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Entrevista a Carlota Ruiz de Dulanto «Vivir con un cuerpo “estropeado” ayuda muchísimo» 

No adoramos a un Dios indiferente, amamos a un Padre que acude donde se sufre y hace morada allí. En el Señor no hay “prêt-à-porter”, actúa a la medida de cada uno; para el amor derramado abona, para el amor acogido desbroza. A Carlota Ruiz de Dulanto, Jesucristo le salió al encuentro en la penumbra de su primer desconsuelo, cuando un tornado le inmovilizó las piernas para siempre. Y ahí, vulnerable y herida descubrió que la cruz, sea de la madera que sea, siempre es ligera si se comparte con Cristo. Hoy, después de momentos trenzados de dolor y alegría proclama a boca llena que para caminar tras sus huellas no hace falta andar, sino amar y confiar.

¿Cómo conociste el amor de Dios en tu vida?

Lo conocí en la cruz. Por la formación recibida, lo que había vivido en casa desde niña, en el colegio… sabía de Dios de oídas, pero como dice el salmo: “Ahora mis ojos te han visto”. Y efectivamente, me lo encontré de sopetón en la cruz. Ahí empecé a ver que estaba en mi vida mucho más de lo que yo me imaginaba. En mi vida ha habido tres hitos donde me lo he encontrado. Como yo tengo un corazón muy duro he necesitado de tres golpetazos, porque con uno no hubiese sido suficiente.

El primero fue cuando a los 25 años, estando de campamento en Michigan (EEUU) un árbol me cayó en la espalda y me quedé parapléjica. Ahí empecé a dudar de mis fuerzas. Me iban las cosas bien: estudiaba, tenía amigas y creía que yo controlaba mi vida. Pero me cae un árbol, me rompe la columna vertebral y me quedo para siempre en una silla de ruedas. Entonces comienzo a pensar que quizá no soy tan lista como pensaba, ni que controlo todo. Ahí empiezo a darle espacio a Dios.

¿Cuál fue el segundo?

Estábamos de vacaciones en Fuenterrabía (Guipúzcoa) y una noche comencé a tener contracciones, con solo 26 semanas de embarazo. El parto no se pudo detener y finalmente nació mi tercera hija, Paloma, con solo 600 gramos de peso. Su pronóstico no era viable con la vida, con lo que los médicos nos alertaron de que en cualquier momento podía morir y, si sobrevivía, las secuelas serían gravísimas: parálisis cerebral e imposibilidad para caminar. Ahí toqué fondo. ¿Madre en silla de ruedas empujando a hija en silla de ruedas? ¿Un tándem de silla de ruedas? La niña nació el día de la festividad de la Asunción y de la Virgen de la Paloma, justamente el nombre que habíamos pensado para ella. Fui al oratorio del hospital y cuando me quedé sola delante de la Virgen de Aránzazu le grité: “Si eres mi madre, demuéstramelo. Dame una hija viva y sana”.

¡Pediste antes la curación de tu hija que la tuya propia!

Sí claro, era tan frágil. Yo lo mío no lo veo un problema.

¿La Virgen te lo concedió?

Hizo el milagro y, no solo me ha dado una hija sana, sino que es campeona de gimnasia deportiva. La Virgen María lo hace todo a lo grande, ahí la pude conocer como Madre.

Una primera prueba es tu accidente, la segunda el nacimiento prematuro de Paloma. ¿Cuál es la tercera?

Mi marido murió de un infarto fulminante estando en su despacho trabajando. Me dejó con tres niñas pequeñas. Al día siguiente, cuando les di la noticia no se lo podían creer; gritaban, lloraban… La mayor de ellas, llena de lágrimas me dijo: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor”. Mi amiga Pilar, que estaba conmigo y yo nos quedamos de piedra al oír aquello por una niña de once años. Sé que Dios me estaba hablando cara a cara y me decía: Carlota, estaré con vosotras hasta el final. Y así ha sido. No nos ha faltado de nada. Las niñas hablan de su padre, de la muerte, del cielo, con toda normalidad, sin trauma. Lo han vivido desde la fe y han adquirido un grado de profundidad y discernimiento que de otro modo no lo tendrían.

