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LLAMADOS A VIVIR EN LA VERDAD 
05 de Febrero
Por Ángel Pérez Martín

En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
Otros decían: «Es Elías».
Otros: «Es un profeta como los antiguos».
Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?».
La madre le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro (San Marcos 6, 14-29).

COMENTARIO

Quizá sea esta otra de esas lecturas que nos descolocan y que no sabemos cómo encajar en nuestra vida. Marcos —en principio, sin venir a cuento— introduce aquí esta narración sobre la muerte de Juan el Bautista, mientras que Lucas —de forma coherente— cuenta toda la historia del Bautista de un tirón. Veamos en qué contexto escribe Marcos: según este evangelista Jesús ya ha enviado a sus discípulos a predicar. La fama de Jesús, por tanto, llega a oídos de mucha gente y es aquí donde Marcos introduce este episodio ¿Qué nos querrá decir?: es un aviso contra el triunfalismo, el conformismo y todo lo que representa —como dice tantas veces el papa Francisco— cualquier tipo de ideología. Jesucristo —como anteriormente Juan— tiene la misión de llamar a la verdad, porque esta nos hace libres. Llamar a la verdad es lo que ha costado la vida siempre a los profetas. Ser coherentes con nuestra fe implica la «muerte» en muchos aspectos: desacuerdos en la familia, menos amigos, miradas en el trabajo, comentarios por lo «bajini», pérdida de prestigio, calificativos desagradables… ¿Por qué el cristianismo acaba en muerte? «Porque si el grano de trigo no cae en tierra y muere no da fruto». Este «morir de Jesús» del que habla san Pablo no proviene del fanatismo, ni del moralismo, ni de una forma heredada de vivir que defiende una tradición. El hombre de hoy también muere cada día: muere por conseguir ser alguien visible, pagando cualquier precio; muere por un minuto de fama, de placer, de sentirse vivo. Al que Dios llama y toca con el Espíritu Santo muere por amor. Hoy celebramos la fiesta de santa Águeda, mujer torturada cruelmente, como Juan el Bautista, por amor a Cristo. A esto nos invita hoy el evangelista Marcos a que seamos conscientes de la gran responsabilidad que tenemos hoy: no podemos caer en las formas de vida de aquellos que no se han encontrado con el resucitado; estamos llamados a la Verdad y a defender esta con nuestra vida porque esta Verdad es la llave del cielo, de la felicidad que este mundo desconoce. Por tanto, esta palabra también nos invita a estar preparados, a fortalecer nuestro espíritu para que cuando llegue la prueba podamos pasarla con «facilidad». Juan el Bautista y Águeda murieron removiendo las conciencias de sus contemporáneos; nosotros estamos llamados a ser «sacramento de salvación» no consumidores de sacramentos. Participemos con Juan, con Águeda y con tantos otros a los que debemos nuestra fe, que han encarnado a Cristo en este misterio de salvación de los hombres al que el Señor nos llama.

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