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Estar en la higuera 

La cruz es el árbol del que cuelga el fruto de nuestra salvación. Es un fruto siempre presente, que se ofrece en cada momento. El discípulo de Cristo, al recibir del Señor su espíritu, se convierte también él en un hombre que se deja comer, es decir, se ofrece a los demás como don total. Sabe, sin embargo, que en este ofrecimiento la cruz es solo un paso hacia la resurrección.

no era tiempo de higos

“Al día siguiente, saliendo ellos de Betania, Jesús sintió hambre. Y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella; acercándose a ella, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos” (Mc 11,12-13).

Para entender el significado de este gesto del Señor, hay que remontarse al contexto en que se produce, según el evangelista, que es el siguiente:

–   Jerusalén es una ciudad que acoge con alborozo a Cristo, con honores de Mesías;

–   Jesús echa a los cambistas del templo, convertido en una cueva de bandidos;

–   seguidamente, los sacerdotes ponen en duda la autoridad de Jesús y su forma de actuar; y finalmente, el Señor narra la parábola de los viñadores homicidas, haciendo una clara referencia al pueblo de Israel y, de forma especial, a sus pastores (ver Mc 12,1-8).

En la sucesión de estos acontecimientos está presente toda la imagen de la higuera que Jesús maldijo:

–   En primer lugar hay muchas hojas, imagen de la ciudad que rinde honor y gloria al Mesías, en un estallido de alegría, que, sin embargo, no sacia a Cristo. Él, en efecto, se dirige inmediatamente el Templo, la casa del Padre, del cual recibe todo alimento.

–   En el templo, Cristo no encuentra alimento alguno, sino solo hombres ocupados en comerciar y ganar; y esta es la más grande blasfemia, puesto que se quiere servir a dos señores: a Dios y al dinero.

–   Jesús ve reflejada en esta imagen una viña arrendada a unos viñadores que no quieren producir frutos para su amo, sino que piensan solo en su propio interés; aún más, dan muerte a todos los emisarios enviados por su señor y hasta a su hijo querido. De esta forma la maldición recae sobre los viñadores.

frente a un hambriento nadie puede sentirse “fuera de temporada”

La higuera simboliza a estos viñadores, que representan a Israel, un pueblo lleno de hojas (muchos aplausos), pero sin frutos (ladrón y homicida).

Frente a un hambriento nadie puede sentirse “fuera de temporada” alimentando al otro solo con palabras y no con hechos (hojas y frutos). En el fondo, la maldición del Señor no es otra cosa que una súplica dirigida a un árbol sin frutos. Y es precisamente esta súplica, esta hambre no saciada, la que hace secar la higuera: es la mera apariencia de vida reflejada en tantas hojas, pero que no es vida para los demás, puesto que no ofrece absolutamente nada.

Ningún hombre puede considerarse fuera de temporada ante las necesidades del prójimo. Y hay mil formas de ser y estar fuera de temporada: no queriendo estar al tanto de las necesidades de los demás, engañándose con la ilusión de que se está muy ocupado al estar atendiendo a nuestros propios asuntos, ofreciendo una disponibilidad que es solo de palabras, viviendo en continuos preparativos de una ayuda que se ofrecerá… después, limitando nuestro apoyo solo a los que nos interesan, etc.

En este pasaje evangélico queda claro el sentido de todo hombre: un árbol bendito, que nunca está fuera de temporada para dar fruto.

Es el hambre la que maldice el árbol. En la situación de indigencia ésta se puede convertir en bendición o maldición para quien está disponible o no para prestar su ayuda. El Padre quiere actuar en cada uno de nosotros, en cada momento, ya, sin tener que esperar nuestro momento favorable. Una determinada situación de necesidad de la que estamos al tanto se convierte en temporada favorable, por lo que nadie puede afirmar que no ha llegado todavía su momento, con la ilusión de esperar un “después” querido por Dios.

Es absurdo pensar que Dios nos presenta una necesidad solo para prepararnos a prestar nuestra ayuda “después”, cuando me convierta, cuando tome conciencia de las necesidades del otro, y de mis talentos. ¡Cuántos pecados cometemos sin darnos cuenta, precisamente porque no nos sentimos responsables de las necesidades del prójimo! Y, sin embargo, ahí reside una bendición o una maldición para cada uno de nosotros. Así se entiende el valor del juicio final: en cada situación de indigencia, bien se trate de hambre, sed, desnudez, enfermedad, cárcel, desolación…, ahí está Cristo rezando. Y nosotros somos la higuera.

