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ENTREVISTA A DON JUAN JOSÉ CALLES GARZÓN, DELEGADO DE LA DIÓCESIS DE SALAMANCA DE  <

 

Con motivo de la celebración del Sínodo extraordinario de Obispos sobre la Familia que se ha celebrado en Roma durante los días 4 al 25 de Octubre  bajo el lema «Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización», hemos querido entrevistar al Delegado Diocesano de Familia y Vida -Don Juan José Calles Garzón- para que nos haga partícipes de algunas cuestiones que preocupan hoy en el ámbito de la pastoral familiar y que han sido tratadas ampliamente a lo largo de estos días por los padres sinodales.

  1. ¿Por qué no se casan los jóvenes hoy en día?

El fenómeno al que estamos asistiendo en estas últimas décadas, muy especialmente en el ámbito centroeuropeo y en los países anglófonos, es en sí mismo “novedoso” en tanto que rompe con la forma de acceder al Matrimonio en las naciones configuradas cultural y religiosamente por el cristianismo a lo largo de prácticamente veinte siglos. Así aparecen descritas estas nuevas realidades en la Relatio Sinodi: “En  muchos países hay un número creciente de parejas que conviven ad experimentum, sin matrimonio ni canónico ni civil y sin ningún registro (Instrumentum laboris, 8) [n. 42].

Las razones por las cuales los jóvenes hoy deciden formalizar su relación sentimental al margen de lo institucionalmente ofertado (matrimonio civil o reconocimiento legal como pareja de hecho) y de lo eclesialmente permitido (celebración del sacramento del Matrimonio canónico) obedece a diversos posicionamientos que expresan “gestual y vitalmente” los planteamientos de fondo en relación con el papel que juega Dios, la concepción de la persona y el amor, la sexualidad y los hijos, el trabajo y las relaciones interpersonales y la familia en la existencia humana.

¿Por qué no se casan por la Iglesia? Pues evidentemente porque una gran mayoría de jóvenes, hoy, ya no tienen fe, se han alejado de la vida sacramental y por tanto no se plantean que la fe y la Iglesia pueda ser importante en la configuración de su vida en común como pareja. A pesar de esta constatación, es evidente que, todavía hoy, no pocas parejas de novios acceden al sacramento del matrimonio canónico sin la debida preparación teológico-catequética y sin una experiencia de fe personalizada y una vivencia eclesial real.

¿Por qué, cada vez más, las parejas formalizan menos un “contrato civil”? Porque los jóvenes hoy se muestran muy inseguros frente al futuro, no quieren “atarse a nada ni a nadie”. El planteamiento de un proyecto de vida en común, para siempre, donde se comparte todo es contemplado, por no pocos jóvenes, como una quimera y un sueño inalcanzable.

¿Por qué son cada vez más las parejas que se unen como parejas de hecho sin ningún tipo de formalización civil o canónica? Este “fenómeno” que es relativamente nuevo es un “síntoma” de una sociedad que ha perdido la esperanza. Los jóvenes de hoy son hijos de una cultura sin Dios, sin verdad y sin familia. Una de las carencias más grandes de la cultura actual es la soledad, fruto de la ausencia de Dios en la vida de las personas y de la fragilidad de las relaciones. Además, son víctimas también de una situación socio-económica que imposibilita en muchos casos el plantear la sostenibilidad de un proyecto de vida en común. Esto se debe a la creciente pobreza y precariedad laboral, vivida tantas veces como una verdadera pesadilla, o debido a los impuestos demasiado pesados que no estimula a los jóvenes al matrimonio. El Papa Francisco afirmaba en su Homilía de Apertura del Sínodo de la Familia (4 de Octubre de 2015) que “el amor duradero, fiel, recto, estable, fértil es cada vez más objeto de burla y considerado como algo anticuado”.

  1. ¿Es la economía global la que modela las costumbres sociales y está socavando las instituciones tradicionales?

