Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, junio 16, 2019
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Entrevista a Alfredo Dagnino 

Constatamos que en el profesorado, en general, ha cundido el desánimo y el desinterés, desertando de lo que en muchos casos fue una verdadera vocación a la enseñanza; se ha multiplicado llamativamente el absentismo de los profesores por estrés; la indisciplina, la violencia y el insulto se han adueñado de las aulas y los patios de recreo, donde en muchas ocasiones los adolescentes se inician en el sexo y la droga. ¿Volveremos a ver a los alumnos poniéndose de pie cuando entra el profesor en clase, como pretendía Sarkozy?

Yo estoy convencido de que esos tiempos, a buen seguro, volverán, y volverán porque empezamos a tocar fondo en el campo de la educación. Es difícil empeorar… En este momento una de las cuestiones más urgentes para la regeneración de la moral de la vida en comunidad es la educación en general, y eso pasa por conformar un profesorado que realmente sea vocacional y no funcionarios que vayan a cumplir el mínimo.

En el caso de la educación cristiana y en centros como los nuestros y otras muchas instituciones de Iglesia, la identificación cristiana, la identificación del profesor con un proyecto cristiano es vital.

No creo que sea comparable la situación de los demás países con respecto a España: es peor en España sin duda alguna, a pesar de que la secularización y descristianización afecta a toda Europa, pero el deterioro de la educación es mayor en España que en otros países.

Me parece que en estos momentos no caben más reformas parciales. O de verdad entramos a fondo en reconsiderar globalmente y en profundidad todo lo que significa la educación, o verdaderamente no estaremos en condiciones de ofrecer un futuro para las próximas generaciones. Este es el gran reto que tenemos por la propia supervivencia de nuestra sociedad. Sólo a través de la educación podremos formar hombres nuevos capaces de obrar la regeneración moral de nuestra sociedad.

Antes nos preocupaba que se potenciara el triunfo de los mejores, aunque para ello hubiera que pasar por encima de los demás; era un problema decidir qué hacer con los menos preparados. ¿Qué hacemos hoy, cuando hay un porcentaje tan elevado de jóvenes poco preparados y de chicos que fracasan?

Ha aumentado mucho el fracaso escolar y otro tanto ocurre en la universidad. De hecho, según los datos, un elevado tanto por ciento de los chicos que empiezan, dejan la carrera o dejan la universidad. En la nueva ordenación universitaria se está planteando un nuevo curso que sea lo más “común” posible para atemperar los efectos nocivos derivados de esa frustración.

Pero al final, es que el propio sistema, que está necesitando una regeneración, no anima a los escolares… No hablo de los centros privados, como es el nuestro; pero en los centros públicos, donde hay una ausencia de disciplina, de rigor en las enseñanzas, una quiebra absoluta del principio de autoridad del profesor y de autoridad académica, un ambiente de desorden y de inmoralidad… difícilmente se puede construir sanamente lo que es la educación. Y eso produce un efecto reflejo en los alumnos, que se ven desmotivados, aparte del inmenso deterioro que producen hoy en día la pseudocultura y los contravalores que se alimentan desde los medios de comunicación… Yo siempre alerto sobre las series de televisión. Un vehículo de transmisión de valores y contravalores son los medios de comunicación, particularmente las series de televisión. Por ejemplo, en España hemos pasado de un respeto legítimo de la homosexualidad a la promoción y el fomento de la homosexualidad, que es en lo que estamos en este momento.

De aquí lo más importante es la formación personal en el seno de la familia y el acentuar la vida cristiana y la vida espiritual de los creyentes. Ahí está la base de todo, especialmente en la fidelidad al mensaje del Evangelio.

La Educación para la Ciudadanía pretende imponer la Ideología de género ¿Qué consecuencias trae esto para la sociedad?

La ideología de género está inoculando en la sociedad el principio de la nula significación antropológica de la diversidad sexual; la idea de que toda persona tiene derecho a elegir su sexo al margen de todo condicionamiento biológico o fisiológico. Y eso está ya calando en la cultura (series de televisión) y en la legislación civil. Aquí uno puede cambiarse de sexo sin más requisito que la manifestación ante el Registro Civil.

