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Fe y extranjería 
13 de Noviembre
Por Francisco Jiménez Ambel

Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Al verlos, les dijo: “Id a presentaros a los sacerdotes”. Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?”. Y le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado” (San Lucas 17, 11-19).

COMENTARIO

Impresiona que, justo hace un mes, la Iglesia nos propusiera esta misma palabra. Importante ha de ser cuando la repite, antes de acabar el año litúrgico.

Es un asunto de “frontera”. Acaece entre Samaría y Galilea. Por muy difuminada que fuera la separación, lo cierto es que no sucedió en Judea. Iban de camino a Jerusalén, pero aún estaban muy lejos; y seguían todavía en el campo, fuera de una ciudad. El lugar establecido para que malvivieran los leprosos; en este caso diez, y todos ellos varones. Esa es la “composición de lugar”.

Llama la atención la “comunión” que genera la desgracia. Los diez leprosos son capaces de pronunciarse con una sola voz; están concordes en su “grito”, que debe estar muy bien sincronizado para ser perceptible. Los diez dicen lo mismo; no se hacen representar por un portavoz. Todos gritan al unísono. Y todos lo interpelan por su nombre – Jesús, Dios salva- y lo reconocen como maestro de la Ley. Le piden que tenga compasión con ellos, que se apiade de su situación… que haga lo que pueda en su favor. Que los alivie o, tal vez, si es verdad lo que se dice de Él, que los cure, que los libre de lo que los define; la lepra. Prodigios se dice que ha realizado muchos, pero ¿acumulará poder como para curar un colectivo condenado a una muerte pavorosa, lenta e inexorable?

La atención de Jesús se dirige a los diez, a los diez les ordena lo mismo (presentarse a los sacerdotes) y los diez, que lo tienen todo perdido, se ponen en camino, bajo el absurdo de la obediencia o con la esperanza en el corazón; da igual, se ponen los diez en camino, no hay fractura ni distinción entre ellos, los diez son leprosos y los diez han escuchado la orden de Jesús.

El milagro ocurre en el camino.

Al no producirse en presencia de Jesús, ni en presencia de los sacerdotes, cada cual puede atribuir su curación a una causa diferente. El camino, como espacio de libertad, deja efectivamente libre la reacción de cada leproso sanado.

El evangelista no cierra el relato; no sabemos si los otros nueve se presentaron ante los sacerdotes, o cual hubiere sido su sorpresa, etc. Lo que si deja claro, por boca de Jesús, que no duda en informar a todos de que los diez han sido sanados, es que uno vuelve dando gritos, glorificando a Dios y postrándose ante Jesús, su personal Salvador. En este regreso ya no hay unanimidad, el agradecimiento ya es individual, pese a que la curación haya sido a los diez.

Aparece aquí el rasgo que subraya el mismo Jesús. ¿No hay más que un extranjero para dar gloria a Dios? Esta interpelación debió impactar a los que les seguían, a fin de cuentas, hijos de Israel. Entre los leprosos no aparecía la discriminación, era la lepra lo que creaba la frontera circundante. Una vez sanados, cada cual recobra su procedencia. Pero lo que el evangelio dice es nítidamente claro; ni todos los observantes judíos dan gloria a Dios, ni un discriminado samaritano está – por su proveniencia – privado del don de la fe.

Tal vez los otros nueve fueran a cumplir las prescripciones legales, cumplimentaran el rito y conservaran o alimentaran el protagonismo de los sacerdotes; puede ser. Pero Jesús, el Salvador, muy consciente de su poder operante, echa en falta a los otros nueve, a los que ha dado el mismo motivo que al samaritano, para que reconozcan en Él a Dios. Que es lo que hace a la perfección “el extranjero”, dar gloria a Dios y postrarse ante Jesús, al que de ese modo reconoce como el verdadero Dios.

Y es en esta acción de gracias y de adoración (siempre juntas) donde Jesús, “Señor de todas las naciones” (Sal 81 8), le confía la certeza más importante; que tiene fe. El errabundo excluido (samaritano, leproso, marginado de la ciudad, compañero de otros desgraciados) se transforma por obra del encuentro con Jesús en un curado, un receptor de las promesas, un conocedor del reino, y alguien a quien el mismo Dios lo ha confirmado en su fe, y en la plena conciencia de que ha sido esa fe, que no es de todos, la que lo ha salvado.

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