Cuántos momentos de fuera de temporada nos creamos. Cuántos discursos que solo pretenden disfrazar nuestra pereza, nuestro egoísmo, las mil excusas que nos sirven para acallar nuestra conciencia y refugiarnos en el fatídico “pero si yo hago todo lo que puedo”. Y no entendemos que “lo que puedo” lo determina para nosotros el Señor poniéndonos delante a quien está en necesidad.

Y aquí descubrimos otra dimensión de la eucaristía que es precisamente la de dejarnos devorar por las necesidades del prójimo, hasta la consumación. Eucaristía como fuente y fuerza para alcanzar la cruz. Convertirse en pan eucarístico que da vida para alcanzar la muerte y derrotarla. Sin este pan que transforma, cada uno de nosotros estará sometido al instinto de conservación, a no dejarse matar, a calcular nuestras propias fuerzas sin tener en cuenta la fuerza de Dios que quiere actuar dentro de nosotros.

La vocación del cristiano, en efecto, es la de donarse siempre. En este don se realiza plena y perfectamente; pero comporta sufrimiento, puesto que el don supone siempre un despojarse de algo, un quitarse para ofrecer; y esto encuentra resistencia dentro de nosotros, porque nuestra naturaleza pecadora vive pegada a sus propias cosas, incapaz de ofrecerse con generosidad y desinteresadamente.

 la imagen de la higuera simboliza a cada uno de nosotros

Si queremos resumir todo lo que el texto evangélico nos sugiere, siguiendo las pistas de evangelista Marcos, podemos sintetizarlo así:

–   Jesús tiene hambre, está presente en cada hambriento, en cada hombre que sufre y está necesitado. La indigencia no tiene tiempos o estaciones, está presente siempre y en todo lugar en la realidad histórica de toda persona. El cristiano está llamado a dar una respuesta cada vez que se enfrenta a una situación de necesidad.

–   La imagen de la higuera simboliza a cada uno de nosotros. Si vivimos nuestra realidad de carne, ésta nos condiciona a tener estaciones (temporadas, momentos), es decir, a obrar según nuestros criterios, nuestros tiempos e ideas, que, sabemos bien, no se corresponden a los tiempos y a las estaciones de Dios. Pero el cristiano nunca está “fuera de temporada” ante las necesidades del prójimo. No por casualidad en la Jerusalén celestial el árbol de la vida “produce doce cosechas y frutos todos los meses; las hojas del árbol sirven para curar a las naciones” (Ap 22,2). Nosotros estamos llenos de hojas, que no curan a nadie, precisamente porque carecemos de frutos.

–    La bendición o la maldición: Cuando Jesús habla del juicio final utiliza precisamente estos dos términos, refiriéndose a los elegidos y a los condenados (ver Mt 25,34-41). La bendición es el Reino de la vida, que tiene inicio en este mundo en todos los que se han dejado interpelar por el hambre, la sed, la desnudez, el dolor, la marginación, la falta de libertad del prójimo, y a estas carencias han contestado con el pan, el agua, el vestido, el consuelo, la hospitalidad, la atención, sin darse cuenta de que en la necesidad del prójimo había una intensa y preciosa llamada de Dios a vivir el “per-don” (super don). La maldición es cerrarse a este proyecto de Dios. Frente a este texto evangélico, ya desde este momento podemos saber cómo se desarrollará nuestro juicio.

–    La oración nace de cualquier necesidad y se convierte en bendición o maldición. Bendice quien escucha la llamada que Dios nos dirige a través de los necesitados; llamada del Señor. La oración de los Salmos es el ejemplo más claro de esta realidad, que se convierte en alabanza perenne de Dios que actúa siempre bien, la exaltación del justo que vive en sí mismo la ley de Dios; y maldición para el impío que no escucha la Palabra del Señor.

–    La fe es el amor que sale de Dios y vuelve a Dios; la caridad, en cambio, es el amor que sale de Dios y llega al prójimo. Ninguno de estos dos movimientos se puede cortar. La oración pertenece a la fe, que nos empuja al amor y a confiar en Dios con amor firme y seguro.

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