Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, octubre 18, 2019
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Entrevista a Mons. Juan José Aguirre, obispo de Bangassou (Centroáfrica) 

“La contraseña para entender la vida es la Pasión de Cristo”

 

El amor es como la gelatina en un molde: se expande, aumenta de volumen y, por mucho que se agite, vuelve al sitio sin fragmentarse. Vence al odio, ahoga el mal en el bien. Todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera. Es fuerza poderosa y libre que no busca lo suyo. Por eso, aunque el saqueo y el pillaje hayan sacudido la diócesis de Bangassou en Centroáfrica, sembrando de terror sus aldeas, el amor sigue entero, sin fisuras. Ni el sonido de las balas, el hambre o el expolio pueden hacer desaparecer la presencia de Dios como estrella matutina en medio de la niebla. Juan José Aguirre (Córdoba, 1957) es misionero comboniano y, desde hace más de una década, su obispo. Son más de treinta años arraigados en África, renovando cada día su opción por Cristo a través de la pobreza, la comunión y la entrega. Y es que el amor nunca deja de ser… porque el amor es Dios.


¿Cómo conoció el amor de Dios en su vida?
A los diecisiete años conocí a un padre comboniano de Sudán que recorría conventos de clausura para pedir oraciones, y quedé enganchado. Un día que volvía de la parroquia, leí un evangelio según San Marcos: “Y todo el que deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos, o campos por mí y por el Evangelio, recibirá el ciento por uno”. Fue una reacción muy egoísta, porque pensé: “Eso me interesa mucho”, y decidí ir al seminario en Córdoba. Más tarde descubrí que parte de ese ciento por uno también son persecuciones…

Lleva treinta y cuatro años en Centróafrica como misionero, siendo desde hace trece obispo de Bangassou. ¿Cómo es el país y su diócesis en particular?
Es el segundo país más pobre de África, con una extensión similar a la de España y Portugal, pero con una población de tan solo cuatro millones y medio de personas. La diócesis de Bangassou es muy grande, como la mitad de Andalucía, pero también poco poblada. La gente es muy religiosa y hay abundancia de vocaciones: tenemos 28 sacerdotes y cuatro diáconos. África sería mucho más conflictiva si no estuviera el Evangelio.

¿Con qué actividad pastoral cuenta?
Es una diócesis muy cercana con los más pobres. Acogemos a niños cuyos padres han muerto de SIDA o padecen situaciones muy precarias. Tenemos el caso de dos hermanos que nacieron sin tibia ni peroné, directamente de la rodilla al pie. A través de la Fundación Bangassou, la cual coordina desde Córdoba muchos de nuestros proyectos, les pudimos regalar dos sillas de ruedas y les cambió la vida. Los que se arrastraban por el suelo como animales empezaron a ir a la escuela, y uno de ellos es el primero de la clase. Disponemos también de un centro de acogida para más de mil enfermos terminales de SIDA, y un centro hospitalario al que vienen desde España y Francia voluntarios cirujanos, traumatólogos, ginecólogos, oftalmólogos; contamos con otro centro donde las Hermanas acogen a ancianos abandonados y acusados de brujería, otro donde se imparten talleres de costura, albañilería, carpintería, criadero de gallinas y cerdos, para que los niños de la calle pueda tener una profesión y encontrar un futuro…

eres mi esperanza en tiempo de angustia

 

¿Qué ha ocurrido en los últimos meses en Centroáfrica?
Se ha convertido en un país ingobernable. ¡Es el caos más absoluto! Estamos en una diócesis muy sacudida por el Seleka del Chad y Sudán, una coalición de cinco grupos islámicos radicales que asaltaron el poder en marzo de este año. Han saqueado alcaldías, hogares, centros escolares, misiones cristianas… La sed de venganza, de pillaje y de saqueo de los mercenarios ha sido un auts. Nosotros odo el paos sido expoliados sin piedad, como ha sido expoliado sistemde en su lengua nativa para que puedan escucharéntico huracán: en cinco meses hemos sido expoliados sin piedad. Nos han robado, quemado barrios enteros, empresas, centros de ONG, violado a mujeres… El 21 y 22 de abril de este año sembraron la muerte y la desolación por toda la diócesis. Mataron a muchas personas, algunas a golpes de machetazos en la cabeza, a otras les saquearon e incendiaron sus casas. Han saqueado el hospital, la misión católica, la casa de las monjas, la de los curas, la iglesia parroquial, la sacristía, han profanado el Sagrario. Cargaban el material robado en nuestros coches y se lo llevaban al Chad para venderlo. No podíamos hacer nada, ya que nos arriesgábamos a que nos dieran un tiro por defender un coche o un ordenador.

