Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, septiembre 19, 2019
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“Extender el brazo” 

«Un sábado, entró Jesús en la sinagoga a enseñar. Había allí un hombre que tenía parálisis en el brazo derecho. Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo. Pero él, sabiendo lo que pensaban, dijo al hombre del brazo paralítico: “Levántate y ponte ahí en medio”. Él se levantó y se quedó en pie. Jesús les dijo: “Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido hacer en sábado: hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?”. Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo al hombre: “Extiende el brazo”. Él lo hizo, y el brazo quedó restablecido. Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús». (Lc 6,6-11)

 

Juan Alonso

 

Del Evangelio de la misa de hoy se podrían extraer numerosas enseñanzas interesantes para nuestra vida ordinaria, pero yo querría fijarme ahora solo en una, quizás la primera y la más importante: la necesidad de hacer siempre la voluntad de Dios, aunque lo que se nos pida parezca imposible. El hombre con el brazo paralizado bien pudo haber pensado que lo que le pedía Jesús era una locura, casi una ironía: ¿extender el brazo, yo, que lo tengo entumecido y como muerto desde hace tantos años…? Hace, sin embargo, lo que el Señor le pide, pasa por encima de sus experiencias negativas, de sus innumerables intentos fracasados por recobrar la movilidad, de sus frustraciones ante los consejos fallidos de médicos y curanderos.

Lo extendió y el brazo quedó restablecido. El hombre sanó por la fuerza de la palabra divina, pero también por la docilidad en hacer el esfuerzo que Jesús le pedía. Así suelen ser siempre los milagros de la vida ordinaria que Dios hace en nosotros y a nuestro alrededor. Porque los milagros existen y se siguen realizando mediante la correspondencia de los hombres y mujeres a la gracia divina. El mayor milagro que ocurre cada día es el de la santidad: Dios va actuando en nuestro corazón y lo va modelando según el Corazón de Jesús.

Para nosotros “extender el brazo” es realizar esos pequeños actos de virtud que favorecen la acción de Dios. Son actos que surgen en la vida familiar, en el trabajo, en las relaciones sociales; acciones que podrían parecer irrelevantes si no estuvieran animadas y vivificadas por la gracia. No pensemos en hechos heroicos o asombrosos; consideremos más bien esos detalles pequeños y ordinarios que hacen de la vida algo grande y extraordinario. Extender el brazo es sonreír, ser amable, evitar una palabra que pueda incomodar, aguantar un poco más en el trabajo cuando se hace más presente el peso del día; extender el brazo es comprender, perdonar, pasar por alto, dar siempre una salida honrosa a quien se equivocó; extender el brazo es sacar tiempo para Dios a lo largo del día, tiempo para al familia, tiempo para los más necesitados. ¿Nos esforzamos a menudo en extender el brazo?

¡Cuántos beneficios lleva consigo ese ejercicio! ¡Cuántas parálisis desaparecen con esos pequeños esfuerzos y la gracia de Dios! En lo personal, vencemos más fácilmente los defectos que a veces pueden hacerse dominantes en nosotros: la pereza, el orgullo, la envidia…; en nuestras relaciones con los demás, se disipan las sombras y tensiones que agarrotan con frecuencia la vida familiar, laboral o social.

La hermana de Santo Tomas de Aquino le preguntó un día qué era necesario para ser santo. Quizás esperaba de su sabio hermano una respuesta compleja y profunda, pero Tomás solo le respondió: “Querer”. Jesús que nosotros también queramos, que queramos ser santos, que queramos extender el brazo. Y si alguna vez nos parece imposible lo que nos pides, habrá llegado quizás el momento de repetir con San Agustín aquella oración suya que nos ha de llenar de consuelo: Señor, concede lo que mandas y luego manda lo que quieras («Da quod iubes et iube quod vis»).

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