Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, noviembre 20, 2019
  • Siguenos!

Evangelizar con el arte 

¿Quién no ha experimentado delante de un cuadro esa sensación de estar limitado, a falta de claves para descifrarlo? Decía San Basilio: “Lo que las palabras dicen al oído, el arte lo muestra en silencio”. Y es que la fe gana en profundidad a la hora de contemplar un cuadro. Es como una cuarta dimensión, porque hay confidencias que el artista no exige al espectador. Una obra de arte sacro es incompleta si la fe está ausente…el artista no insiste, solo invita a la esperanza.

Uno de los rasgos característicos de la cultura postmoderna es haber perdido la capacidad de buscar, de asombro, primer paso de la auténtica sabiduría. El arte como virtud que perfecciona  el alma ha servido para transmitir himnos de alabanza, salmos, música, para contemplar, admirar y renovar nuestra mirada.

El pasado 6-7 de Noviembre del 2010 Benedicto XVI, “el peregrino de la fe”, vino a España para recordarnos que “somos seres en búsqueda, seres necesitados de verdad y belleza”. En la Basílica de la Sagrada Familia, inmenso monumento en piedra a la fe, esperanza y caridad, icono de Barcelona, símbolo de la Nueva Evangelización y obra del arquitecto modernista Gaudí, quien nos invita a transformar el corazón de piedra en un corazón de carne, el Papa demostró una vez más su sensibilidad estética al expresar que la experiencia de la belleza es un camino hacia el misterio, y en último término a Dios.

contemplar para amar 

Si el arte, según la tradición clásica (Aristóteles, Santo Tomás) es “la razón correcta de las cosas que se hacen o producen”, el arte cristiano al servicio de la Iglesia ha sido durante siglos capaz de anunciar a Cristo. La belleza tiene un poder inmenso en la evangelización de las culturas. La belleza del arte tiene además una fuerza pedagógica para introducirnos en el misterio de la Verdad con un lenguaje contemplativo.

En su bella carta a los artistas, Benedicto XVI, les llama “custodios de la belleza”, y les exhorta a ser testigos de la fe y esperanza “para poder hablar al corazón de la humanidad, tocar la sensibilidad personal y colectiva, suscitar sueños de esperanza y ocasión única para acercar la verdad cristiana  a creyentes y no creyentes por medio de la expresión artística”. Si la esencia de la belleza es elevar la mente, el arte tiene una importante función social: dar un alma al mundo, porque allí donde se desprecia la belleza el hombre se empobrece.

La capacidad de favorecer la contemplación en un mundo de prisas, donde la inmediatez y el constante cambio pervierten al hombre, donde la mediocridad o telebasura cierran las puertas a la capacidad de asombro, primero hemos de renovar, educar nuestra mirada, sentir nuestra propia limitación y sólo desde la infancia espiritual, librarnos de una mirada técnica, utilitarista, despersonalizada o incapaz de satisfacer las expectativas del mundo de hoy. Contemplar desde la pequeñez y restaurarlo todo en el amor de Dios.

La belleza que la fe genera, es un relato fascinante, escenario que nuestro mundo aguarda… porque para el hombre la culminación de la belleza es el amor, la capacidad de amar y sentirse amado plasmadas en  la Sagrada Familia. El hecho de que Dios asuma la carne humana revoluciona la vida humana y también la historia del arte. Rafael, Murillo, Miguel Angel nos introducen magistralmente en la vida cotidiana de la Sagrada Familia de Nazaret, casa de oración, comunidad de armonía, respeto y entrega. Amar sin horas y sin prisas, como no las tiene Dios. Pedagogía divina que esconde estas cosas a los sabios e inteligentes y se las revela a los pequeños.

la biblia de los sencillos  

Un diálogo entre fe y arte, dos grandes realidades de la vida humana, que invitan a la noble inclinación del alma: guardar silencio, que no es vacío, sino presencia de Dios. Porque hay silencios ausentes, heroicos, que sonrojan, calculadores, interesados, pero también, silencios llenos de prudencia, de discreción, de escucha…

Decía Aristóteles: “El talento en silencio se nutre mejor”… Hay un silencio creativo, el del artista que plasma su obra, porque hay obras de arte que han sido creadas para contemplar a Dios y guardar silencio de admiración, de ternura, de gratitud…

La imagen también es predicación evangélica, es la biblia de los sencillos. Cómo no hablar de las “biblias de piedra del románico”, donde se enseñaba todo un código de actuación a  un público no ilustrado, el Maistas Domini o Cristo en Majestad como Señor del tiempo y de las cosas, bendiciendo con su mano derecha mientras con la izquierda porta el libro de la vida “Ego sum lux mundi”, quien impone su majestad y grandiosidad a los hombres que han de ser juzgados. Todo un programa figurativo para transmitir los principios básicos del cristianismo en los tímpanos de las fachadas de iglesias de peregrinación, fiel reflejo del orden universal y donde todo obedecía a una necesidad simbólica: el peregrino debía sentirse colmado de admiración, permanecer estupefacto, embargado de sentimientos religiosos, hasta alcanzar a través de la belleza humana, la belleza divina.