Además del Seleka también sufren las atrocidades de Joseph Koni.
Sí, al este de mi diócesis se encuentra la LRA, que es otro ejército formado por congoleños y ugandeses, y liderado por Joseph Koni, el asesino buscado por el Tribunal Penal Internacional acusado de crímenes contra la humanidad. Mediante este ejército, que se comporta como una secta, ha ido secuestrando a niños y jóvenes de Uganda, Congo y Centroáfrica —más de cincuenta mil durante veinte años, según UNICEF— y los utiliza como soldados o esclavas sexuales.

Al ser grupos radicales islámicos, ¿había alguna intención anticristiana en el saqueo?
Los rebeldes son jóvenes que han crecido en la zona de Darfur, al oeste de Sudán, en los campos de refugiados. Muchos han sido secuestrados y solo han visto y comido violencia, y ahora cuando llegan a Centroáfrica, reciclan violencia. Yo había hablado días antes en la radio en contra del Seleka y sus saqueos. Ellos me oyeron y dijeron: “El obispo de Bangassou está hablando mal de nosotros; vamos a por él”. Como no me encontraron, se ensañaron con mi coche, lo destrozaron y lo llevaron al comandante como un trofeo, para mostrarle a todos que a partir de ese momento quien mandaba era el comandante, no el monseñor. 

¿Cuál fue la reacción de la gente?
Todo lo que habíamos levantado durante años con mucho esfuerzo se nos rompió en pedazos cuando llegaron estos grupos armados hasta los dientes, posiblemente con las armas que vendió Francia, España, Alemania, Italia a Libia, y que, al quedar libres tras la caída de Gadafi, estos grupos islámicos radicales se hicieron con ellas. La población tenía mucho miedo; ha sido robada, agredida, violentada… La primera reacción fue gritar y patalear. Nos han saqueado y dejado en bancarrota. Las ONG se han ido yendo y solo quedamos los sacerdotes y las monjas. Pero esta tempestad terminará algún día, por eso desde nuestra diócesis les hemos escrito a todos los obispos del país y a los católicos animándoles a que no perdieran la esperanza. Cuando se produjo el golpe de Estado, yo estaba en la capital, y tardé diez días en regresar a casa. Al volver y verlo todo destrozado me quedé perplejo, pero les decía: “No os preocupéis, tenemos lo más importante, la fe. Eso no nos lo han podido quitar”. 

¡vence el mal con el bien! 

 

¿Es posible perdonar?
Sí, con la ayuda de Dios. He visto cómo mataban a amigos muy queridos; a uno le colocaron en el suelo de rodillas y le pidieron el arma. Él se metió la mano en el bolsillo, sacó el rosario y les dijo: “Esta es mi arma”. El que estaba detrás le disparó. Cuando llegué en su ayuda, yacía muerto, con la masa cerebral desparramada. Lo limpié y lo llevé a la morgue. No sentí deseos de venganza, sino de ayudar. A los pocos días de los saqueos, nos juntamos todos los curas, religiosos y religiosas de la diócesis y nos planteamos: ¿Qué tengo en mi corazón hoy y ahora? Cada uno fue expresando lo que sentía; una hermana confesó su vergüenza por haber huido, aunque a los dos días volvió y dijo: “Quiero estar aquí para compartir la misma situación y vida de la gente”; un sacerdote, recién ordenado, decía: “Quisiera ser zelote para responder al ojo por ojo y diente por diente. Pero sé que no es lo mejor”. Otro comentó: “Yo me siento humillado al haberme tenido que poner de rodillas delante de un pobre ignorante y suplicarle que no se llevara esto o lo otro”. Pero al final, después de sacar nuestros sentimientos apareció la palabra perdón. “Perdonamos. Nos han quitado cosas de la tierra. Dios nos la volverá a dar, no nos angustiemos por eso”.

