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Espiritualidad atea B 

¿Puede existir una espiritualidad atea?, ¿no se trata más bien de un oxímoron? La tesis que sostiene este breve texto es que puede haber ateos con espiritualidad, pero no una espiritualidad atea pues, en definitiva, sí es un oxímoron. ¿Cómo compaginar ambos asertos?

La razón de que no pueda haber una espiritualidad atea descansa en el hecho de que el ateísmo usualmente lleva consigo una postura metafísica muy concreta: el materialismo. Es decir, sólo existe la materia. Dios se niega precisamente por no ser material, por no haber evidencia empírica, contrastable, experimentable de su existencia. Es decir, se niega a Dios por ser, en su sentido usual, una realidad espiritual, y para el materialista ese tipo de realidad no existe, es un invento de la imaginación humana. No existe Dios, ni los seres espirituales –comúnmente llamados ángeles- ni el alma humana en cuanto alma espiritual. Nada del hombre permanece después de su muerte, porque solamente es un ser material. Si acaso se admite el alma, esta no es espiritual, no subsiste después de la muerte, simplemente es un principio de orden del compuesto material, que al morir la persona se pierde, disgregándose los elementos que lo componían.

En la medida en que el materialismo va unido al ateísmo, la existencia de una espiritualidad atea no puede sino ser un oxímoron. El materialismo en cualquiera de sus acepciones: naturalismo, positivismo, cientificismo, secularismo, etc., es ateo y niega por ello la dimensión espiritual de la realidad. Todas esas visiones metafísicas son monistas, es decir, afirman que sólo existe una realidad, la material. El espíritu se define, negativamente, como aquello que no es material. La diferencia entre ambos es que lo material es corruptible, lo espiritual no; por ello, para el que acepta la existencia de la espiritualidad, Dios es eterno y el alma incorruptible; permanece íntegra después de la muerte del sujeto. La muerte es sencillamente la separación del cuerpo y el alma del individuo, comenzando a corromperse el cuerpo mientras permanece el alma. Para una visión atea, nada permanece, el individuo es su cuerpo, por ello no puede sostener una espiritualidad.

¿Por qué se afirma entonces que puede haber ateos con espiritualidad? En primer lugar, por ser un dato de experiencia. ¿No entra en contradicción esto con lo afirmado más arriba? No, simplemente se trata de ateos no muy coherentes con sus principios metafísicos materialistas. En realidad, es muy sencillo, aunque el ateo niegue que tiene alma espiritual, no por eso deja de tenerla, y en ese sentido tiene necesidades espirituales que debe satisfacer. No es fácil hacerlo, pues intenta simultáneamente, hacer compatibles sus necesidades espirituales reales con su negación teórica del alma espiritual.

¿Cómo logran satisfacer esa necesidad espiritual los ateos? De muchas formas, entre ellas, a través de una serie de prácticas, importadas del budismo y del hinduismo, desenraizadas de su origen religioso, como pueden ser el yoga o el mindfulness. En este sentido, el budismo ha ofrecido una alternativa espiritual al occidente cansado de las religiones, por tratarse de una religión atea, que no habla de Dios. Puede adoptarse como estilo de vida, sin la necesidad de admitir a un Dios ni a una realidad espiritual. El problema o el límite de tal aproximación atea a la espiritualidad, es que no llega a tocarla, la confunde con sucedáneos.

El mindfulness por ejemplo, como práctica de origen hindú separada de su matriz religiosa, que se ejercita en un contexto secular en occidente, ofrece excelentes resultados físicos, todos ellos tangibles, medibles, compatibles con el canon materialista de la realidad. Pero no toca la realidad espiritual o, mejor dicho, la confunde o la reduce a estados psicofísicos de paz y bienestar. El que quiera sostener una espiritualidad basada en el mindfulness, por ejemplo, confunde el ámbito emotivo sensible, con la realidad espiritual. La prueba más contundente de este aserto es que ofrece respuestas única y exclusivamente para el presente; pero nada dice del futuro. ¿Qué pasa con nuestro “yo” cuando llega la muerte? No hay respuesta. La auténtica espiritualidad, en cambio, afirma la permanencia del “yo” y de la conciencia personal del individuo. La espiritualidad no me ofrece solamente una sensación gratificante y de plenitud para el momento presente, sino también una respuesta para lo que sucede después de mi muerte; puede ofrecerla porque lo espiritual no es corruptible y es por ello trascendente.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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