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Entrevista al P. Damián, amigo personal de San Rafael Arnaiz 

El tesoro de un frailecillo trapense

P. Juan Javier Martín
Abad de San Isidro de Dueñas (Palencia)
 

Amigos lectores de la revista Buenanueva, me encuentro frente al Padre Damián Yáñez Neira, un monje cisterciense de nada más y nada menos que 95 años. Nació  en Morales del Rey (Zamora) en 1916, en un hogar humilde pero muy cristiano. A los 13 años ingresó en la Escuela Apostólica de la Trapa de San Isidro de Dueñas, donde se formaban los candidatos para futuros monjes. En 1932 inició el noviciado, efectuando la profesión temporal en 1935, y poco después se ordenó sacerdote.

Siendo él muy jovencito conoció el ingreso y posterior desarrollo vocacional del Hermano Rafael. Allí se hicieron amigos para siempre.  Durante la guerra civil española, el P. Damián tuvo que salir del monasterio e incorporarse a filas, mientras tanto, el Hermano Rafael moría víctima de una severa diabetes. Acabada la contienda, el P. Damián ha procurado mantener viva su amistad y propagar el legado espiritual y monástico del que fuera co-patrono de la JMJ Madrid 2011: San Rafael Arnaiz Barón.

¿Cuándo conoció a San Rafael?

Lo conocí el día de su ingreso en la Trapa, el 15 de enero de 1934, aunque ya le había visto varias veces en los dos años que llevaba él frecuentándola. Pero desde el día de su llegada, hasta el 25 de mayo de ese mismo año, que tuvo que ausentarse a casa de sus padres en Oviedo para reponerse de su enfermedad, le tuve a mi lado de continuo. Éramos tres novicios: un madrileño, Isidro David Ortega, un palentino, Bernardo Michelena Castañeda y yo, un zamorano; pero quiso Dios que de los tres, fuera un servidor quien tuviera mayor contacto con él.

¿Cómo comenzó la amistad?

A los quince días de su ingreso coincidimos los dos en la enfermería por una gripe bastante molesta. Yo me encontraba desanimado, entristecido por la enfermedad, el silencio estricto y la penuria de vida de aquella época, pero recibí la grata visita de un enfermo excepcional: un jovencito llamado Rafael Arnaiz, y allí lo pasamos en grande, ya que no teníamos dolores y nos daban buena pitanza. Por otra parte, él, que tenía un pico de oro, me contaba cantidad de cosas de su vida e iniciamos una bonita amistad que continuó después. Tal fue así que un novicio llegó a acusarme en capítulo de culpas de que yo me disipaba y jugaba con Rafael. Por supuesto me gané una buena reprimenda por parte del abad, Félix Alonso.

Normalmente, cuando uno piensa en un santo, puede llegar a sublimar tanto sus virtudes que fácilmente lo convierta en un extraterrestre, y no en un ser humano normal. ¿Cómo era el Hermano Rafael?

Es difícil definirlo. Diré que era un joven simpático, alegre, bromista, siempre en fiesta… Bien pudiera reproducir muchas peripecias que nos pasaron a ambos, ¡recuerdo tantas anécdotas curiosas! Aquí va una de las más sabrosas: Sucedió en el refectorio de la comunidad, en el mes de marzo, poco después de recibir el hábito. Rafael se fijaba en que todos los días —tanto monjes como novicios— hacíamos penitencias en el comedor, pero a él no se le presentaba ocasión. Un día que estaba más fervoroso, acudió a la Virgen a quien tanto amaba, pidiéndole un motivo para postrarse ante la comunidad. Llegamos al comedor y nos sentamos todos, después de los rezos, en nuestros bancos alargados. Rafael se sentó a mi derecha. Al poco rato, se le volcó el vaso de agua en la mesa, y casi me chapuza. Se puso todo colorado y me preguntó por señas qué tenía que hacer. En silencio también, con la cabeza le señalé que se fuera a postrar ante la concurrencia delante de los superiores. Se levantó del sitio, sin darse cuenta de que la servilleta que tenía debajo de los platos, cubiertos y taza de cristal, estaba sujeta en el cuello. Como era alto, volcó todo lo que tenía sobre ella a la otra parte de la mesa, sobre la baldosa. ¡Menudo alboroto que armó! Acudió al montón de cacharros en el suelo, a recoger un asa de la taza, y marchó con ella a postrarse ante los superiores para pedir perdón. Se postró primero y luego enseño el asa de la escudilla.

