Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, mayo 11, 2021
  • Siguenos!

Entrevista a José Luis y Guadalupe, viudos 

“Quedarse viudo es como si a uno le partieran en dos”

Sabemos que el vivir y el morir trenzan nuestros días y aun así la muerte es un enigma que solo la fe puede desvelar. José Luis y Guadalupe, ambos mexicanos de Monterrey,  vieron el rostro descarnado de esta cuando quedaron viudos. En medio de una vida matrimonial plena y feliz, Lola y Carolina murieron y una niebla espesa se precipitó sobre ellos. ¡Es tan largo el amor y tan corta la vida! Pero como para Dios ningún dolor pasa inadvertido, apoyados en su Palabra y en la fe de la Iglesia no caminan encogidos por la soledad sino expandidos por la entrega y el servicio a los demás. Y es que no hay sufrimiento en la tierra que el cielo no pueda consolar; no hay cruz que en Cristo no sea redimida.

¿Cómo conocisteis el amor de Dios en vuestra vida?

José Luis: Mi mujer y yo participábamos en un grupo de la parroquia y dentro de la Iglesia era como cobraba sentido nuestro matrimonio.

Guadalupe: Tenía dieciocho años y me llamaba la atención que un compañero de pandilla a cierta hora se marchaba. “¿Tú dónde vas?”, le pregunté. “¿Quieres saberlo? ¡Pues ven conmigo!”. Y me llevó a un grupo de Acción Católica que se reunía en la catedral de Monterrey. Ahí me enganchó el Señor. Junto con mi novia y luego esposa participábamos activamente en la parroquia. Esto nos ayudó mucho en nuestro matrimonio. Mucho después supe que Carolina, cuando éramos novios,  le pidió al Sagrado Corazón de Jesús que yo entrara en la Iglesia.

¿De qué murieron vuestras mujeres?

José Luis: Tuvimos un accidente que hizo que mi esposa enfermara y luego muriera. La fe nos permitió vivir la enfermedad y muerte sin desesperación ni angustia. Con sufrimiento, claro, pero apoyados en Dios.

Guadalupe: A mi esposa le detectaron diabetes, quince años después cayó en estado de coma y a las doce horas murió. En todos estos años de enfermedad tuvimos la esperanza puesta en Dios.  Estando en la Iglesia siento que no tuvimos un dolor desesperante sino que recibimos un gozo espiritual. Sufrimos mucho, lloramos mucho mis hijos y yo por su muerte, pero siempre apoyados en Jesucristo, pues sabíamos que Dios estaba haciendo su voluntad, que era llevarse a Carolina y quedarnos nosotros. En esa fe y esperanza lo aceptamos, aun con dolor intenso.

¿Sentís por la comunión de los santos que ellas siguen presentes?

José Luis: Cuando falleció mi esposa vi que era como Job: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor”. Sé que ella sigue con nosotros.

Guadalupe: Yo también lo siento así; dentro de mí hay un gozo y una alegría interna al saber que está con el Padre. Ella se ha adelantado pero todos iremos para allá el día que el Señor lo quiera. En muchas cosas que nos ocurren está su intercesión detrás.

la paz os dejo, mi paz os doy

¿El Señor sostiene?

José Luis: Sí, mucho. Como no sabemos el día ni la hora en que uno de los dos va a partir de esta vida, el matrimonio debe cuidarse todos los días. El demonio a veces me engaña diciéndome que pude amarla más. Quiere quitarme la paz pero Dios me sostiene. ¡Cuán importante es la fe y cómo ayuda a discernir la voluntad de Dios! Somos igual de pecadores, pero vivir el sufrimiento sin fe es espantoso. Como dice la epístola de Pedro: “La gracia es superior a la prueba”

Guadalupe: Cuando Carolina cayó en coma le dije a Dios: “Si tu voluntad es llevártela, ayúdame a aceptarla”, y en el funeral sentí gozo porque sabía que ella ya estaba disfrutando con el Señor. Luego vienen los recuerdos, la ausencia, el vacío… No sirve de nada culpar a Dios, pero sé que no hacerlo es una gracia porque hay gente que se quiere desgarrar el cuerpo por dolor o por remordimiento. A mí el Señor me sostuvo y lo sigue haciendo.

