino Juan Pablo II a Madrid. Yo entonces era residente de Cirugía Torácica y estaba muy contenta con mi vida. Pero cuando escuché del Papa: “Si sientes la llamada que te dice ‘Sígueme’ no la acalles. Vale la pena decir sí como María y dar la vida, como Jesús, por los hermanos…” fue como si un asteroide cayera en el centro de mi conciencia y nada pudiera apagar ya esa luz; un fogonazo que me hizo, sin darme cuenta, ponerme a tiro.

Sin embargo, como vivía la fe en soledad comencé a flojear; en el fondo me fiaba más de mí que de Dios. Y Él me rescató hace unos cinco años dejando caer en mis manos un libro con los mensajes de la Virgen en Medjugorge y las historias de conversiones de gente absolutamente descarriada, pero a las que Dios había salvado. Lo que más me llamaba la atención era que a Dios le importaba un bledo el pasado de cada una de ellas, simplemente las acogía si acudían a Él. Cuando acabé el libro me confesé y a partir de ahí el saco de mi vida lo puse en manos de la Virgen, mi refugio y desde entonces la Reina del universo y de mi corazón.

¿En qué cambio tu vida?

Al leer las palabras de la Virgen que decían: ”Regaladme vuestros problemas, vuestras miserias, vuestras vidas y las de las demás. Vosotros no podéis rezar con paz si cargáis con tanto, yo me ocuparé de ello. A cambio os suplico que recéis por mis intenciones. Si hacéis esto os invadirá la paz que viene del cielo”, me emocioné tanto que decidí arriesgarme. Mi vida dio un giro de 180 grados. Empecé a luchar, no con mis fuerzas sino de la mano de la Virgen y la fuerza del Espíritu Santo.

Esto dio la vuelta a todo: comencé a entender el Evangelio; las oraciones que antes me parecían un rollo se volvieron imprescindibles; lo que era un misterio ahora se convertía en luz total, en paz, plenitud… Mis preocupaciones estaban al final de la lista de peticiones porque el verdadero problema es que la gente se vaya al infierno —uno es libre para condenarse—habiendo hecho Dios todo para evitarlo, ¡hasta dejarse crucificar1

Si a Dios no le importan mis miserias, a mí tampoco me importan las mías ni las de los demás. Entonces, en vez de enemigos empiezo a ver hermanos.  Me reconcilio con mi vida anterior e intento reconciliar al mundo con Dios.

el amor lo es todo

 

¿Te habías planteado en algún momento la vida religiosa?

Jamás. A mí la palabra monja me tiraba para atrás. Aunque las he admirado siempre, me parecían extraterrestres. Yo lo que quería era ser rica; he tenido la oportunidad de hacer lo que me daba la gana y mi objetivo era seguir así. Pero con el tiempo, Dios me ha iluminado que no merece la pena romperse los dientes por pasar unas vacaciones en Bora-Bora, coger un avión y viajar a Nueva York o  esquiar en los Alpes. Lo he hecho y no es para tanto. Ahora Dios me ha pedido claramente que me consagre a Él ¡y me he quedado con la boca abierta! Esto supera mis fuerzas y mi lógica, aunque lo más sorprendente es que estoy feliz y en paz porque sé que Dios me ayudará.

A mi la medicina me entusiasma y me seguirá entusiasmando toda la vida, pero hay para mí una medicina mayor, la salud del alma, que es eterna. Y le sigo así, de carmelita descalza, porque Él me lo ha pedido; sabiendo que todos le podemos dar gloria allá donde nos ha puesto a cada uno. Por ejemplo, un abuelito tetrapléjico puede recristianizar el mundo así, aparentemente sin hacer nada, a través del ofrecimiento de la “inutilidad” de su vida. Hasta durmiendo podemos dar gloria a Dios si cumplimos su voluntad.

¿A quién elige Dios?

A quien le da la gana. El Evangelio dice claramente que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, pero indudablemente elige a doce apóstoles y no sé cuántos discípulos, y deja bien claro que es Él el que elige. A mí me da mucha paz ver a quién escogió Jesús: cobardes, ignorantes, envidiosos, porque el factor clave no son los hombres, es Jesús. No nos pide ser perfectos, sino abandonarnos a Él, que Él puede. Mi vocación es el regalo más grande que se me ha hecho.

