Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, noviembre 12, 2019
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Entrevista a Mons. Juan Antonio Martínez Camino 

«Amar a Dios es lo más razonable del mundo» 

Nacido en Asturias en 1953 es uno de los rostros más conocidos del  episcopado español por ser portavoz y secretario general de la Conferencia Episcopal desde el 2003 y, desde el 2008, uno de los tres obispos auxiliares de la Archidiócesis de Madrid. Con el Evangelio en las manos y en los labios, afronta con “ánimo y regocijo” la labor encomendada de defender —con absoluta claridad y contundencia—  la postura de la Iglesia, depositaria y custodia de la Verdad; lo que en estos tiempos de tibieza y acomodamiento le ha ocasionado repetidas críticas. Pero su amor a Cristo y al prójimo no le permite dejarse doblegar por polémicas injustas. El cristiano no camina hacia el vacío y la nada, como pretende hacer creer la deriva social y política, sino hacia la esperanza  y la alegría de la salvación. Anunciarlo con fuerza y celo apostólico es su particular ofrenda en el servicio a Dios.

¿Cómo conoció el amor de Dios en su vida?

Toda mi vida ha sido y es una continua caricia de Dios. No puedo excluir de su cuidado conmigo y de su infinita paciencia ni las situaciones más complicadas ni siquiera los momentos de más dominio del pecado en mi existencia. He tenido buenos maestros que me han ayudado a leer todo lo que me acontece como lenguaje del amor de Dios para mí. Se lo debo muy especialmente al discernimiento de espíritus que nos enseña San Ignacio en los Ejercicios Espirituales.

En el año 1974 (con tan solo 21 años) ingresa en la Compañía de Jesús. ¿Cómo recibe la llamada a consagrarse al Señor?

La llamada a la Compañía fue una de esas «casualidades» que, en realidad, son cariñosas providencias de Dios. Desde la más tierna infancia, a la que mi memoria alcanza, yo siempre he querido ser cura. Creo que influyó en mí la figura del joven cura de mi pueblo que todos los domingos desayunaba en la cocina de nuestra casa, al volver a pie al otro pueblo, donde vivía, celebrada ya la misa y liberado del prolongado ayuno eucarístico de toda la noche. Influyó sin duda también la viva memoria que se guardaba en nuestra familia de un primo de mi bisabuelo materno, Don Lázaro, sacerdote mártir en 1936, cuya biografía he escrito ahora, al cumplirse los 75 años de su muerte. El caso es que cuando pedí ir al seminario menor, allá por el año 1964, cuando tenía once años, un maestro les dijo a mis padres que me llevaran al Seminario Menor Pontificio de Comillas, en Santander. Allí conocí a los jesuitas, que regían aquel estupendo seminario interdiocesano. Y, andando el tiempo, movido por el ejemplo de los jesuitas que allí conocí —pobres, sabios, obedientes, entusiasmados con la misión de la Iglesia y entregados a ella en cuerpo y alma—me decidí a pedir ser admitido en el noviciado.

En 1980 se ordena sacerdote. ¿Qué recuerdos guarda de los primeros pasos en el ministerio?

La ordenación sacerdotal creo que supuso en verdadero momento de inflexión en mi vida. Es verdad que para entonces ya hacía seis años que había decidido definitivamente consagrar mi vida a Dios por medio de los votos religiosos. Pero al verme sacerdote, reclamado por los fieles en la predicación y los sacramentos —especialmente la misa y la confesión—caí mejor en la cuenta de que la entrega de la vida al Señor es para gastarla en su misión, en la de Él, para su Pueblo.

En noviembre de 2006  fue designado Obispo Auxiliar de Madrid. Desde la experiencia de ser un “trabajador de la viña del Señor”, ¿cómo siente que Dios le anima, acompaña y sostiene en esta labor? 