¿Cómo es el día a día tras su ausencia?

José Luis: Éramos los dos una sola carne, y cuando falta uno es una ruptura  interna muy fuerte. Quedarse viudo es como si a uno le partieran en dos. Jesucristo pasa curando, dice el Evangelio, y esto se cumple porque todo sufrimiento tiene sentido en la cruz de Jesucristo. Lo que podría ser causa de depresión profunda —y que desgraciadamente así es para muchos— para mí fue un trascender al amor de Dios y a la resurrección. He tratado de transmitir a los hijos que la cruz es gloriosa y la muerte de su madre tiene un sentido. Somos una familia coja, falta un gran pilar que yo no puedo suplir, pero es Jesucristo quien lo suple haciéndose presente en su vida. Les dije: “Dios es nuestro Padre y la Iglesia nuestra madre” y sé que madurarán en la medida que lo vivan así.

Guadalupe: Al faltar Carolina me sentí muy fortalecido por la oración de toda la gente que me rodeaba y que hizo posible que yo no me desesperara. Sentía mucho la soledad pero a la vez me sentía fortalecido por Dios, sabiendo que tengo una esposa en el cielo, cerca de Él, y que está intercediendo por mis hijos y por mí. Esto me ha ido preservando de no caer en el sinsentido. Su muerte coincidió con mi jubilación, y la gente me aconsejaba que me mantuviera ocupado. Entonces empecé a ayudar a ancianos y enfermos, y en general, a todo lo que me pedían. Saber que Carolina está con el Señor me proporciona mucha paz.

Tú me lo diste, a ti, Señor, lo torno

 

¿Cómo lo vivieron los hijos?

José Luis: Cuando murió Lola los hijos tenían 20, 19, 17 y 15 años. Estaban en plena adolescencia y la muerte de su madre les ha hecho tener experiencia de Dios Padre. Por ejemplo, a mi hijo pequeño se le ha despertado una sensibilidad ante el sufrimiento ajeno y trabaja en una asociación para niños huérfanos. Todavía a veces hay resabios de esa herida, pero les ha hecho madurar. Está claro que el sufrimiento, vivido en la dimensión de la fe e iluminado, madura.

Guadalupe: El chico mayor ya estaba casado cuando murió su madre, pero quedaban las tres chicas en casa. Aunque ya eran mayores —tenían  33, 31 y 29 años— y estaban trabajando, al faltar ella sintieron mucho su ausencia y sé que la siguen sintiendo, pero se apoyan en el Señor y Él les ayuda.

Hoy por hoy, ¿qué os pide el Señor?

José Luis: Tres de mis hijos siguen en casa. Aunque ya terminaron los estudios,  trabajan y son independientes de mí económicamente, sigo siendo para ellos el referente moral: me piden permiso, comemos juntos los fines de semana… Y siento que tengo una misión con ellos. Hace un tiempo pensé en volver a casarme, pero yo percibía en mis hijos una negativa a que me relacionara con cualquier posible mujer. Me encuentro en paz. Sirvo a la Iglesia dando unas clases en el seminario diocesano de Monterrey, colaboro en un programa de radio en la Universidad y hago investigación sobre la aportación de la Iglesia en ciertos personajes históricos. No se trata de matar el tiempo sino de estar abierto y disponible a lo que Dios me pida. No veo otra manera de vivir que estar al servicio de la Iglesia.

Guadalupe: Estuvimos 35 años casados y siento que me faltó más, pero no estoy rebelado al Señor por eso. Ella fue la mujer de mi vida y no va a haber otra —no es por despreciar a ninguna mujer—. Sé que ahora mi lugar es estar al cuidado de mis hijos, aunque ellos también están muy pendientes de mí para que no engorde, que haga ejercicio, que coma sano…. El tiempo está pasando, los signos de la vejez se manifiestan y noto que tienen miedo de perder también a su padre. Vivo  pendiente de lo que me pide Dios a través de la Iglesia: ayudo a acolitar en los bautizos, llevo la Comunión a los enfermos… Estoy dispuesto a lo que me encomienden.

¿Cuál es vuestra actitud ante la muerte?

