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Entrevista a Luciano García Matas 

Que Jesús es el Hijo de Dios vivo ha supuesto la mayor revolución de la Historia

Luciano García Matas, consejero de la revista Buenanueva, ha publicado su tercer libro sobre cristología, Jesús-Cristo. Hijo de Dios y verdad original del hombre, con el que ha querido cerrar su particular visión cristológica acerca del pecado original. Los dos libros anteriores, Mito y Verdad del pecado original (2006) e Historia de un exilio temporal (2010) también han sido publicados por la Asociación Canónica Bendita María

Con este libro ya son tres los publicados.

Así es. Como dice el refranero español, ¡no hay dos sin tres!, y he aquí, por tanto, mi tercer libro “serio”. Y digo “serio” entre comillas, porque entre el segundo libro —Historia de un exilio temporal— y este, he publicado un cuento infantil para mis nietos, que también, por otra parte, es un asunto bastante serio, sin comillas…

 ¿Siguen todos un mismo hilo conductor?

Con este último, Jesús-Cristo, pretendo concluir —aunque no sé si lo lograré del todo— mis continuas intrigas y reflexiones sobre lo que muchos ilustres maestros han dado en llamar y señalan como “el pata negra de la teología”, que no es otra cosa que el controvertido tema religioso del pecado original.

¿Siempre te ha atraído este tema?

Sí, el asunto de nuestra naturaleza caída me ha fascinado siempre, ya desde mi época de colegial. Desde muy joven enlazaba yo muchas de mis contradicciones e insatisfacciones personales con aquel pecado primordial de la Humanidad del que nos hablaban todos los profesores de religión y aquel famoso catecismo de Ripalda que había cuando éramos pequeños. Me inquietaban de un modo especial las incongruencias de mi comportamiento con lo que sabía en conciencia cómo debía ser y no era. Por ejemplo, criticaba lo egoístas que eran los demás, cuando yo, en secreto, era bastante peor que ellos en ese aspecto; odiaba someterme a cualquier tipo de autoridad, ya fueran padres, familiares, profesores o amigos, lo mismo si eran sacerdotes o laicos, y menos aún aguantaba que ningún “delegado de curso” —otro joven como yo— pudiera mandarme a la sala de castigados. En fin, que siempre he sido ese “rebelde” del que dice Camús se autoestima valioso de por sí y no necesita estar referido a nadie más que a sí mismo.

parar para seguir andando

 ¿Cómo transcurría tu vida?

Cuando entré a trabajar, me casé y tuve hijos, seguí por los mismos derroteros, recriminando o apartando de mi lado a todo el que no compartiera mis opiniones, deseos y gustos. Era incapaz de amar a nadie que no cumpliera con mis expectativas. En el orden laboral tuve trifulcas continuamente con mis superiores cuando no compartíamos los mismos criterios o puntos de vista sobre el trabajo a realizar. Haber optado vocacionalmente por el mundo del dinero, las finanzas y la Bolsa añadía a mi vida un plus de vanidad. Mi orgullo me obligaba a buscar el éxito y el riesgo en cuantas operaciones participaba, bien fuera de forma privada o como asesor de mis clientes. Si ellos ganaban dinero, era gracias a mis certeros consejos y experiencia. Todo ello me condujo a infinidad de situaciones límite tanto a nivel profesional como familiar y social.

¿Eras consciente del riesgo que suponía?

A los cincuenta años mi estresada vida ya había hecho las oposiciones para que me diera algún infarto que otro. Sin embargo, no fue por el músculo cardiaco por donde tuve que bajarme del pedestal de mi egolatría, sino a causa de una rara enfermedad llamada “espondilitis anquilosante”, que me dejó al borde de la silla de ruedas. Un año después fui declarado por un tribunal médico forense de la Seguridad Social en situación de incapacitación total y permanente para el trabajo.

¿Cómo te tomaste este acontecimiento?