Y luego, Dios me ha regalado —sin salir de mi vida habitual: trabajo, casa, parroquia— otro marido maravilloso, que me está ayudando a sacar adelante a mis hijas en todos los ámbitos, anímico, educativo, económico… ¡Son las cosas de Dios! A una señora en silla de ruedas, viuda y con tres hijas, le busca un marido dos despachos más allá del suyo. Esa es mi vida: regalo, regalo y regalo.

me guiará tu mano, me asirá tu diestra


¿Cómo fueron esos primeros momentos?

Una vez trasladada al hospital tras el accidente, el médico se dirigía a mí para contarme mi pronóstico, pero yo no quería oír lo que ya sospechaba al ver que no podía mover las piernas. Le hice dos preguntas: “¿Voy a poder andar de nuevo?”. “Nunca”, me contestó. Rápidamente le hice la segunda: “¿Podré tener hijos?”. “¡Por supuesto!”. A partir de ahí me aferré a la buena noticia, aunque en los primeros meses estuve muy rabiosa, y más aún cuando no podía ni dar patadas en la pared.

¿Vivir con un cuerpo “estropeado” es tan grave como nuestra sociedad utilitarista nos quiere hacer ver?

Nada grave, es más, ayuda muchísimo. Te quita las tonterías. Claro que me encantaría ponerme tacones y bailar sevillanas —pues yo sigo siendo vanidosa—  pero no puede ser, y a cambio, esa imposibilidad me aterriza. ¿Realmente es tan importante no ponerme tacones? Pues no. Ser una señora en silla de ruedas me baja los humos. Y aún así el ego siempre tira hacia arriba.

La calidad de vida, el Estado de bienestar, de confort y demás tópicos son una trampa. ¡Nos han engañado de una manera! No hay más que ver el vacío que da el vivir para el “yo”.

¿A qué te capacita la discapacidad?

Me ha dado humildad —un poquito, no ha conseguido hacerme totalmente humilde— y las posibilidad de ver que yo no piloto mi vida; es Dios quien lo hace. Me hace comprender mejor a otros que están en situaciones difíciles, y sobre todo a valorar más. Dios lo da todo gratis,  y lo gratuito cuesta valorarlo. También me da credibilidad cuando hablo de Dios; y eso me permite anunciar su Amor de manera convincente. Verme sonreír en una silla de ruedas, contando lo bueno que es Dios hace que la gente me escuche.

¿No poder andar es un obstáculo para ser feliz?

En absoluto. El accidente yo ya lo he borrado. Al principio duele mucho despedirse de golpe de caminar, montar en bici, bailar… Dios me paró en seco, pero me cuida tanto que me lo pone todo fácil. Tengo otra silla de ruedas en casa, un coche adaptado, me he comprado un quad de 125 cc para ir por el campo, la ciudad cada vez tiene menos barreras; hay ascensores, baños adaptados, puertas anchas…

Para nada es un impedimento. Incluso soy más feliz que otros porque me hace valorar las pequeñas cosas, como por ejemplo, llegar a un sitio y ver que no hay escaleras. ¡Es una tontería, pero me pongo muy contenta!

Entonces, ¿de qué depende la felicidad?

Está claro, depende de conocer a Dios y saber que Él lo hace todo bien porque es nuestro Padre. Esto te da una paz interior, una libertad y tranquilidad indescriptibles. Como el chiste aquel en el que está un niño de cinco años en el asiento de un avión, ajeno a las turbulencias. Los pasajeros gritan aterrorizados y el niño sigue pintando su dibujo como si nada. La señora de al lado, al ver que el niño no se inmuta, le pregunta: “¿Pero tú no tienes miedo?”. Y contesta el niño: “No, porque mi padre es el piloto”. Es la misma sensación que yo tengo. Estamos metidos en una nave, que es la vida, y va a toda pastilla; turbulencia por aquí, turbulencia por allá. Pero como nuestro Padre Dios es el piloto, vamos tranquilos y confiados.

Es imposible ser feliz sin Dios, se esté como se esté. Puede haber momentos fugaces de felicidad pero la plena está en Dios, y hablo por experiencia. Al principio yo intentaba vivir sin Dios; después, con cuarto y mitad de Dios, luego con tres cuartos de Dios… pero no terminaba de decirle, “Señor, toda tuya”, y seguía esclavizada por el demonio y el pecado. Cuando por fin decidí hacer su voluntad, no es que ya no caiga en el pecado y que el demonio no intente engañarme —el combate es diario— pero soy consciente y me defiendo.

tu palabra es luz para mis pasos


¿Los pecados inmovilizan más que unas piernas que no responden?