José Luis: La muerte me cuestiona, pero ante el inevitable miedo, temor, dudas, etc. la Palabra de Dios me da esperanza. Toda mi vida la había montado en torno a mi mujer y cuando se fue, pensé: “¿Y ahora qué hago?”. Pocos años después de quedarme viudo me puse gravemente enfermo y me pregunté: “¿Y si esto es el final?, ¿por qué no? ¡No se van a morir solo los demás!”. Ese temorcillo a la muerte no se quita del todo, pero se vive con más familiaridad. La veo como un paso que Lola ya ha dado y luego daré yo. Siento el cielo más cercano.

Guadalupe: Sigo teniendo miedo a la muerte, aunque mucho menos que antes de fallecer Carolina. Sin embargo, a lo que más temo es a que me engañe el demonio y me haga perder la gracia de Dios. ¡He visto cómo engaña y no quisiera estar en ese pellejo! Hacíamos planes de futuro: “¡Ay cuando estemos ancianitos los dos, juntos en la mecedora descansando!”. Siento que eso me faltó pero cuán importante es la fe y lo mucho que ayuda a discernir la voluntad de Dios. Somos igual de pecadores, pero vivir acontecimientos de sufrimiento fuerte sin fe es espantoso.

cantaré eternamente tu misericordia

 

¿Es real o es un tópico que al hombre le cuesta más afrontar la viudez que a la mujer?

José Luis: La mujer tiene más distracciones: la casa, los hijos, las amigas… pero el hombre no sabe por dónde tirar. En el matrimonio los dos llevábamos a una ciertas tareas de la casa y de los hijos, y eso cuando faltó ella me ayudó a continuar. Aunque para muchas cosas personales de los hijos la madre les orientaba y he tenido que aprender a hacerlo yo. ¡Menos mal que Dios me ha ayudado! Cuando vivía mi mujer nos juntábamos con otros matrimonios amigos, pero al quedarme viudo se han alejado. Yo lo comprendo, si quedan para cenar no me van a invitar a mí que voy solo. Parece que el viudo vive aislado, pero no siempre es porque él lo decide. En la Escritura, por ejemplo, no aparece ninguna referencia al viudo, en cambio sí a las viudas: Rut, Judith, Noemí, Ana…. Es cierto que en esa época ellos se volvían a casar.

Guadalupe: Es evidente que hay una diferencia entre ambos. A mí me pasa lo mismo que a José Luis; un viudo no se va a acercar a los matrimonios pues se encuentra desubicado, pero para las mujeres —sean solteras o viudas— es diferente porque están más integradas. En la parroquia, aunque también se ha notado un cambio, este es menor ya que compartir la fe une. Mis hijas también estaban acostumbradas a hablar de ciertos temas con su madre, que las escuchaba y orientaba perfectamente, y no conmigo. Poco a poco nos hemos hecho con la nueva situación.

¿Creéis que Dios ha sido bueno con cada uno?

José Luis: Conmigo ha sido muy bueno. El Señor me ha cuidado, me ha dado a conocer la Iglesia, ha provisto bienes para mi casa, no ha permitido que mis hijos se pierdan por caminos raros. Dios me ha ayudado, ¡yo solo no lo hubiera conseguido! Reconozco a Dios en la historia de salvación que ha hecho con nosotros. ¡Hasta ha hecho que no vea la falta de mi esposa como una maldición! Ella ha sido para mí un don de Dios que no busqué sino que se me fue regalado; gracias a Él lo veo por el lado de lo que me dio, no de lo que me quitó.

Guadalupe: ¡Buenísimo! ¡Todo lo ha hecho bien en mi vida! Él me sacó de una vida sin sentido en mi juventud; era la época de los hippies y me llamaba la atención el existencialismo y todos sus autores: Sartre, Simone de Beauvoir, Camus… Hasta que un día el Señor me llamó y me rescató. También, ¡cómo ha actuado con mis padres! Mi papá tenía raíces socialistas y no era católico; mi mamá sí pero no practicaba. Yo siempre les proponía que se casaran pero él no quería, y eso a mi mamá le suponía un gran dolor. Enfermó de cáncer y aceptó casarse. A las pocas horas de celebrarse el matrimonio se murió. ¡Bendito sea el Señor que ha visitado y redimido a su pueblo! Para mí fue un gran alivio. No puedo dejar de decir que “el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.

Victoria Serrano Blanes

Añadir comentario