Esta situación de cese forzoso de todas mis actividades profesionales me dejaron el tiempo que necesitaba para meditar y reflexionar sobre lo que había sido mi vida hasta entonces. Y llegué a la conclusión de que toda ella había sido un camino de muerte, primero espiritual y después física. Me había autoeducado en la “cultura del pelotazo” y del “ande yo caliente” sin ningún escrúpulo hacia nadie. Obligado a reflexionar desde el límite de la angustia, me di cuenta de que, detrás de esa autonomía y poder personal, se escondía una gran debilidad; detrás de los caprichos consumistas había inseguridad y una intensa necesidad de plenitud; y que detrás de esas ansias de liderazgo e independencia, había un enorme deseo de encontrarle algún sentido a mi vida.

¿Hacia dónde te condujeron esas reflexiones?

Comprobé que la actitud de preguntar del hombre se da con especial vigor en situaciones de inseguridad, soledad o padecimiento. Y es que cuando el hombre logra un aparte en su condición social, un momento de soledad y de reflexión, la voz del corazón, su propia conciencia le acaba revelando lo único genuino, constante, e inalterable que hay en su naturaleza: ¡solo soy criatura de Dios! Es en esta revelación íntima, donde el hombre encuentra su verdad original y su fundamento. Fue así cómo descubrí en mí mismo la verdad y la actualidad del mito de la caída que nos relata la Biblia: lo mismo que Adán, yo había rechazado mi condición de criatura, queriendo ser Dios siempre. Con la amarga experiencia de lo que había sido mi vida hasta entonces, empecé a filosofar sobre esa misteriosa servidumbre de desorden, desconcierto y contradicción que habitaba en mí y que todos los hombres experimentamos en nuestra naturaleza; algo misterioso que nos invita de continuo a no ser como Dios manda y a no amar como Dios quiere que amemos.

“porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”

¿Llegaste a alguna conclusión?

Comprobé que el “metarrelato” del Génesis tenía razón cuando nos revela que el hombre tiene una historia que va más allá de lo que la Paleontología y la Prehistoria nos proponen, y que todo comienza para la especie humana con una decisión libre del hombre en un tiempo y espacio “primordial”; que tanto la desgracia como el pecado han tenido un comienzo y unas consecuencias para la especie humana. Como Adán y Eva, todos los hombres y mujeres de este mundo caemos en la misma tentación separatista de nuestro Creador, rechazando cualquier sometimiento a su autoridad y, buscando, como el Hijo pródigo, abandonar el “hogar divino” para vivir nuestra propia historia con pretensiones de plena autonomía. Tarde o temprano cada hombre experimenta a lo largo de su vida, de forma personal, la prueba adánica de la libertad (para reconocerse o no criatura de Dios) y el deterioro humano que produce caer en esa tentación. Todos vivenciamos, pues, en nuestro fuero interno la merecida expulsión del paraíso cada vez que descendemos desde nuestros ideales a la cruda realidad.

¿Cómo influye ello en nuestra vida?

Como decía en mi segundo libro, a cada instante nos sentimos exiliados a este mundo donde no hay suficiente sitio para nuestros más profundos deseos de amor, de libertad, de comprensión, de compasión y de paz… Y es que el hombre, cuando se emancipa de Dios, puede caer en el odio mortal al hermano, convirtiéndose, paradójicamente, en enemigo de sí mismo. A lo largo de su dilatada historia el hombre ha demostrado que la verdad del mito de Caín y Abel (envidia y odio entre hermanos) hace referencia a la realidad ontológica de que ambos personajes bíblicos “viven” en cuantos encarnamos el bien y el mal en el mundo. Cuando uno mira el mundo, reconoce la historia desgarrada de los primeros 11 capítulos del Génesis; se espanta de tantos diluvios universales de bombas y de hambre que ha habido y sigue habiendo, y se siente inmerso en la misma torre de Babel donde las lenguas se confunden porque se manipulan las verdades. Esta situación —que se encuentra ligada a su separación de Dios— mantiene al hombre en una constante tendencia activa al pecado, añadiendo un plus personal al pecado del mundo.