Sí, en gran medida. Como muy bien ha puesto de manifiesto el Papa Francisco “la familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros, y donde los padres transmiten la fe a sus hijos. El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno.  El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares. La acción pastoral debe mostrar mejor todavía que la relación con nuestro Padre exige y alienta una comunión que sane, promueva y afiance los vínculos interpersonales” (cf. Evangelii gaudium,nn. 65-66).

Por otra parte, no podemos ser ingenuos, hay lobbys políticos y sociales muy interesados en imponer, con palabras de Francisco, en “colonizar” la naturaleza del ser humano con la “ideología de género” que presenta un proyecto de “revolución antropológica”, una especie de “dogma pseudocientífico” según el cual el ser humano nace sexualmente neutro. Hay -sostienen- una absoluta separación entre sexo y género. El género no tendría ninguna base biológica: sería una construcción cultural por tanto cada persona puede optar en cada una de las situaciones de su vida por el género que desee, independientemente de su corporeidad. La sociedad atribuiría el rol de varón o de mujer mediante el proceso de socialización y educación de la familia. La pretensión última de esta ideología es la de ir a una sociedad sin sexos y sin géneros, en la que el ideal del “nuevo” ser humano estaría representado por una hibridación que rompiera la estructura dual del hombre -mujer-, masculino-femenino. Una sociedad, por tanto, sin reproducción sexual, sin paternidad y sin maternidad. La sociedad así construida estaría confiada únicamente a la ciencia, la biomedicina, la bioctenología y la ingeniería genética. El origen y el final del existir humano se debería solo a la acción de la ciencia y de la tecnología, las cuales permitirían lograr ese transhumanismo en el que quedaría superada su propia naturaleza (posthumanismo).

Está “ideología de género” no sólo se está imponiendo ya en el ámbito del lenguaje (por ejem.: el empleo, de forma casi exclusiva, del término “pareja” cuando se habla del matrimonio; la inclusión en el concepto de “familia” de distintos “modos de convivencia” más o menos estables, como si existiese una especie de “familia a la carta”; el uso del vocablo “progenitores” en lugar de los de “padre” y “madre”; la utilización de la expresión “violencia de género” y no la de ” violencia doméstica” o “violencia en el entorno familiar”, etc.), y en ámbito legislativo (en España a partir de la Ley del 1 de julio de 2005, que modificó el Código Civil se ha redefinido la figura jurídica del matrimonio quedando este transformado legalmente en la unión de dos ciudadanos cualesquiera para los que ahora se reserva en exclusiva el nombre de “conyuges” o “consortes”. De esa manera se establece una insólita definición legal del matrimonio con exclusión de toda referencia a la diferencia entre el varón y la mujer”. Es muy significativa al respecto la terminología del texto legal. Desaparecen los términos “marido” y “mujer”, “esposo” y “esposa”, “padre” y “madre”. De este modo, los españoles han perdido el derecho de ser reconocidos expresamente por ley como “esposo” o “esposa”, y han de inscribirse en el Registro Civil como “conyuge A” o “conyuge B”), sino que impregna también las orientaciones normativas en el ámbito educativo (cf. Estándares de la educación sexual en Europa de la OMS) y proclama que su objetivo será completo cuando la sociedad -los miembros que la forman- vean como “normales” los postulados que proclama. Eso solo se conseguirá si se educa en ella, ya desde la infancia a las jóvenes generaciones. En el encuentro con las familias durante su viaje a Filipinas, el 17 de enero de este año, el Papa Francisco alentó a las familias a “ser muy sagaces, hábiles y fuertes para decir no a cualquier intento de colonización ideológica sobre la familia porque toda amenaza para la familia es una amenaza para la propia sociedad”. Así pues, si los planteamientos de esta ideología son aceptados y asimilados por una mayoría social, dentro de pocas décadas podremos acuñar el slogan nietzschano modificado, diciendo: “La familia ha muerto”.