La experiencia que acabo de contar de la ordenación sacerdotal se ha visto multiplicada e intensificada en estos cuatro años largos que llevo de obispo. Cada vez tengo más claro que el inmenso don del sacerdocio ministerial, que se me ha dado ahora en su plenitud, no tiene sentido más que como participación en el sacerdocio de Cristo y que este no puede vivirse más que en su Iglesia. El ministerio del sacerdote y del obispo es de la Iglesia y para la Iglesia. El Señor le anima a uno todos los días a entregarse completamente a este servicio mostrándonos algo de la inmensa obra que Él hace por nuestras frágiles manos: transmitir el sacerdocio a otros hermanos (ya he podido ordenar doce nuevos sacerdotes); confirmar en la fe y en la misión a los presbíteros y a las comunidades a las que sirven (he hecho la visita pastoral a más de cien parroquias); experimentar la alegría de los fieles que reciben los sacramentos y la palabra del obispo con fe y con esperanza. En todo eso, y mucho más, el Espíritu del Señor sostiene y anima el trabajo de sus ministros.

Es usted también el secretario de la Conferencia Episcopal. ¿Cómo afronta este servicio?

Desde que fui elegido secretario de la Conferencia Episcopal en 2003 no he dejado de asombrarme de la confianza que me otorgaron y me renovaron los obispos para este servicio temporal que la Conferencia necesita para su funcionamiento interno, y también para comunicar sus trabajos a la Iglesia y a la sociedad. Pero es, ciertamente, una tarea delicada que exige mucha atención y dedicación. La afronto, repito, con el asombro constante al que me acabo de referir y con agradecimiento a los hermanos y a Dios nuestro Señor que me da fuerzas y humor para trabajar con mucho ánimo y hasta con mucho regocijo.

ved que se nos envía un Cordero

Se pretende reducir la fe a una mera expresión cultural de costumbres y tradiciones, o a una  simple ética o sentimiento. Pero el cristianismo es algo más hondo…

Efectivamente, la fe cristiana es más que una cultura o una ética; y mucho más que unas costumbres o tradiciones. El centro del cristianismo se halla en la entrega que Dios hace de sí mismo a la humanidad entrando en la historia humana como un miembro de ella: es la historia de la com-pasión de Dios con cada ser humano. El cristianismo es, por eso, Jesucristo. Los hombres buscamos a Dios cuando deseamos el amor incondicional y el perdón gratuito y reparador. Pero nunca lo encontraríamos si Él mismo no se nos hubiera dado. La fe cristiana acoge en Jesucristo al Dios que es omnipotente, porque es capaz de padecer nuestro sufrimiento y nuestra muerte para librarnos de su poder. Eso es mucho más que cultura humana o que ley moral. Es la verdad misma del ser y de la existencia.

El Evangelio es un acontecimiento, que Dios hecho hombre sale a nuestro encuentro y nos trae la salvación.  ¿Cómo hacer que el hombre del siglo XXI conozca y responda a esta buena noticia?

A comienzos del siglo XXI hay muchos tipos de hombre. No son pocos quienes acogen en la fe la verdad liberadora del Evangelio. No son pocos quienes, sin conocer a Jesucristo, se esfuerzan por vivir la ley del amor, inscrita en el corazón de todo hombre, como creatura de Dios que es. Pero tampoco son pocos quienes, más o menos conscientemente, participan de una cierta cultura dominante basada en la autoafirmación orgullosa e insensata del poder humano, como realidad última. Tal endiosamiento suele acabar tanto en lo que toca a la vida de los individuos como de los pueblos en la autodestrucción o al menos en la mutilación de la humanidad. Por eso es urgente la nueva evangelización: una comunidad que vive la vida divina donada en la cruz y la resurrección del Señor y da testimonio de ella con obras y palabras.

El hombre tiene necesidad de Dios, aunque no sepa descifrarla con exactitud. ¿Qué aporta para la vida amar a Jesucristo? 