¿La gente no está resentida con Dios?
Para nada. El africano tiene una religiosidad innata que es muy difícil de quitar. Tenemos una Iglesia que reza y donde el Evangelio prende mucho. ¡Cómo se agarran al rosario! Cuánta gente ha venido a mí para darme ánimo: “¡Monseñor, no te inquietes! ¡Vamos a rezar juntos, saldremos de esta!”. Los misioneros vamos a África con dos mochilas en la espalda: una está llena para dar y la otra está vacía para recibir; se llena antes la vacía que se vacía la llena. ¡Qué ejemplos nos dan nuestros hermanos! Entre tanta miseria, siempre dan gracias a Dios y lo bendicen.

¿Cómo se puede vivir esta experiencia de dolor sin perder la paz?
Solo a la luz de la pasión de Jesucristo. Ella es la clave de interpretación para comprender la vida, que a veces es muy dura, sí; pero que a través del Evangelio todo se entiende; nos da la capacidad de rezar, perdonar y ponernos en manos de la Providencia. Esa es la contraseña, si no lo ves así, te quedas “cortocircuitado” y lleno de rabia. Yo sé de ruandeses que han llegado a tener enfrente a aquel que ha matado a su padre y le han dicho: “Te perdono”. Como no perdones, lo tendrás como una cicatriz en tu corazón todo el tiempo. 

de tu mano me fío y a tu mano me entrego 

 

¿Ha pensado en volver a España y dejar África?
No, nunca. Quiero recomenzar sin miedo por amor a los pobres, a los más pequeños, aquellos que en este continente no dicen nada, no tienen nada, no firman nada, no tienen sello ni papel con membrete. Son los “anawin” de esta tierra… Pienso en la canción del Dúo Dinámico: “Resistiré para seguir viviendo” y también me vienen a la mente los versos de Goytisolo que dicen: “Nunca te entregues ni te apartes junto al camino, nunca digas no puedo más y aquí me quedo”. Es cierto que, cuando nos agreden, sufrimos; pero nuestro lugar es estar con la gente de Centroáfrica. El año pasado tuve un infarto y una hepatitis, problemas de próstata y riñón; pero ¿voy a tener yo más ayuda que ellos? Mi vida es estar a su lado.

¿Es posible recuperar la normalidad después de estos ultrajes?
Por un momento perdimos el buen humor y la fortaleza que los africanos tienen. Los primeros días fueron de perplejidad porque nos estaban pisoteando impunemente, pero decidimos reaccionar. Hicimos una ordenación diaconal e invitamos a todos a rezar con nosotros, para decirles a los violentos que basta ya de metralletas, que sus saqueos nos afectan, pero lo más importante es la fe. Este era el mensaje: “Nos han robado todo pero no nos han quitado la fe. Con la fe y un poquito de paciencia podemos mover montañas, si Dios lo quiere”.

¿Cuál es la situación actual? ¿Siguen los rebeldes instalados en la diócesis?
Sí. La estrategia conjunta que adoptamos los católicos, los protestantes y los imanes de las mezquitas fue ir al comandante de Seleka a pedirle que nos ayudara a abrir la pediatría, la enfermería, la maternidad. ¡Queremos parar las balas con la normalidad de la vida! El comandante estuvo de acuerdo y se comprometió a no tirar ráfagas de metralleta para que los niños pudieran volver a la escuela. Hemos aprendido a convivir juntos, y de alguna manera, ellos nos respetan. Es curioso que el primer paciente que llegó a las consultas fue justamente aquel que nos había robado el garaje. Es un hombre que tiene diabetes y, cuando reabrimos la enfermería, llegó, muerto de vergüenza, para pedirnos medicinas. Se las dimos y le tratamos como un paciente más.