  1.  Sin embargo, la Familia continúa siendo una institución muy valorada por los españoles, según datos del CIS…

En efecto, la familia es, y esperemos que siga siendo, la institución más valorada  por todos  porque gracias a Dios nuestra sociedad está vertebrada por una red inmensas de familias a modo de pequeñas “células” que sostienen y vitalizan el entramado de la sociedad. Baste hacer referencia a la crisis socio-económica y laboral que padecemos para descubrir el alcance y la importancia de la familia , ella ha sido el  gran “salvavidas social” en estos años. ¡Cuántos han podido subsistir ante la crisis gracias al apoyo moral, afectivo y económico de la familia! Este hecho nos tiene que llevar a valorar la vida y la familia como bienes sociales fundamentes. El Papa Francisco es claro al afirmar que no hay verdadera promoción del bien común ni un verdadero desarrollo del hombre cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, su bienes inmateriales, como lo son la vida y la familia.

  1. ¿Hay que reformar la pastoral prematrimonial?

Sí. Esperemos que las orientaciones pastorales del Sínodo de la Familia arroje luz y la Iglesia apueste decididamente por una pastoral evangelizadora que ponga en el centro de la misión pastoral a los adultos y a la familia. Nuestras familias cristianas, en general padecen una auténtica “pandemia” que podemos diagnosticar como de “anemia espiritual”. Necesitamos fortalecer la fe de nuestras familias, de los padres y las madres, de los hijos y de los abuelos, a todos hay que acompañar,  viviendo juntos (pastores, fieles laicos y religiosos) la novedad de ser la familia de los hijos de Dios.

Para ello, hemos de reconocer con humildad que nuestros procesos de iniciación sacramental (al bautismo, la comunión, la confirmación y el matrimonio) no los estamos planteando bien, los frutos de vida cristiana que se cosechan nos están indicando que no podemos seguir así: ¡los sacramentos son para fortalecer la fe, crecer en la comunidad eclesial y servir a la sociedad! y, sin embargo, venimos asistiendo desde hace más de cuatro décadas a la deserción post-sacramental y a una apostasía silenciosa de una gran mayoría de bautizados en nuestras comunidades cristianas. Hemos de reconocer con realismo pastoral que hemos salido ¡ya! de la cristiandad y nos enfrentamos no a una época de cambios sino a un cambio de época en la que el cristianismo tiene que confrontarse, de nuevo, con una mentalidad “neo-pagana”. No podemos seguir mirando con “nostalgia” a la cristiandad, nuestra sociedad se ha secularizado y entramos  en un tiempo nuevo en el que la fe se ha de vivir de forma personalizada y en ámbito familiar en la calle y en las plazas, en el trabajo y en la universidad, en los escenarios en los que nos movemos y vivimos, pero hemos de hacerlo como cristianos, con espíritu familiar. La misión de la familia cristiana no será otra más que la de custodiar, revelar y comunicar el Evangelio del amor humano, el matrimonio y la familia en la sociedad en la que vive inmersa.

La evangelización de la sociedad actual se hará a través de la familia cristiana o no se hará. Las familias cristianas están llamadas a ser las verdaderas protagonistas de la evangelización en este tercer milenio, por eso hay que repetir: ¡familia cristiana, sé lo que eres! ¡Evangelio vivo, compartido y transmitido! ¡Ha llegado la hora de la familia! Es interesante resaltar que el Catecismos de la Iglesia Católica, al hablar de la familia como iglesia doméstica, denomina a las familias cristianas con estas bellísimas expresiones: “Islotes de vida cristiana en un mundo no creyente” (nº 1655) y “faros de una fe viva e irradiadora” (nº 1656). Como nos ha recordado el Papa Francisco la Iglesia está llamada a “vivir su misión en la fidelidad,  la verdad y la caridad y su misión no cambia según las modas pasajeras o las opiniones dominantes”.

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