Sin embargo, ¿hay lugar para la esperanza?

Sí, afortunadamente el Creador de todo ha dejado su obra en un proceso evolutivo de perfectibilidad (antropogénesis) para que el hombre cumpla una tarea apasionante: ¡poder hacerse —desde su propia libertad— imagen y semejanza de Dios! Justamente esto fue lo que ya hizo, hace más de dos mil años, un hombre único llamado Jesús de Nazaret, un personaje real ante el que la historia no ha sabido nunca quedarse indiferente ni ha podido relegar al olvido. ¿Cómo es posible —nos preguntamos todos— que alguien que fue prácticamente desconocido para la mayoría de los historiadores de su época haya armado tal revolución cultural y espiritual, mientras otros que también tuvieron seguidores, discípulos, doctrinas propias y que hacían prodigios como él no dejaron esa huella en la historia de la humanidad? A indagar el porqué de ello he dedicado estos tres últimos años de mi vida de escritor, abordando la figura de Jesús desde cuatro distintos ámbitos: histórico, místico, filosófico-trascendental y crístico.

si alguno está en Cristo, nueva criatura es

 ¿Hacia dónde confluyen los diferentes aspectos de la figura de Jesús?

Jesús no ha podido ser borrado de la historia, porque todo lo que hizo y dijo es la Verdad original que anida en el fondo de todo corazón humano. Como dice San Pablo en Ef 1: En Él estamos todos predefinidos y predestinados a la filiación en amor y por gracia, haciendo que todo tenga a Cristo por cabeza (ver Ef 1,3-10). En Él se reveló el misterio desconocido a tiempos anteriores oculto desde la eternidad en Dios, creador de todo (ver Rom 16,25). Con esa pretendida paz espiritual que proporciona decir, sin miedo, lo que uno intuye y piensa sobre la encarnación de Dios en la figura histórica de Jesús de Nazaret y de su misión redentora, he querido personalizar en mí aquella célebre pregunta que hizo el Maestro a sus discípulos en Cesarea de Filipo: ¿Y tú, Luciano, quién dices que soy yo?…, a la que contesto convencido: “Tu eres el Hijo de Dios y la verdad original del hombre”, como reza el subtítulo de la portada de mi libro. Proclamar su divinidad es una experiencia de fe, igual a la que tuvieron muchos de sus discípulos y seguidores. Afirmar lo segundo es una experiencia de vida y de reflexión evangélica sobre su figura. A esto alude lo que se ha venido en llamar el paso del Jesús histórico al Cristo de la fe, pues… ¡ser hombre del modo como lo fue Jesús, solo lo puede ser Dios! Amar y perdonar como él lo hizo, solo puede hacerlo Dios! Así fue como se abrió camino, progresivamente, la conciencia colectiva de la iglesia primitiva de que Jesús era el Hijo de Dios vivo, algo que ha supuesto la mayor revolución espiritual y cultural de la Historia.

¿Quién es, pues, Jesús de Nazaret para ti?

Para mí «Cristo» revela el diseño original de la Humanidad, tal y como fue pensado y querido por Dios en la noche de los tiempos; una realidad óntica totalmente diferente a la ontológica que después representamos todos los hijos de Adán en la Creación. Según esto, «Cristo» es, y será siempre, el argumento supremo que orienta cualquier conducta humana desde un punto de vista deontológico, axiológico y teleológico. «Jesús-Cristo» es la auténtica ilustración de lo que Dios quiere y espera del hombre; el restaurador de la semejanza divina que el pecado original había deformado. En esta idea mía está muy presente el pensamiento tradicional de la redención como una vuelta de la humanidad a lo que era antes de la caída tal y como recoge la encíclica Gaudium et spes en su apartado 22: «Jesús de Nazaret es el nuevo Adán (el único hombre de nuestra raza) que ha sido capaz de encarnar a Cristo en plenitud. Él es la gran revelación del hombre y para el hombre».

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