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Ésta lo ha dado todo 
10 de Junio
Por Ángel Pérez

 

En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo:

«¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, y aparentan hacer largas oraciones. Éstos recibirán una condenación más rigurosa».

Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.

Llamando a sus discípulos, les dijo:

«En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir». (Marcos 12, 38-44)

El Señor me ha dado un gran periodo de gracia: 40 días de cuaresma, el triduo pascual, 50 días de Pascua y un fabuloso día para celebrar Pentecostés que me empuja a vivir este tiempo ordinario que comenzamos de forma “extraordinaria”. Con esta catequesis de hoy el Señor me pone enfrente de dos formas de vivir el cristianismo, es decir, la relación con Dios, la expresión de lo que Dios realiza en mi vida: una,  simplemente “estética”, de cara a la galería, con el fin de acallar mi conciencia, mis escrúpulos, mi moral a cambio de un puesto notable en la “comunidad”: que se valoren mis rezos, mis esfuerzos, mis carismas, mis servicios… frente a esta actitud, Jesucristo me muestra a esta pobre viuda que explicita –en lo secreto– esa relación con Dios, echando todo lo que tiene. Esta viuda –símbolo de la fragilidad y la vulnerabilidad para el pueblo judío– me hace presente a: Abraham camino del monte Moria; a Jacob despreciando sus riquezas y quedándose solo frente a Dios; a David cuando se humilla y pasa el juicio de su historia al Señor; por supuesto a María cuando dice “hágase”, y al mismo Cristo clamando “en tus manos encomiendo mi espíritu”; esta pobre viuda es la Iglesia, encarnada en tantos mártires que han entregado todo lo que tenían por ayudarme a mí –pobre pecador, consumidor de sacramentos, –que        ¡pobre necio! piensa que da tanto!– a descubrir el camino de “descendimiento” hacia la salvación, a la puerta estrecha que da paso a la misma gloria que recibió Jesucristo al despojarse de todo en la cruz. Esta viuda, al desprenderse de todo, prefirió ser nadie entre los hombres, con tal de mantener viva aquella sabiduría que Dios entregó a su pueblo y que es el secreto de la verdadera felicidad: “Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 4-5). Todos los días me encuentro con estas dos posibilidades: Darme satisfacción (amarme) utilizando mi vida religiosa para realizarme –como los escribas– o negarme a mí mismo, tomar mi cruz y seguir a Jesús –a semejanza de la viuda– para que mi nombre esté escrito en el libro de los cielos.

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