¿Cómo te la confirma?

Desde que escuché la llamada todo ha sido como un “siga la flecha”. Si tú te dejas llevar por Dios y contestas “amén”, Él se encarga de todo.

¿Tienes miedo? ¿Te asustan los votos?

Hace unos años, sí pero ya no porque me fío de Dios. Ahora bien, yo sé que en el momento que hago como Pedro, miro las aguas y digo: “¿qué está pasando aquí, caminando por encima de ellas?”, entonces me hundo. Es prácticamente imposible que una persona se recluya entre cuatro paredes si la idea solo es suya, por eso no tengo miedo. Y si aparece un poco de duda, cojo el rosario y esta se disipa. Tengo tres armas muy fuertes; la eucaristía, la confesión y la oración personal. Con ellas se espantan todos los males, porque el miedo no es de Dios, es fruto del diablo.

¡mi amado es para mí y yo soy para mi amado!

 

Hablando del demonio, ¿reconoces sus engaños y artimañas? ¿Cómo lo combates?

Lo reconozco porque  me muestra caramelitos para que no renuncie a ellos, me incita al miedo, a confiar en mí misma… y entonces acudo a la Virgen. Uno de los signos del demonio es que deja intranquilidad en el alma, lo contrario a Dios, que es plenitud y paz, aun haciendo cosas que son un disparate a los ojos de los hombres como meterte monja.  Solo cuando en la tormenta te fías lo puedes experimentar.

¿Se puede ayudar al mundo desde un convento de clausura?

Sí, y fregando suelos y retretes, o postrado en la cama. Cualquier corazón humano que esté invadido por Dios transforma al mundo; unido al sacrificio del altar tiene una potencia impresionante. Yo soy una pobre pecadora que simplemente me he dejado conquistar por Cristo, salvar y rescatar por Él, ¡y lo que me ha dado! Mi corazón no es suficiente para amar, por eso amo con el corazón de Dios; de este modo sí que puedo hacerlo.

¿Por qué este carisma en concreto de Carmelitas Descalzas?

Esto ha sido cosa de la Virgen. Cuando Dios me pidió ser carmelita descalza busqué en Google sobre su misión, porque solo sabía que era la orden de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Pero como hace cinco años que la Virgen lleva las riendas de mi vida, a través de los mensajes de Medjugorge, de la Medalla Milagrosa, de las lecturas espirituales, del rezo del rosario y sobre todo, a la luz del Evangelio, me había dejado incrustado que el fin de todo cristiano es salvar almas, y ¡mira por dónde el carisma del Carmelo es salvar almas, principalmente sacerdotales!

El primer convento que me salió en el ordenador fue el de Jesús El Buen Pastor de Zarauz, y allí fui a hacer una experiencia. Me encontré con lo que yo llamo “el manicomio de Dios”: catorce mujeres normales, guapas, alegres, con los pies en la tierra pero el corazón puesto en Dios, felices y locas de amor por Dios.

¿Qué efecto ha hecho en tus familiares, amigos y conocidos esta opción radical por Cristo?

Muchos se ponen a llorar, pero yo sé que es un punto y aparte en sus vidas, porque remueve las conciencias. Si Dios está en el postre de tu vida y ves que una persona quiere seguirle radicalmente te planteas que, o necesita ir al psiquiatra o es que de verdad ha encontrado a Dios.

 

¿Solo Dios basta?

Sí, por supuesto, una y mil veces lo digo. No es que Dios te lo da todo, es que se da Él mismo. Yo no dejo nada, ¡me he encontrado con Él!

¿Crees que Dios ha sido bueno contigo?

Siempre. No solo bueno; es mi salvador y el amor de mi vida que me quema el corazón. Siento que Jesús es una persona viva, que sabe como soy y que no le importa, me quiere igualmente, porque no busca a los perfectos, sino corazones que acudan a Él.

Victoria Serrano Blanes
Periodista

Añadir comentario