Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, noviembre 27, 2020
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“Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros” 

«Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios”. Y recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: “Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios”. Tomó luego pan y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío”. De igual modo, después de cenar, alzó la copa, diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”». (Lc 22,14-20)

 


 

Coincide en este día esta fiesta del Señor y la de la Visitación de la Virgen María, que, como buena Madre, cede el puesto a su Hijo litúrgicamente. La Iglesia nos ofrece como pan del día, nada más y nada menos, que la contemplación de la institución de la Eucaristía, narrada por San Lucas, que recogió este relato tanto de sus indagaciones documentales como de los labios de San Pablo, de manera que podamos pasar de ser meros oyentes de esta narración a ser partícipes de la misma mesa del Señor. Solo así podremos comprender quién es el que toma la iniciativa de organizar este banquete, quién es el que nos invita a comer, de modo que podamos dejarnos sorprender, porque es deseo grandísimo del mismo Jesús de celebrar esta comida pascual con nosotros. ¡Ojalá no perdamos la capacidad de asombrarnos de que sea el mismo Señor quien venga a invitarnos a su mesa! ¡Ojalá la rutina no haga mella en nosotros acostumbrándonos a «ir a misa», a sentarnos con Él a la mesa!

Así estaba escrito: «La sabiduría se ha hecho una casa… ha mezclado el vino y ha preparado la mesa…: “Venid a comer de mi pan, a beber el vino que he mezclado”» (Prov 9,1-5), como recitaba el cantor de Israel, refiriéndose a nuestro pastor-anfitrión: «Preparas una mesa ante mí» (Sal 23,5); y como estaba profetizado: «Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados» (Is 25,6); «escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos» (Is 55,2).

El evangelio compara el reino de los cielos con un banquete en el que el Rey invita a tomar parte a todos; algunos se niegan y a otros los «fuerza» a venir y entrar en el salón de bodas, a pesar de sus parálisis, sorderas y cegueras. Por favor, Señor, a mí que estoy cojo, manco, sordo y ciego, dame el traje de bodas para participar en esa fiesta (ver Mt 22,1-14), déjame sentirme incluido entre aquellos «bienaventurados invitados al banquete de bodas del Cordero» (Ap 19,9), déjame ver a aquel ángel de pie sobre el sol clamando con gran voz: «Venid, reuníos para el gran banquete de Dios» (Ap 19,17).

Siempre me ha llamado la atención que el Señor, en la última cena, repita por dos veces (al repartir a sus discípulos el Pan y a darles de beber el cáliz de su Sangre) que ya no volverá a comer la pascua ni a beber el fruto de la vid hasta que se cumpla y venga el reino de Dios. No lo entendía. ¿Por qué dijo eso? ¿Qué quería decir?, si, además, en el cielo ni se come ni se bebe… Y es que, justamente, la Eucaristía es una y única, de una vez y para siempre, como uno y único fue el sacrificio de la cruz (efápax, dice la carta a los Hebreos: 7,27). La clave está en la celebración de la Eucaristía, donde se une la tierra con el cielo: en la liturgia no se trata de traer a Cristo del cielo, sino que esa misma acción litúrgica es la que hace presente a Cristo en la tierra. Cada vez que comemos ese Pan y bebemos ese Vino, estamos anunciando su muerte y su resurrección, estamos haciendo presente en el tiempo lo que Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, hizo efápax, de una vez y para siempre, de modo que «vuelve» a comer el manjar de la pascua y a beber el fruto de la vid cada vez que hacemos esto en memoria suya, tal como Él nos mandó. Es, pues, el cielo el que se abre para atraer a sí a la tierra, que celebra este «sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso» (Plegaria Eucarística III), como había anunciado Malaquías: «De Oriente a Occidente mi nombre es grande entre las naciones, y en todo lugar se quema incienso en mi honor y se ofrece a mi nombre una ofrenda pura» (1,11). Por eso en la liturgia, sobre todo en la liturgia por excelencia, la celebración de la Eucaristía, no buscamos algo que no tenemos, sino que celebramos lo que realmente tenemos ya en el cielo.

Me gustaría invitaros a todos, y a mí mismo, a leer con calma algunos capítulos de la preciosa Carta a los Hebreos en esta fiesta de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote. Por un lado, me sobrecoge la ficticia lejanía de este Sacerdote divino; mas, por otro, me consuela la real cercanía de este Sacerdote Hombre-Dios, que hace de Pontífice, esto es, de puente entre Dios que es y entre el Hombre que es y en el que todos estamos incluidos.

Jesús Esteban Barranco

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