Esta concepción antropológica, además de profundamente anticristiana, está en contra de la naturaleza de las cosas, porque esto es algo que le interpela a cualquier persona que tenga sentido común, porque se toca y ataca el orden natural de las cosas. Y eso no es bueno, porque enlazando con lo que dice el Santo Padre: la ley natural es hoy el lugar de encuentro de creyentes y no creyentes.

Hemos pasado de los ataques a la gracia, del viejo anticlericalismo, a los ataques a la naturaleza de las cosas. Y me parece que, en esta línea no está nadie exento en estos momentos.

Una de las cosas que en ambientes hostiles a veces se tiende a cumplir, incluso en realidades de Iglesia, o en formaciones políticas, es intentar adaptarse al medio. Es decir, la sociedad va por un lado, y nosotros debemos adaptarnos; eso es lo que se transmite. Intentamos adaptarnos a los tiempos imperantes en la sociedad, pero yo creo que debe ser a la inversa: en momentos de crisis moral, las instituciones que tienen claro cuáles son sus convicciones, su ideario, sus raíces, su referencia, su inspiración fundacional, deben ser mucho más fieles y proclamar en la vida pública una identidad católica muy vigorosa, y además eso se traduce en la  comunión plena con la Iglesia. Los que tendrán que cambiar y convertirse son los demás y el mundo. En mi opinión este es un planteamiento que tenemos que tener muy claro en el contexto actual. Y potenciar una formación intensa y humana en las virtudes, sobre todo ahora cuando ya no se habla de virtudes, ni de espíritu de sacrificio; yo creo que esto es vital.

Acabamos de saber que la materia de Filosofía y Ciudadanía (la EpC para bachiller) evaluará el compromiso político del alumno. Poniéndonos en el mejor de los casos, ¿quiere esto decir que uno no podrá ser abstencionista, o que quizá deberá comprometerse con un proyecto político concreto?

Una de las cuestiones más graves de la EpC es que los criterios de evaluación no valoran sólo la expresión de conocimientos, como en matemáticas o en geografía o historia, sino la actitud positiva del alumno hacia los contenidos que integran esa asignatura. Eso es mucho más grave, porque va más allá; y eso tiene su manifestación específica en el compromiso político en Filosofía y Ciudadanía. Pero eso está en los reales decretos, en los anexos respecto a EpC, también en primaria y secundaria.

¿Qué se pretende cuando se permite pasar de curso con cuatro asignaturas suspensas (asignaturas básicas, pues ya suponemos no serán educación física, plástica, ni teatro)?

Esta es otra manifestación más de las concepciones ideológicas y filosóficas imperantes en el campo de la educación. Creo que en los últimos cuatro o cinco decenios ha habido una gran metamorfosis que ha tenido sus implicaciones culturales, antropológicas, políticas… y eso ha tenido su reflejo en el campo de la educación.

El problema de la educación en España son las concepciones ideológicas dominantes, los prejuicios que están detrás de cómo se concibe la educación, que han inspirado las políticas públicas en materia de educación en las últimas décadas en España.

Eso ha llevado a la aplicación del principio democrático a la educación, que es incomprensible. Eso tiene su validez como sistema de gobierno; pero ¿es que acaso la escuela se tiene que gobernar democráticamente? Los consejos escolares, por ejemplo, son fruto de una concepción inspirada por motivos políticos. Esos mismos motivos políticos han llevado al democratismo, a la democratización de la educación, a la igualación por abajo, confundiendo los papeles. Está claro que el Estado tiene la alta misión de garantizar la igualdad de oportunidades y, a partir de ahí, lo que tiene que primar son los principios de mérito, de capacidad, de sacrificio y del rigor y de la excelencia… Lo que pasa es que eso de formar los mejores, de formar élites está mal visto: no es políticamente correcto. Pero se olvida que formar mejores es para que sirvan más y mejor al bien común de su sociedad, y eso es lo que no se dice después. Lo que hemos hecho es igualar por abajo.

