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Espíritu Santo, padre de los pobres 

Espíritu Santo, ¿quién eres? Ya más de uno habrá respondido: la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Una respuesta perfecta, de catecismo, breve y concreta. ¿Concreta? Sí, en la medida en que queremos referirnos a una realidad opuesta a otra abstracta, a una realidad precisa, determinada.

Él es quien lleva a plenitud la obra de Jesucristo en el arco de tiempo que media entre las dos parusías de Cristo. Él nos dijo que nadie puede ir al Padre sin Él mismo como camino, verdad y vida (cfr. Jn 14,6) y nadie puede ir a Jesús si el Padre no lo atrae (cfr. Jn 6,44.65). El Espíritu Santo es justamente quien nos da acceso a Jesucristo, quien nos permite descubrirlo, conocerlo y amarlo, pues nadie puede decir que Jesús es el Señor si el Espíritu Santo no se lo da (cfr. 1Co 13,3).

“El Espíritu del Señor está sobre mí,

pues me ha ungido…”

Él, que es como la Santa Oquedad que personifica el amor mutuo del Padre y del Hijo, es el único que conoce las profundidades de Dios (cfr. 1Co 2,10-11), el único que entiende de amores, los amores inefables entre el Padre y el Hijo que estallan en él como “nueva” Persona, el único que nos conoce a cada uno de nosotros más que cada uno a sí mismo, pues en Dios vivimos, nos movemos y existimos (cfr. Hch 17,28), para que podamos llamar a Dios Padre, Abbá (cfr. Ga 4,6; Rm 5,18), gimiendo en nuestro interior palabras y sonidos indecibles (cfr. Rm 8,26), que sólo el amor divino conoce y re/conoce por usar el mismo lenguaje que usa y es el Espíritu Santo.

Podrían decirse muchas cosas del Espíritu Santo. La Iglesia, en la liturgia de Pentecostés, tiene un himno —“Ven, Espíritu Creador” (el Veni, Creator)— y una secuencia —“Ven, Espíritu Santo” (el Veni, Sancte Spiritus)— con atributos preciosos. Yo me quiero detener sólo en un detalle: “iVen, Padre de los pobres!”

Padre de los pobres… Porque así comenzó el Sermón del Monte: “Bienaventurados los pobres de espíritu…”, porque ellos tienen un Padre que es el Espíritu de Dios.

Pobres son los que tienen su vida colgada de un hilo precario que los une con Dios, al que basta una ráfaga de viento más fuerte para zarandearlos y verse desprendidos de este santo cordón umbilical, de manera que claman a Dios día y noche, porque, si les falta o falla esta comunicación, nada tiene ya sentido; pobres son los que estamos sometidos a la caducidad del tiempo y del espacio que nos domina y sojuzga y nos vuelve materia de la polilla y el orín.

Pobres son los que no tienen voluntad, ni fuerzas ni ganas de persisitir cuatro días en el bien, porque la cuesta hacia abajo del pecado original los catapulta e impele a caer cada vez más abajo y más lejos; pobres son los que se han visto obligados a vivir como nunca pensaron, soñaron ni quisieron, en medio de la privación de lo imprescindible, del rencor sobrevenido ante cualquier “tú” como enemigo, en medio del ansia del más allá que alguien les ha cortado, re/cortado y arrebatado, esperando “Ia redención de Israel”; pobres son los que al levantarse por la mañana no tienen otro horizonte que el de “tejas para abajo”, hozando en la tierra el dinero, el placer, la droga, la política sucia y el triunfo sobre la chepa ajena.

Pobres son los inocentes que cargan con nuestras incurias disimuladas y vegetan aparcados en los asilos (a veces residencias de lujo) o en las esquinas de mil calles; pobres son los cuerpos dolientes y retorcidos de los hospitales, los cuerpos desgarrados y deformes por las guerras y el terrorismo, los cuerpos atados a una silla de ruedas, los cuerpos discapacitados y mutilados que ya no saben si tienen alma o dónde está escondida; los cuerpos de los miles y miles de niños a los que truncaron el hilo de la vida en el seno materno; niños que agonizan de hambre, miseria, podredumbre y abandono; los cuerpos desaparecidos en las fuerzas desatadas de la naturaleza que los engulle.

Pobres son los que padecen la soledad de la tristeza y la tristeza de la soledad, a veces con el suplemento insultante del engaño de los suyos; pobres son los solos que viven en unión común sin comunión alguna; pobres son los que carecen hasta de una mano que les ayude a entrar en el agujero negro de la muerte…

Por eso, “iVen,  Padre de los pobres!”

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