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Esperanza de la parusía 

«No os aflijáis como los hombres sin esperanza», nos dice San Pablo (1Ts 4,13). Benedicto XVI invoca en su Carta Encíclica “Spe Salvi” esta cita para recordarnos que es «elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro». Sabemos, en efecto, que nuestra vida «no acaba en el vacío»; y éste es el mensaje que los cristianos debemos proclamar al mundo sin descanso, frente a la propaganda de la desesperación que parece haberse convertido en estandarte de nuestra época. Una desesperación que, a la postre, nace del sentimiento de que la vida no vale nada, más allá de ciertas ventajas materiales y del disfrute de unos placeres perecederos; y este sentimiento es fatalmente consecuente a la creencia de que no existe otra vida. Deberíamos preguntarnos si los cristianos no estaremos dejándonos arrastrar por la aflicción de los hombres sin esperanza. Si la sal se vuelve sosa, ¿quién podrá salar el mundo?

La ciencia, nos recuerda Benedicto XVI, ha hecho creer ilusoriamente al hombre que podría restablecer el dominio sobre la creación que se perdió por el pecado original. El hombre científico o político quiere reconquistar el Edén mediante instrumentos puramente humanos: la adoración de la ciencia, la esperanza en el progreso y la desaforada suplantación de la religión por la ideología constituyen la nueva idolatría de nuestro tiempo. En este contexto, la fe religiosa se arrincona, deja de ser verdadera sustancia vital. Resulta muy iluminadora la reflexión que Benedicto XVI nos propone a partir de la disputada traducción de un versículo de la Epístola a los Hebreos (11,1): «La fe es la sustancia de lo que se espera; prueba de lo que no se ve». Le fe, nos enseña el Papa, no debe de ser una mera disposición del ánimo, una actitud interior volcada hacia el futuro, sino una realidad que ya está dentro de nosotros, que trae el futuro al presente, que transforma y sostiene nuestra vida, que comienza en nuestro presente la vida eterna.

Una fe que no es sustancia vital es una fe falsificada. Decía Hilaire Belloc que la herejías modernas, más que negar explícitamente ningún dogma en concreto, prefieren falsificarlos todos. Y, sin duda, uno de los dogmas más falsificados por nuestra época —falsificado, incluso, por los propios cristianos— es el dogma de la segunda venida de Cristo, o Parusía, que es el cimiento firme de la esperanza cristiana, y también su cima o culminación. Un dogma que recitamos entre los catorce artículos de fe recogidos en el Credo de la Iglesia, tan medular como el de su primera venida o Encarnación: «De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos». Un dogma que conocemos a través de la propia predicación de Jesús recogida en los Sinópticos (Lc 17,20; Mt 24,23; Mc 13,21) y que encontramos repetido en las epístolas de Pedro y Pablo, así como en esa gran profecía escatológica que es el Apocalipsis. Sabemos que esta segunda venida de Cristo será precedida de una gran apostasía y una gran tribulación; sabemos que el mundo no continuará desenvolviéndose indefinidamente hasta el agotamiento de sus recursos, ni acabará por azar o catástrofe natural, sino que lo hará por una intervención directa de su Creador. El universo —nos recuerda el gran escritor argentino Leonardo Castellani— no es un proceso natural, sino «un poema dramático del cual Dios se ha reservado la iniciación, el nudo y el desenlace, que se llaman teológicamente Creación, Redención y Parusía».

Recordemos la admonición de los ángeles en la Ascensión: «Varones galileos, ¿qué hacéis mirando al cielo? Este Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse». Se trata de un formidable reproche que sigue interpelando a los cristianos de nuestro tiempo. La enfermedad de nuestra fe consiste en pensar que Dios no vuelve más; o siquiera, en no pensar que vuelve. Siempre me ha llamado mucho la atención la insuficiente presencia del dogma de la Parusía en la predicación de nuestros ministros; y, todavía más, la escasísima, casi nula, conciencia que el común de los cristianos poseen sobre esta segunda venida, tal vez porque se nos ha dicho que llegará precedida de acontecimientos luctuosos (y ya se sabe que es característica de nuestra época soslayar cualquier asunto enojoso o aflictivo). Pero, al soslayar este asunto, los cristianos no hacemos sino falsificar nuestra fe; no hacemos sino afligirnos como hombres sin esperanza.

Al ocultar el proceso divino de la Historia, nos sumamos a la desesperación de nuestra época, que promete al hombre el paraíso en la tierra por sus propias fuerzas, esto es, mediante la intervención de la ciencia y la política. O, en el mejor de los casos, nos apuntamos a cierta visión espiritualista y delicuescente de las cosas últimas, al estilo de la que formulase Renan, según la cual todos los hombres que en el mundo han sido se fundirán en Dios, formando parte de su mismo ser. Pero, frente a esta ensoñación de disolución paulatina en Dios —que no es sino falsificación de la fe—, la esperanza de la Parusía, cuando es sustancia de la propia vida, nos enseña que, allá al final del mundo, los hombres seremos juzgados, y que no todos desembocaremos en la Vida, sino que muchos caeremos en una «muerte segunda» y definitiva. Esta visión del Juicio Final intimida a muchos cristianos, que ven en ella una expresión lóbrega que contradice la benéfica naturaleza divina; cuando lo cierto es que es su expresión más luminosa. Pues, como afirma Benedicto XVI en su Carta Encíclica, citando —para refutarlo— a Theodor W. Adorno, «una verdadera justicia requeriría un mundo en el cual no sólo fuera suprimido el sufrimiento presente, sino también revocado lo que es irrevocablemente pasado». Y esta revocación del sufrimiento pasado sólo se puede lograr plenamente a través de la resurrección de la carne, extremo en el cual el dogma cristiano subvierte el idealismo delicuescente propio de nuestra época: la fe en el Juicio Final es así la expresión suma de la esperanza cristiana, convertida en sustancia de nuestra vida presente. Para la justicia divina, es posible revocar el sufrimiento pasado; y esa revocación la probaremos en nuestra propia carne.

Por supuesto, nos recuerda Benedicto XVI, en ese acto de justicia final intervendrá la gracia; pero la gracia «no es un cepillo que borra todo, de modo que cuanto se ha hecho en la tierra acabe por tener siempre igual valor». Precisamente porque es gracia y justicia a un tiempo la esperanza en el juicio de Dios es sustancia de nuestra fe: «Si fuera solamente gracia que convierte en irrelevante todo lo que es terrenal —nos explica Benedicto XVI, en uno de los pasajes más esclarecedores de su Encíclica—, Dios seguiría aún debiéndonos la respuesta a la pregunta sobre la justicia, una pregunta decisiva ante la historia y ante Dios mismo. Si fuera pura justicia, podría ser al final sólo un motivo de temor para todos nosotros». Justicia y gracia ya quedaron unidas mediante la Encarnación; y alcanzarán su plenitud en la Parusía. Por eso caminamos llenos de confianza al encuentro con el Juez, que es también nuestro abogado. Y ese caminar confiado, sustancia de nuestra vida, es el mejor antídoto contra la desesperación de nuestra época. Hay que volver a predicar la Parusía como piedra angular de la esperanza cristiana; sólo así los cristianos viviremos una fe sin falsificaciones y seremos la sal que sala el mundo.

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