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Fortaleza, alternativas, disidencia: Tres claves para superar la adicción a la tecnología 

Observar cómo los adolescentes hacen girar prácticamente todo su tiempo libre, sus relaciones y sus ilusiones en torno a las pantallas es bastante deprimente. Todavía queda algún ingenuo tecnófilo que sigue defendiendo estas nuevas formas de socialización, y que no se ha enterado de que los gurús de Sillicon Valley llevan a sus hijos a colegios con libros, y tienen prohibidas las tablets en sus casas

Más allá de esta exigua y menguante minoría, todo el que ha querido darse cuenta lo ha visto: los niños y los adolescentes cada vez están más enganchados a la tecnología (adicción a la que tampoco escapamos los adultos, dicho sea de paso). Para constarlo, basta mirar a los lados en un semáforo en rojo, las mesas de las cafeterías, los bancos de los parques.

¿Qué hacer para contrarrestar esta ola de adicción hacia la tecnología?

En primer lugar, no ser ingenuos, y saber que el atractivo de la tecnología probablemente no tenga parangón a lo largo de la historia. Miles de expertos y profesionales del entretenimiento y el neuromárketing viven de diseñar un entorno digital adictivo para los usuarios. Sus ganancias son nuestros datos y nuestros clics. Conocen cómo funciona nuestro cerebro, cómo estimularlo para hacerle más y más atractivo Internet. Saben quiénes somos, dónde vivimos, cuáles son nuestros gustos. Cuáles han sido nuestros últimos 10 millones de clics en Internet. Y utilizan toda esa información para hacer de la Red un entorno irresistible, como una tienda de chucherías gratis para un niño. ¿Quién puede resistir? Por eso, quizá la primera actitud para educar en un uso inteligente de la Red es dejar de lado la ingenuidad y darnos cuenta de la dificultad de la empresa. La adicción a Internet es casi irresistible.

En cualquier caso, que una empresa sea difícil no significa que sea imposible. Hay que plantar cara. No podemos dejar a nuestros hijos e hijas al albur de lo que los desarrolladores de Sillicon Valley o cuatro youtuberos ingeniosos quieran hacer con ellos y de ellos. Tenemos que enseñarles a resistir. Toda adicción, también la adicción a Internet, genera tristeza, ansiedad, desilusión, soledad y fracaso. Así que como educadores no podemos conformarnos con el lamento y la pasividad. Hay que remangarse y decidirse a hacer de los menores a nuestro cargo unos verdaderos disidentes, en un mundo de adictos a Internet, de obesos digitales.

¿Cómo? Personalmente, me gusta hablar de tres actitudes:

  1. Sé fuerte.

Los niños tienen que oír muchas veces la palabra NO. Sé que esto no es políticamente correcto. Nos gusta el flower power, el buen rollo, y nos asusta el denostado autoritarismo. Pues lo siento: para educar en Internet el buen rollito no sirve. Hay que poner reglas. Hay que fijar límites. Y resistir en los mismos. Aunque suene fuerte, hay que decirlo: casi siempre, detrás de un niño o una niña adictos a Internet, hay unos padres flojos, que son los responsables de dicha adicción. Un niño sin reglas, sin límites, sin NOES, es un niño mimado y caprichoso. Y lo que es peor: un niño infeliz y defraudado. De forma que ya lo sabes: si quieres educar en un uso sensato de Internet, vas a tener que aprender a decir que no.

  1. Ofrece alternativas.

Me gusta decir que los padres tienen que hacer de sus hijos verdaderos frikis. Un friki es una persona que tiene una pasión, una afición con la que le brillan los ojos, por la que es capaz de madrugar, de olvidarse de comer… ¡de dejar el móvil! Y lo mejor de todo es que esas aficiones o alternativas “frikis” se pueden compartir en familia: jugar a un juego de mesa, tocar un instrumento musical, ir al campo o a pescar, hacer una paella juntos… Estas aficiones compartidas son la mejor terapia contra la adicción estúpida y banal a la tecnología. Descubre qué le gusta o puede gustarle a tu hijo. Invierte ahí. Quítale el polvo a aquella olvidada afición, y decídete a disfrutarla con tus hijos.

  1. Fomenta el gusto por la disidencia. Vivimos en una sociedad paradójica, que valora mucho la personalidad y la originalidad, pero en la que a la vez reina una gran homogeneización y gregarismo. En este contexto, un desafío bonito es el de suscitar en nuestros hijos el orgullo de ser especiales, de no hacer lo que hace todo el mundo, de saber decir que no a cosas que quizá sean moneda de curso común, pero que “los Pérez no hacemos”. Este valor de nadar contracorriente, de tener personalidad y formar parte “de la resistencia”, es un componente imprescindible para superar la adicción a Internet.

Como decíamos al principio, el desafío de hacer un uso moderado de Internet es muy difícil. Mejor para nosotros. Los mares en calma no hacen marineros. Cuanto más difícil sea el reto, más se afilará nuestro ingenio, y más fuertes nos haremos en la lucha por superarlo con nuestros hijos. Que empiece el espectáculo.

Juan Otero

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