Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, octubre 22, 2019
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Esto tira y fuerte, pero tenemos una misión 

«En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. Él les contestó: “A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: ‘Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’. ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron”». (Mt 13,10-17)

Juan Manuel Balmes
 

No tengo móvil de última generación, lo que entre otras cosas me permite observar el mundo que me rodea “en directo”. Basta mirarlo con un poco de atención, de perspectiva, para darse cuenta que nos están cambiando el agua; y todo está perfectamente estructurado, estudiado. Vemos y creemos lo que quieren que veamos y creamos, citando a Ludwig Wittgenstein: «Cuando los juegos del lenguaje cambian, cambian los conceptos, y con los conceptos, el significado de las palabras».

Los medios de comunicación generan, cada día más, un mundo ajeno al real. Al asesinato de nonatos se le llama interrupción del embarazo; existen cinco géneros, ya queda lejos eso de hombre y mujer. La familia se rompe como el que rompe papel y sin embargo se vende una Ley de Género que le proporciona felicidad. La música se ofrece a los jóvenes con letras  acerca de “amor-sexo”, o reivindicaciones de la justicia callejera; las carátulas de los CDs son de mujeres semidesnudas con poses y gestos provocativos; jóvenes estrafalarios, depilados, con los pelos peleados los unos con los otros, bien ceñidos y con torsos musculosos, todos semejantes, como fabricados en serie. Cuando no con gestos desafiantes, de “tipos duros” y cabezas rapadas, etc. Grandes comunicadores de valores que salvan a diario este mundo.

Estos medios no fomentan como ideales el esfuerzo, el trabajo, la educación, el saber estar, el sacrificio, el tener una conciencia bien formada que genere jóvenes con alta autoestima, con una visión clara de dónde vienen y hacia dónde van, con un sentido de responsabilidad ante la vida cargado de ganas de crecer, lejos de ofrecérselo todo a sí mismos. ¡No! Eso no interesa a este mundo; no crea audiencia, no genera ingresos y sobre todo no genera orden. ¡Qué importa la Verdad!

Mientras tanto, las familias y los padres han de luchar diariamente con este panorama pues se les cuela en casa a través de los móviles, de los ordenadores, de las redes sociales que crean grupos, subgrupos… dentro del hogar, generando conflictos con los valores que día a día y desde que eran muy niños han recibido hechos vida.

Pero aquí no acaba todo. Estamos asistiendo a la instalación de la estulticia en nuestros mayores. Aquellos iconos hacia donde los jóvenes podían mirar en su desorientación se están contaminando de todo este desatino: ¡Señoras ya bien pasadas de los 55 en las playas en topless y tanga; luciendo tatuajes y pearcings. Despeinadas de calambrazo y con tintes estridentes! ¡Verdaderos esperpentos! ¿En qué se está convirtiendo este mundo?

Los que estamos medianamente orientados, por que esto tira y fuerte, tenemos una importante misión. El Señor nos ha llamado por nuestro nombre y estamos en la Iglesia gracias a esta elección para ser luz y fermento.  El corazón de este “primer mundo” está muy enfermo y aunque Dios no para de hablarle a esta generación en este tiempo concreto, miran sin ver y escuchan sin oír ni entender; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído,  han cerrado los ojos para no ver, ni oír, ni entender con el corazón, ni convertirse para que el Señor les cure.

A los hijos y familias que viven en la voluntad de Dios: “¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos porque oyen! (…) muchos desearon y desean ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron”. No lo despreciéis.

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