Estas son las palabras con las que él lo contaría después: “¿No querías salir a postrarte?…Pues anda, ahora que no lo esperabas, a ver qué haces…Yo quería que me hubiera tragado la tierra, me bailó la vista, me puse colorado; hice lo que debía…, lo hice mal y atropelladamente”. Sigue la reacción y el propósito firme que sacó, el mismo que se nos hubiera ocurrido a cualquiera de nosotros que no somos santos: “Desde aquel día, pongo exquisito cuidado en la mesa; cuando estoy comiendo me recojo con mucho cuidado la capa y no he vuelto a pedir más mortificaciones a la Virgen… Eso no esta bien…, no pidas nada que, sin pedirlo y cuando menos lo esperes, te mandan un plato fuerte que te atontas para una temporada. En eso estoy experimentado y a la vista está”.

Incluso usted llegó a servirle de “conejito de indias”…

Efectivamente. Esto sucedió en 1935, durante una temporada que pasó en el monasterio. Acababa yo de pasar por una pleuresía grave que me obligó a guardar cama una temporada. Al iniciar la recuperación, me prescribió el médico una caja de inyecciones intramusculares, las primeras que me ponían. Teníamos un enfermero muy diligente que había estudiado la carrera de medicina, pero tenía  que marcharse al frente. Ante esa falta, necesitaba dejar un sustituto que las pusiera, en unos tiempos en que todavía eran muy raras las inyecciones. Como Rafael se hallaba en la enfermería y era tan dispuesto, se empeñó el enfermero en que fuera él quien pusiera las banderillas. Soy testigo que rehusó varias veces el hacerlo, pero al fin aceptó y se dispuso a poner por obra las enseñanzas que le fueron explicadas. Andaba yo paseando una tarde por la galería de la enfermería, cuando me llamó el enfermero y me dijo que me preparara, porque la inyección me la iba a poner Rafael. Como manso cordero, comencé a desnudarme de la cintura para arriba y me senté en un banco que carecía de respaldo. Detrás estaba Rafael preparando el instrumental. Se acercó a mí con la jeringuilla entre los dedos de la mano derecha y, en vez de clavarla en seco, la fue introduciendo con toda la suavidad del mundo en la nalga, para que la saboreara bien. ¡Santo Dios, qué daño me hizo! No quise que me pusiera más, porque una y no más, Santo Tomás. Hoy me alegro de ello, pero entonces quedé hartito.

Con el paso de los años la figura de San Rafael se ha ido agrandando, máxime cuando fue canonizado por Benedicto XVI en Roma en 2009. ¿Por qué es tan actual?

Rafael puede ser considerado hoy, sin ninguna duda, el gran líder que arrastra a jóvenes y gentes de más edad, porque es un modelo de joven que pasó por la tierra sin mancharse en el polvo de los caminos. En mi opinión, quizá nunca haya estado la juventud tan necesitada de estos modelos que les hagan suspirar por algo mucho más ennoblecedor y trascendente de lo que se les ha venido proponiendo por leyes inicuas y medios inmorales de comunicación. El mensaje de Rafael está hecho a propósito para arrastrar a nuestra juventud por caminos de felicidad auténtica, aún en el mundo.

¿Qué destacaría de su espiritualidad que lo hace único?

Doy gracias a Dios por conocer los pasos que dio Rafael para llegar a ese grado místico. En la Trapa no recibió formación espiritual superior, fuera de la que le impartió en los cuatro primeros meses su confesor, el Padre Teófilo Sandoval Fernández. El resto es obra del Espíritu Santo que se volcó en él con sus Dones, al ver su generosa entrega a vivir la austeridad de la Trapa y a abrazarse con las cruces del sufrimiento que descargó sobre él.

¿Su mensaje vale para todos?

Así es. No solo para consagrarse a Dios en el sacerdocio o la vida monástica, sino también para vivir santamente en el mundo, sin ser del mundo. Y además está considerado uno de los místicos más notables del siglo XX.

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