¿Se están dando pasos para la reconstrucción del país?
Desde la diócesis escribimos al Presidente de Centroáfrica para decir basta ya, porque el pueblo no puede aguantar más. El Gobierno reaccionó, pero fue imposible detener a los miles de mercenarios que habían entrado en el país. Estos señores de la guerra pretenden que sea una república islámica conducida por una ley islámica, la “sharia”, y el otro día impusieron el nacimiento de Mahoma como fecha oficial. Pero la presencia de Seleka es vivida por la gente como detestable. ¿Quién va a reconstruir el país? Lo reconstruiremos todos juntos, y, si para eso hay que pasar página, pedir perdón y perdonar, lo haremos. Lo más importante es que el pueblo pueda seguir adelante y vivir la gloria de Dios, ya que, como decía San Agustín, “la gloria de Dios es el hombre, pero el hombre de pie, no el que vive arrastrado”.

mejor es tu misericordia que la vida

 

¿No hay quién pueda frenar a esos rebeldes?

Centroáfrica ha sido colonia francesa, pero Francia mira para otro lado. Vienen los organismos internacionales, redactan grandes informes y se marchan sin hacer nada porque no tenemos brillantes, aunque sí petróleo, que también es fuente de conflictos. En el norte del país se descubrieron yacimientos de petróleo y el Gobierno concedió la explotación a los americanos. Pasados unos años, les quitaron la concesión y se la dieron a la misma compañía china que opera en los 53 países de África. Los americanos no se han conformado y han buscado mercenarios que les ayudaran a llevar a cabo un golpe de Estado para derrocar al Gobierno. Como no hay ejército nacional, ha sido relativamente fácil. El 24 de marzo triunfó el golpe de Estado y ahora el presidente actual es de Seleka, un centroafricano que lleva mucho tiempo en Sudán y nos está imponiendo la ley islámica. Creemos que este Gobierno se ha impuesto ayudado por los países de la zona de los petrodólares, pero como el Tribunal Penal Internacional (TPI) está mirando con lupa los muchísimos descabellos producidos, no se atreven a ayudar más para que no los juzguen de cómplices. 

¿Podrían desaparecer las comunidades cristianas si se consigue implantar una república islámica?
¡Dios lo sabe! No nos vamos a amargar por eso. Dios es el dueño de la historia, confiemos en Él. Los misioneros recibimos la vocación de Dios pero Él es quien lo hace. En treinta y cuatro años de misionero tengo todo tipo de barbaridades grabadas en mis pupilas: amotinamientos, golpes de Estado…

A pesar de tanto sufrimiento, ¿Cristo está vivo y resucitado?
Sí, aunque la sociedad se empeña en hacer ver que Dios no existe. A veces misteriosa, a veces caprichosa, pero es una presencia continua entre nosotros. La experiencia de su presencia llena a la persona y es tremendamente necesaria en la vida. Si no hacemos experiencia de Cristo, primero muerto y pasado por la Pasión, pero luego resucitado, nos convertimos en una ONG. Es necesario que todo el kerigma esté presente en nuestra vida. Yo vivo con pobres de solemnidad que tienen una existencia tremendamente difícil. Decirles que Dios los ama ya lo saben, porque tienen una religiosidad innata; pero cuando constatan que “tú también me amas, que el amor de Dios se funde en ti, y que yo para ti soy alguien importante”, eso los transforma totalmente. El amor de Dios coge forma y se transmite a través de nuestro amor: “Dios me ama a través de ti, Dios me mira a través de tus ojos, Dios me toca a través de tus manos… Esa es la experiencia que les marca, sobre todo a los más pobres de esta tierra, a los “anawin”.

¿Cree que Dios ha sido bueno con usted?
Dios ha sido magnífico conmigo. Caprichosito a veces, pero si volviera a nacer, volvería a hacer lo mismo. Miro el cuadro de “El expolio” del Greco: Cristo zarandeado, despojado de sus vestiduras, clavado en la cruz… Contemplo su mirada, tal y como la pintó el Greco, y esa es la clave. ¡Lo que tú quieras, Señor!

Victoria Serrano Blanes
Periodista

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