Quien se aleja de Dios se aleja también de sí mismo, pues Él se halla más en el fondo de nuestro ser que nosotros mismos. En la medida en que nos alejamos de Dios vamos perdiendo sustancia humana, vamos vaciándonos del bien. Al final del alejamiento de Dios se encuentra el vacío casi absoluto del infierno. En cambio, el amor a Jesucristo es la fe. La fe nos libera del poder del pecado y libera nuestra inteligencia y nuestro corazón para el bien, es decir, para conocer verdaderamente quién es Dios, quiénes somos nosotros y para vivir de acuerdo con la verdad conocida. La fe actúa por la caridad. Quien cree está capacitado para el amor y, por tanto, también para la justicia.

cantaré al que es mi redentor 

Proclamas como el derecho al aborto, a la eugenesia, a la eutanasia, el matrimonio homosexual, ideología de género van en contra del derecho natural. Sin embargo, ¿por qué no es fácil detectar que destruyen al ser humano? Cui prodest? 

¿A quien benefician eso crímenes o esas inmoralidades encubiertas falsamente bajo el nombre de derechos? Naturalmente solo a los poderes del mal, al enemigo de la naturaleza humana, mentiroso desde el principio, como dice la Escritura. El ser humano desea el bien en lo más profundo de él mismo, como creatura de Dios que es. Desea vivir según su propia naturaleza racional y personal. Pero se halla debilitado por el pecado y sucumbe al engaño del mal, que se le presenta siempre bajo apariencia de bien.

Benedicto XVI ha convocado el Año de la Fe, para redescubrir la naturaleza del cristianismo y hacer frente a los retos de la modernidad. ¿Cuál es el mensaje de la Iglesia para los momentos actuales?

«¡Atrevéos a creer de verdad!». Este podría ser el resumen del mensaje de la Iglesia en nuestra  época. También los creyentes tenemos que escucharlo. A veces reducimos la fe a la rutina de unas prácticas buenas. Pero creer es amar a Dios por encima de todas las cosas, incluso de nuestra salud, de nuestra fama, de nuestros bienes, de nuestra propia vida. Es más: creer es amar al Dios crucificado y estar dispuestos a compartir su cruz y su gloria. Pero la fe solo se origina y se fortalece creyendo. Es necesario atreverse. Sin embargo, no se trata de un atrevimiento o de un  impulso irracional. Amar así a Dios, que es el amor y la vida eterna, es lo más razonable del mundo. Lo que no es, en cambio, nada razonable es ligar el propio destino a lo caduco y vano. Las crisis implican rupturas y, por tanto, ocasiones para hacer saltar ciertas cadenas y revisar errores. Es necesario girar del hombre a Dios. Solo con ese giro se acaba encontrando realmente al hombre.

¿Qué le aportó personalmente participar en la JMJ Madrid 2011? ¿Ha podido percibir sus frutos?

La JMJ del verano pasado me llenó de nuevo de la alegría de ser Iglesia. Los que estuvimos de algún modo en los preparativos o en los engranajes de ese gran acontecimiento sabemos mejor que nadie que algo así de hermoso no fue obra más que del Espíritu Santo. Sí, los frutos están ahí, a veces poco visibles, pero llenos de vigor, porque son frutos del Espíritu. El Pueblo de Dios se presenta ante la  sociedad como eso: «de Dios» y siempre joven, portador de esperanza y de verdadero futuro. Como las anteriores, la JMJ de Madrid es nueva evangelización en acción.

Después de tantos años dedicado al Señor de las cosas y a las cosas del Señor. ¿Cree que Dios ha sido bueno con usted?

¡Por supuesto! Puedo decir, con el salmista, de todo corazón que «es hermosa mi heredad». Por eso, según el lema que he escogido al ser consagrado obispo, solo le pido al Señor que me permita hacer cada vez más verdad, hasta el final de mis días en este mundo. Que toda mi vida esté consagrada a su nombre: Nomini tuo (Sal 113).

 
Maria Victoria Serrano

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