A partir de la LOGSE del año 1985 y, no digamos, de la LOE de 2006, se ha partido de todos esos principios. Cuando se habla de la reforma de la educación, a base de invocarla, es algo que está tan manoseado que nadie cree en ello. Reformar la educación hoy en España exige cuestionar esas premisas que nadie cuestiona, pero que no se cuestionan ya desde ningún partido político, porque además se han formado tales grupos de presión hoy en el campo de la educación que condicionan a los dirigentes políticos, desde la Conferencia de Rectores en el campo de la educación superior, pasando por los consejos escolares, los sindicatos de profesores, fuerzas vivas que ya operan como grupos de presión… Cambiar esto exige mucho coraje político o ya no tiene solución.

Hace un tiempo el servicio de estudios de La Caixa publicó un estudio comparado de la evolución de los diferentes sistemas educativos en Europa, las enseñanzas medias, particularmente. Cuando uno lee ese informe, llega a la conclusión de que todos aquellos países que se han mantenido fieles a las concepciones tradicionales mantienen un cierto nivel; mientras que todos aquellos que han querido hacer inventos, adaptarse a las modas y han querido hacer experimentos con la educación, todos han fracasado, y uno de ellos estrepitosamente: España.

El nivel cultural de los alumnos ha descendido vertiginosamente. ¿Qué ha ocurrido en la sociedad para que el alumno haya perdido todo interés por el estudio y por lo que suponga un esfuerzo?

Esto es consecuencia de los valores imperantes. El mérito, el sacrificio, la abnegación, el hecho de que para recoger un fruto hay que sembrar y esperar… son valores morales que están en la tradición y que ya no se consideran. Las revoluciones culturales de los últimos decenios han minado los fundamentos antropológicos de las instituciones naturales, como la familia, el matrimonio, y eso ha hecho que los contravalores sean hoy los principios dominantes. Esto ha socavado las bases de la educación. Se ha igualado por abajo, como he dicho antes; se ha reducido drásticamente el nivel de exigencia; se ha entendido que bajando el nivel se contribuye a una mayor educación, pero los hechos demuestran que sucede al contrario. Ello, a su vez, ha provocado que se hayan perdido los oficios, que la formación profesional venga sufriendo una discriminación solapada; se han hecho titulaciones universitarias de aprendizajes que no son propios de la universidad, por ejemplo: fisioterapia, enfermería…, que no son en rigor carreras, son otro tipo de oficios.

Comprendo que en todo esto puede estar el deseo de unos padres que quieren dar a sus hijos lo mejor, lo que ellos quizá no pudieron tener. Pero todos estos prejuicios y todos estos condicionamientos han destruido nuestro sistema de educación. Y en toda esta cuestión hay algo que no se suele decir: el deterioro de la educación ha sido general, pero particularmente en los centros públicos, donde hoy es muy, muy difícil formarse y estudiar, cosa que perjudica a aquellos sectores de la población con las rentas más bajas, a aquellos que tienen como única forma de prosperar socialmente y de garantizarse una igualdad de oportunidades, la educación.

¿Hay que volver a escoger entre el aparato de televisión o los padres para atender y educar a los hijos?

Es evidente que los padres y las familias deben tomar conciencia de la importancia de la familia como escuela de educación. Vivimos en unos tiempos donde la vida es mucho más complicada que antes para las familias; los padres no tienen tiempo, normalmente trabajan los dos, los niños muchas veces pasan más tiempo con personas de servicio que con los padres. Hay cierta mentalidad en los padres de que el colegio está para que se les eduque; es verdad que es un complemento formativo esencial, pero la familia es la cuna de las virtudes humanas y cristianas y difícilmente se va a aprender en otros lugares lo que se tiene que aprender en las familias.

Yo creo que hay que  agitar la conciencia de las familias para que sean conscientes de que no pueden abdicar en favor de los centros educativos de esa labor que les es propia. Cierto que muchas veces por egoísmo, otras por las exigencias de una vida muy complicada social y económicamente, eso se ha ido perdiendo. Sí, las familias tienen que entonar el mea culpa también; y controlar la vida de sus hijos. Conozco algún directivo de aquí que no tiene televisión, cosa que es impensable hoy. Esto puede parecer exagerado. Es verdad que la televisión es un progreso tecnológico esencial y que es fuente de conocimiento y de información, es un avance, pero el daño que hace también es irreparable.

¿Quién enseña hoy urbanidad, respeto a los mayores, ayuda a los desvalidos?