Los tramos cuadrados simbolizaban la tierra, y el ábside, de estructura semicircular, lo divino, como la curvatura de la cabeza de Cristo. Era el santuario de Dios. El crucero, participando de las dos formas geométricas, unía dos mundos, lo terrestre y lo divino. La orientación: la cabecera hacia el sol naciente (sol salutis) y los pies de la iglesia hacia el sol del atardecer (sol iustitiae), que habrá de juzgar a todos los hombres, de ahí que las fachadas románicas cuiden el contenido simbólico del Juicio Final. Dextera Domini, Pantocrator y Crismón, fueron fruto de un proceso de abstracción y fuente de presencia divina a través del arte.

Los bestiarios medievales o el lenguaje secreto del mundo animal desde el punto de vista mitológico, cultural o religioso de procedencia pagana, son sacralizados en el románico, convirtiéndolos en portadores de virtudes o vicios. El cordero cuyo paralelismo con Jesucristo nos recuerda la cena judía de Pascua; el león símbolo de fortaleza, nobleza y valentía, en la iconografía cristiana atributo de San Jerónimo y con alas símbolo de San Marcos; la serpiente representando el pecado; el simio los instintos básicos o vanidades humanas; basiliscos, arpías, centauros, grifos o monstruos con uñas de cuervo y patas de león no eran más que símbolos de una belleza mutable, porque lo feo hacía sentir nostalgia de lo divino.

Los valores racionales del Renacimiento y el anhelo humanista  de la búsqueda racional de la verdad a través de la filosofía, siguiendo el canon clasicista de Rafael, los vemos reflejados en la Sala de la Signatura de los Museos Vaticanos. Las catedrales, concebidas como símbolo de la iglesia espiritual, espacios diáfanos, translúcidos donde las vidrieras transmiten la luz de la esperanza, del sol verdadero que es Dios. Los robustos pilares simbolizan la fe, y la bóveda, la caridad divina: las tres virtudes teologales y la morada terrenal de Dios, pues según el libro de la sabiduría 11, 21: “Dios ordenó todas las cosas por su medida, su número y su peso”.

¡qué bella eres amada mía!

A partir del siglo XII, con la influencia franciscana, se humaniza la Virgen, tratando de acercar a la religiosidad popular su dulzura  resaltando el papel de la línea materna en la educación humana del Hijo de Dios. La voluntad popular convierte a Santa Ana, Madre de la Virgen, en patrona y abogada de las madres de familia. Se busca intensificar la respuesta emocional de los feligreses.

La exquisitez y elegancia de Rafael en sus madonas, vírgenes que desbordan humanidad, serenidad, dulzura y actitud ensimismante, es el resultado de  una delicadeza natural que emana del alma. Saborear la riqueza de la iconografía mariana, las letanías y los atributos fundamentales de la Inmaculada Concepción, Tiépolo, Alejo Fernández, Zurbarán, Murillo, Velázquez, todo un elenco de pintores quienes con absoluta maestría, transforman la obra pictórica en oración, interpretando símbolos marianos: enaltecida como “Estrella de la mañana”y “Puerta del cielo”, representada con una luna bajo sus pies según el libro del Apocalipsis: “Una mujer vestida de sol con 12 estrellas en la cabeza”, origen de la bandera europea; los lirios acompañando su virginidad perpetua y mostrando la absoluta singularidad de María.

Ella es la mujer predestinada, la que iba con su descendencia a aplastar la serpiente infernal. En el Génesis 3,14, tras el pecado original, Dios le dice a la serpiente “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya. Ella te aplastará la cabeza con sus pies”. Y así es como aparece en multitud de lienzos que nos recuerdan este anuncio de esperanza, la dramática realidad humana, un escenario donde se confrontan el bien y el mal, la verdad y la mentira o decidir por cuenta propia lo que está mal o bien. En María, Dios nos ofrece un potencial evangelizador decisivo. Ella es el camino que nos lleva a Dios.

cultura y fe; imagen y oración  

Los efectos teatrales  del barroco y la propaganda de la Iglesia Católica Universal tras el Concilio de Trento (1545-1563) los vemos reflejados en la profusión decorativa y el desarrollo de la  cultura conventual, carmelitas, cartujos, jesuitas, benedictinos, franciscanos, dominicos y todo el Siglo de Oro español, llevando su impulso misionero al otro lado del océano, a Nueva España, creando una plataforma común de identidades compartidas a través del arte y y trasplantando toda la iconografía mariana a Méjico, como en el caso de la composición de exquisita belleza de Basilio de Salazar, novohispano, “Exaltación franciscana de la Inmaculada Concepción” (s. XVII).

Insertar la expresión de la fe en la corriente cultural y artística y hacer ver lo que la fe aporta a la Historia y a la cultura es el objetivo de estas líneas. Cuidar, conservar, cultivar y fomentar la cultura de nuestros pueblos y ciudades encuentra coordenadas  coincidentes con la Iglesia, fiel colaboradora, promotora de fe y cultura.

Si la belleza es capaz de iluminar al ser humano, renovemos nuestra mirada, abramos los ojos y el corazón -“effetá”- para vislumbrar las puertas del cielo y poder decir como San Agustín “Tarde te amé, belleza antigua y nueva, tarde te he amado”.

Añadir comentario