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Festividad de Todos los Santos 

Hoy la Iglesia celebra la Solemnidad de Todos los Santos, volteando la mirada hacia aquellos cuyos nombres no recordamos en otras fechas, pero que su vida es un verdadero ejemplo y esperanza de Salvación.

La Solemnidad de Todos los Santos es una de las fiestas más antiguas de la Iglesia. Aunque la instauración de la forma y fecha actual provenga del siglo VIII, los cristianos del mundo, en especial los de los diversos territorios del Imperio Romano, celebraban ya, un día a la año, una liturgia especial en la que se pedía por la intercesión de todos los santos anónimos, cuyos nombres no conocían, pero que tenían constancia de que habían sufrido el martirio.

Desde sus inicios, la celebración tuvo una vinculación especial a los mártires, en gran parte debido a la cercanía en la memoria de las muchas persecuciones emprendidas por los emperadores romanos en contra de los cristianos, destacando la persecución de Diocleciano entre las que más impacto ocasionó en la memoria de los fieles de la época.

No hubo de pasar mucho tiempo desde el nacimiento del cristianismo, para que los seguidores de Jesús de Nazaret comenzaran a recordar a grupos mártires que habían muerto en algún pueblo o acompañados de algún miembro destacado de la Iglesia naciente. En esas ocasiones, se solía recordar a los “santos mártires” de tal o cual lugar, o se mencionaba el nombre del más conocido, seguido por alguna referencia a sus acompañantes, que hoy en día se sigue escuchando en la forma de “y compañeros mártires”.

Referencias alusivas a las costumbres litúrgicas de los primeros cristianos, testifican que ya en el siglo IV existía la costumbre de recordar a los mártires en alguna fecha específica del año. Estas fechas se fueron eligiendo de distintas maneras, algunas aludiendo al día del martirio del santo en cuestión, otras a su nacimiento, y otras referidas a algún hito importante en su vida o de la comunidad a la que pertenecía.

Debido a las constantes persecuciones, en especial la emprendida por el emperador Diocleciano en el siglo IV, el común de los mártires comenzó a tener una relevancia singular. En el siglo VII, el Papa Bonifacio IV consagró el Panteón de Roma a “la Santísima Virgen y todos los Mártires”, en referencia a la fiesta ya establecida de Sanctae Mariae ad Martyres, celebrada por ese entonces el día 13 de mayo, mismo de la consagración del Panteón.

Cuando el Papa Gregorio III decidió dedicar la Basílica de San Pedro a las reliquias “de los santos apóstoles y de todos los santos, mártires y confesores, y de todos los justos hechos perfectos que reposan en paz en todo el mundo“, la celebración de Todos los Santos fue cambiada al día primero de noviembre, aniversario de la dedicación de la sede petrina. Desde entonces, la fiesta se viene celebrando en esta fecha, aunque la lista de los santos recordados haya sido enormemente aumentada desde entonces.

El día de Todos los Santos, los católicos aprovechamos para rememorar a todos aquellos hombres y mujeres ejemplares cuyos nombres no suelen aparecer en el santoral. Este día, es la ocasión propicia para traer a la memoria que hay más creyentes que han alcanzado la santidad que aquellos que los días del año nos permiten evocar. La esperanza de saber que hay tantos y tantos hombres de carne y hueso, igual que nosotros, que han conseguido, a través de luchas y momentos difíciles, seguir las enseñanzas y los pasos de Nuestro Señor hasta la perfección, debe de ser un señuelo para todos para buscar la santidad. La memoria de Todos los Santos, nos debe animar y convencer de que, con la Gracia de Dios, la santidad sí es posible.

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