Pues eso: o lo hacen las familias o institucionalmente en estos momentos no lo hace nadie. Una de las críticas que yo hago a la Educación para la Ciudadanía (EpC) es que o entendemos rectamente lo que debe ser una asignatura así, que debería tener ese sentido, o caemos en esta vertiente tan negativa que hemos tratado repetidas veces en otros foros. Pero cuando hablamos de urbanidad, o de buenos modos, eso pasa por ser algo añejo, algo conservador, algo reaccionario. El Estado, antes que hacer una moral común diseñada y organizada desde el poder público, impuesta obligatoriamente a las familias, debería facilitar una educación que no sólo garantice la transmisión de conocimientos y aprendizaje, sino que respete la formación religiosa y moral que eligen los padres y que enseñe esas nociones básicas de cómo comportarse socialmente. Esa es la verdadera EpC.

¿Es misión del Estado educar la conciencia moral de los alumnos (Educación para la Ciudadanía)?

Evidentemente, no. Es verdad que históricamente ha habido algunas concepciones políticas que han partido de la premisa de que el Estado es el que tiene el monopolio de la educación. Es verdad que ahora formalmente no es así; es más, nuestra Constitución reconoce el derecho de los padres a elegir el tipo de educación para sus hijos que esté de acuerdo con sus convicciones; y sin embargo vemos que, en sistemas sociales donde eso formalmente se garantiza, se empiezan a decantar políticas públicas que tienden a convertir al Estado en educador moral de la sociedad, y una de las  manifestaciones más trascendentes e inquietantes en estos momentos es la EpC. Y sus fines, precisamente, no son el bien común, sino que son ideológicos, tendentes a conformar un hombre nuevo, a modelar una sociedad a conveniencia desde el Estado. Eso, aparte de cercenar gravemente derechos de los padres, desde el punto de vista democrático, en rigor, es inaceptable.

Esta intromisión del Estado en los deberes y derechos de los padres, ¿no es en parte consecuencia de una dejación de responsabilidades por parte de la familia, lo que ha dejado el terreno abonado para las injerencias externas?

Seguramente es así, por muchos motivos, no siempre de mala fe. Es verdad que a veces hay egoísmo, a veces la influencia de una cultura hedonista y materialista, en donde prefieren que los dos estén trabajando para tener una segunda casa o tener un coche en detrimento de otras cosas… Aunque hay casos, evidentemente, en que es necesario que los dos trabajen; sería injusto decir lo contrario. Con todo, en el fondo, sí que en las familias los padres frecuentemente han hecho dejación de sus responsabilidades.

 

El problema de las familias, desde esta perspectiva, es que no son conscientes de los derechos de los que son titulares. Una sociedad anestesiada, una sociedad adormecida, quizá por ese bienestar económico, por esa cultura materialista, muy individualista, hace que vivamos un poco al socaire del Estado, y mucho más en España. Y como no hay una sociedad civil fuerte y vertebrada, tampoco hay una conciencia cívica, una conciencia de ciudadanía, de cuáles son los deberes cívicos y cuáles son los derechos que se puede hacer valer frente a los poderes públicos. Porque si no fuese así, no sería explicable la desidia de una sociedad que asimila política, cultural y sociológicamente todo lo que le echen, ni la falta de una resistencia activa, por los cauces legítimamente oportunos, pues eso también está dentro de lo que es una democracia. Vemos que, a duras penas, esto empieza a cambiar en España.

Una de las buenas cosas que han producido la EpC y otras iniciativas legislativas y políticas que en estos momentos estamos viendo en Europa y en España en particular es que está generando esa conciencia, una conciencia de reacción, pero cívica. Yo creo que en el futuro tenemos que intentar construir esa regeneración moral desde abajo, no desde arriba. O sea, no podemos poner la confianza en que esto dependa de que un partido político gane las elecciones o de que tengamos personas afines en el gobierno o en el parlamento o en el poder legislativo; eso es la consecuencia, porque al final la regeneración moral de la comunidad en la que estamos tiene que venir desde abajo y de grupos de hombres formados íntegramente, que en su momento estarán en el parlamento y en el gobierno, y naturalmente serán consecuentes con su fe y sus convicciones.

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