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MISIÓN DE INSTRUCCIÓN PARA SIEMPRE 
10 de Julio
Por Manuel Requena

Misión de instrucción a los Doce. Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos” (San Mateo 10, 1-7).

COMENTARIO

Es el Germen de la Iglesia. El poderío y autoridad de Jesús es transferible, y a los que Él quiere los “empodera”, los autoriza, les da autoridad para hacer lo que Él hacía como Hijo único de Dios. Fue la primera misa —misión o envío— con un mandato insólito para “pescar hombres”, revistiendo a los suyos de pobreza y confianza total en el Padre.

Jesús les hace poner en escena la enseñanza del sermón de la montaña. Pero —y esto es lo insólito— el estreno de los doce fuera de la mirada directa del Maestro, y ya con autoridad y poder, no era aún un mandato universal. No era para paganos ni samaritanos, donde uno podía pensar que había más diablos, pecadores y enfermos para ejercitar esos poderes, era solo para la “ovejas perdidas de la casa de Israel”. ¿Tantos espíritus inmundos, tantas ovejas descarriadas y tantas enfermedades había en la casa de Israel? Parece una exageración endogámica de Mateo, pero así fue. Lucas es más indulgente con los samaritanos, y de hecho grandes figuras de su Evangelio eran samaritanos. Los Doce apenas estaban comenzando su apostolado, y requerían una enseñanza progresiva.

El reino de los cielos era ya universal sin retroceso, pero su proclamación requería una enseñanza que Jesús cuidó mucho. En la selección que leemos hoy solo se proclama el “poder” que les dio, pero en el versículo siguiente, dice Mateo lo que contenía aquella autoridad de servicio: “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento.” El Reino hoy sigue siendo el mismo, pero el estilo y presentación de los proclamantes, no la hemos conservado ni por asomo, salvo algún San Francisco redivivo.

Coinciden los Evangelistas en el número 12 y en el nombre de aquellos primeros enviados, y en el contenido esencial del mandato.

Para Mateo, que era uno de los Doce, Jesús está fundando el nuevo Israel con doce columnas como los hijos de Jacob. Incluso a ellos les prometió en su Reino  doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (Mt. 19,28). ¡Pero ojo! Porque también el doce fue la bendición de Ismaél, hijo de la esclava Agar. Los agarenos son enemigos eternos de Israel (Gén. 17:20 En cuanto a Ismael, también te he escuchado: «He aquí que le bendigo, le hago fecundo y le haré crecer sobremanera. Doce príncipes engendrará y haré de él un gran pueblo. Pero mi alianza la estableceré con Isaac, el que Sara te dará a luz el año que viene por este tiempo.».) En la Cábala hebrea el doce es número de plenitud, y también de sufrimiento, como toda creación. No cabe aquí un estudio cabalístico, pero Jesús eligió doce, y tiene una riqueza hermosa para los que quieran investigar un poco. Hoy con cualquier buscador de internet no hay problema.

A “sus doce” Jesús los envió pobres al servicio, aunque no les faltaría nada para su misión, porque eran trabajadores del Reino, pero en el camino habría pocos más pobres de utensilios y comodidades humanas que ellos. La riqueza de Dios empezaba a mostrarse como el reverso de la pobreza en el mundo. Tenían que poner en escena la primera bienaventuranza.

Hoy ya estamos lejos de privilegiar a la casa de Israel en la presencia del Reino aunque respetemos su elección para la incubación  y mantenimiento de la promesa. Es nuestro hermano mayor, pero sabemos que el Reino es universal, y los poderes de auxilio a los hombres también, aunque a veces no sean efectivos solo poniendo las manos y haya que acercarse con toda la técnica y todos los medios disponibles.

Jesús no envió a los Doce a “todo Israel”, sino “a las ovejas descarriadas”. En su enseñanza no podía mandar a los “hijos del trueno”, estrenando poderes, a Samaría por ejemplo. De hecho, incluso tiempo después, sugerían a Jesús, —porque no los recibieron para dormir en un pueblo de Samaria—: “digamos que baje fuego del cielo y los consuma” (Lc 9,52-56). Y capaces eran de haber convertido su báculo en una serpiente como Moisés, y su mitras en signo de poder condenatorio, no de servicio. Después darían la vida por el Evangelio, pero aún era pronto.

Eran como los seminaristas del verano en las parroquias. Aprendiendo a servir. En formación de servicio. Y siempre estaremos así hasta que el Reino que anunciamos sea pleno en presencia, cuando vuelva el Fundamento, el Maestro, alimento y riqueza de ese estado de amor presente en misterio que llamamos Reino de los cielos

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