Por supuesto. El pecado es lo único que incapacita realmente porque está muy unido al demonio y a nuestro ser primario, al hombre viejo que llevamos dentro. Es muy serio pero creemos que es otra cosa, algo más leve que hacemos mal y ahí se acaba la historia. Y no es así. Lo llevamos en el ADN, se mimetiza en nosotros, se licua con la sangre y nos ciega, nos paraliza y hace infelices. ¡Y si no conoces a Jesucristo no eres consciente! La solución está en rezar, e inmediatamente baja la tensión arterial “demoníaca”. Todos tenemos gente a nuestro alrededor que según habla está respirando pecado de soberbia sin saberlo, insatisfechos y haciendo sufrir a ellos mismos y a los demás. Solo podemos rezar.

La peor discapacidad está en no poder amar, y esa la tenemos todos. Qué difícil es amar al enemigo, al que te odia, al torpe, al maleducado… Pero mi experiencia es que Dios te da la fuerza.

¿En qué pretende engañarte el demonio?

En todo. Lo primero que hace es decirme que Dios no me quiere tanto como creo, que quiere ahogarme y atosigarme, y yo tendría que tener más decisión en mi vida, más espacio. Esa es la gran mentira del demonio. Gracias a Dios lo veo venir y lucho con la oración para que no se salga con la suya. Del demonio hay que hablar mucho para vacunarse contra él y estar prevenido.

A veces somos nosotros mismos los que nos exigimos una perfección imposible. Ya lo dijo Dios: “Te basta mi gracia”. ¿Él lo suple todo?

Dios rellena nuestros huecos utilizando su especial pedagogía. Puede parecer un poco fuerte al principio, pero rápidamente aparece su misericordia. Él no se esconde nunca, siempre está ahí, pero en la cruz es más fácil ver que nos acompaña.

Gracias a todo lo que me ha pasado he descubierto que solo Dios tiene la clave de mi existencia, por eso es Él lo primero para mí. Es verdad que es tan generoso que me regala un marido maravilloso, unas hijas estupendas, un trabajo que me gusta… pero sobre todo me da a sí mismo. Yo le digo a mis hijas y marido: “Os quiero con locura, pero lo primero para mí es Dios, y espero que en vuestra vida sea también así”.

En el sufrimiento se puede estar tentado a adoptar una postura  victimista. ¿Es posible ver a Dios Amor en el dolor?

El victimismo también está unido al demonio, porque hace que te mires solamente a ti y ser muy narcisista: “¡Porque con lo que tú vales, con lo que tú eres, con lo que tú podrías haber sido…! ¿Cómo Dios te hace esto?”. Y te ahogas en tu propia basura. Dios es amor siempre. El dolor lo permite exclusivamente en la ración necesaria que necesitamos cada uno, ni un gramo más, para acercarnos a Él. Pero encima te da la gracia. Con lo cual, si confías en Dios el paquete completo es bueno.  Jesucristo nos dio el ejemplo máximo de dolor. El peor de los sufrimientos no es nada al lado de la Pasión del Hijo de Dios.

¿Dios no se equivoca?

Dios no se equivoca nunca. Él es el amor y la sabiduría; cuando entendemos esto se vive de otra manera, porque descubrimos que todo está bien hecho. El sol no se sale de su órbita, el peral no da limones, da peras… el plan de Dios es perfecto, y la Creación es un reflejo de ello. Pero si tenemos una visión muy egocéntrica de la vida queremos medir a Dios con nuestros parámetros, y así nunca llegaremos a conocerle. En cuanto te dejas de mirar a ti mismo y le miras a Él se puede ser feliz en el sufrimiento, y alabar y dar gloria a Dios cada mañana seas ciego, cojo, paralítico, parado, abandonado, etc.

Me ha costado verlo, pero tengo clarísimo que Dios está empeñado en que sea feliz y me salve para toda la eternidad, por eso todos los movimientos de mi vida han ido y van en esa dirección.

¿Crees que Dios ha sido bueno contigo?

Buenísimo. Sé que tiene preparado un festín de máximo calibre para sus amigos. Estoy cien por cien segura.

Victoria Serrano Blanes
Periodista

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