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Europa, la nueva periferia 

La Iglesia pide «que el proyecto europeo no se ponga en riesgo»

Europa decadente acude a las urnas con desgana desde hoy y hasta el domingo, día en que Ucrania se juega en otras elecciones su ser o no ser. Para muchos ucranianos, Europa sigue representando esa esperanza de paz, libertad y prosperidad que soñaron Schuman, De Gasperi o Adenauer

Las encuestas vaticinan que los nacionalismos populistas lograrán en estas elecciones al Parlamento Europeo sus mejores resultados desde la Segunda Guerra Mundial. El problema -al menos por ahora- no es tanto el resurgir del nacional-socialismo o del fascismo (se trata de unos comicios, a fin de cuentas, propensos al voto protesta, poco reflexivo), como el auge del sentimiento antieuropeo.

La desafección preocupa a los obispos. La Comisión de Episcopados de las Comunidades Europeas (COMECE), en una declaración que ha hecho propia la Conferencia Episcopal Española, pide «que el proyecto europeo no se ponga en riesgo». «Todos tenemos demasiado que perder si el proyecto descarrila», añade el documento, consciente de que la respuesta a la crisis económica, el aumento de la pobreza o los altos índices de desempleo juvenil han creado en estos años un gran malestar entre los ciudadanos, a menudo dirigido contra Bruselas.

Asistimos al avance de los partidarios de un modelo de «Europa vieja y cerrada, rencorosa, egoísta y xenófoba», que culpa de sus males a los inmigrantes. Se trata de una «visión suicida, considerando las perspectivas demográficas europeas», se lee en una declaración suscrita por Cáritas Italiana y otras organizaciones de Iglesia en este país. En España, Cáritas, CONFER, HOAC, Justicia y Paz y AEFJ (África-Europa Fe-Justicia) afirman, en un manifiesto conjunto: «Con nuestro voto podemos construir una Europa más justa y solidaria».

El 14 de mayo, una investigación del Pew Research Forum en siete países europeos constató que una mayoría de europeos considera a los inmigrantes como una losa económica. Los porcentajes van desde el 70% en Grecia e Italia, hasta el 37% en el Reino Unido, pasando por el 52% en Francia y Polonia, o el 46% en España. En consonancia con este clima de opinión, los Gobiernos europeos aplican políticas cada vez más restrictivas hacia los inmigrantes y los exiliados. En lo que va de año, han muerto más de 170 personas en naufragios tratando de alcanzar las costas europeas, y muchos cientos más han sido rescatadas in extremis de las aguas, denuncia ACNUR. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados advirtió, en un comunicado, la pasada semana, de que muchas de esas personas huían de las guerras y la persecución. Están «desesperadas» y «buscan refugio». Al carecer de «alternativas legales», optan por jugarse la vida en «peligrosas travesías por mar».

La xenofobia despunta en un momento marcado por la decadencia. En 1913, Europa representaba cerca de la mitad del PIB mundial y el 27,7% de la población. Hoy, como le gusta recordar a Angela Merkel, apenas concentra el 7% de la población y el 25% del PIB, y a duras penas logra así sostener el 50% del gasto social mundial.

«Se respira un sentido predominante de frustración: Europa no aparece ya como un centro, sino como una gran periferia del mundo globalizado», afirma el manifiesto Europa 2014: ¿Es posible un nuevo inicio?, presentado ayer en Madrid por el movimiento Comunión y Liberación. Europa es hoy periferia, pero el hecho de ser o sentirse de este modo, «¿no puede acaso constituir la ocasión para recuperar una actitud positiva y darnos la oportunidad del cambio?»

Nos falta hoy la conciencia histórica que tenían los europeos de la postguerra. La creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, en 1951, ponía fin a un largo período iniciado con «las guerras napoleónicas», o incluso antes, en el que «no se produjo nunca una verdadera paz, sino una tensión continua que preparaba las guerras sucesivas».

La misma conciencia histórica tuvo la generación que contribuyó a la transición pacífica en los antiguos países socialistas (con la triste excepción de Yugoslavia). El 1 de mayo se cumplió el décimo aniversario de la ampliación de la UE al este; en otoño, se celebrarán los 25 años de la caída del Muro de Berlín.

Náufragos rescatados en Lampedusa (Italia)
el 13 de mayo. Fueron hallados 17 cadáveres.
Se habla de 200 desaparecidos

Había un proyecto. Hoy vemos en cambio -prosigue el manifiesto- cómo vuelve a emerger «la Europa de los Estados, que ya no se hacen la guerra con los cañones, sino con las armas de la economía y de la finanzas, y que están divididos en multitud de cuestiones cruciales», mientras, en Bruselas, se ha ido generando «una especie de monstruo tecnocrático».

Asistimos así a una «crisis de la conciencia europea». La adhesión al proyecto europeo «ya no es un dato evidente, un presupuesto reconocido por todos». Si queremos mantener esta Europa unida que hemos recibido en herencia, «debemos reconquistar las razones de una unidad que no es obvia en absoluto y que siempre puede tener marcha atrás».

Un primer paso es aprender a valorar que estos últimos 70 años son una feliz anomalía histórica. «Los acontecimientos en Ucrania muestran claramente que la paz no puede darse por descontada» en Europa, ha dicho al diario La Croix el cardenal Marx, arzobispo de Munich y Presidente de la COMECE. «Allí hay gente que ha muerto con la bandera europea en sus manos, porque ansiaban los valores que representa Europa: paz, libertad y dignidad humana». Por eso, «Ucrania es un espejo para todos nosotros».

También Ucrania, por cierto, vota este domingo, en unas elecciones presidenciales que pueden decidir el ser o no ser de esta nación. Muchos irán a las urnas con el sueño de formar parte algún día de la UE, igual que muchos inmigrantes y exiliados se juegan la vida en el mar con la esperanza de que sus hijos serán europeos.

Ricardo Benjumea

 

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