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Francisco marca el terreno 

Por fin comenzó el esperado  Sínodo dedicado a la Familia. Ciertamente tuvo un comienzo traumático. Las escandalosas confesiones de Mons. Krzystof Charamsacabe las vísperas del inicio presagiaban un Sínodo polémico, sometido a fuertes presiones mediáticas externas y ajenas a la naturaleza sinodal. Sin embargo Francisco, como buen pastor, ha marcado muy claramente el terreno en el que se desarrollará el trabajo sinodal tanto en la homilía de inicio del Sínodo como en el discurso de apertura.

Es hermoso comprobar, una vez más, cómo el Papa, y con él el magisterio y la doctrina de la Iglesia, salen en defensa del hombre, muestran una confianza –para algunos injustificada- en la capacidad humana, en las potencialidades escondidas del corazón humano. Si san Juan Pablo II y Benedicto XVI con insistencia, pese al ambiente relativista imperante, habían insistido una y otra vez en que el hombre es capaz de alcanzar la verdad, ahora Francisco pone el hincapié en subrayar que el hombre es capaz del verdadero amor, del amor fiel, indisoluble, que resiste la más dura de las pruebas, la del tiempo, “fuerte como la muerte es el amor” dice el Cantar de los Cantares, y en esa línea se sitúa Francisco.

También es bello comprobar cómo Francisco se posiciona conscientemente en continuidad con los papas precedentes. No supone su magisterio y pontificado una ruptura, como algunos quisieran, no viene a proponer algo “nuevo” propiamente hablando, sino “novedoso”, por el enfoque que adopta. Una muestra tangible de lo anterior es que en la homilía cita expresamente 2 veces a Benedicto XVI (en realidad una de ellas a Joseph Ratzinger, pues es un texto teológico de su periodo  como cardenal) y una a san Juan Pablo II.

La perspectiva de Francisco para abordar el tema matrimonial no es horizontal, sino profundamente sobrenatural: “sólo a la luz de la locura de la gratuidad del amor pascual de Jesús será comprensible la locura de la gratuidad de un amor conyugal único y hasta la muerte. Para Dios, el matrimonio no es una utopía de adolescente, sino un sueño sin el cual su creatura estará destinada a la soledad”. Es decir, el punto de referencia del amor humano, del amor esponsal, no es otro que el amor de Cristo hasta la muerte, la entrega, la pura gratuidad. Por el contrario, denuncia a una sociedad herida de egoísmo incapaz de generar uniones estables y por ello, de llenar las hondas aspiraciones del corazón humano. En este sentido la Iglesia debe “vivir su misión en la verdad que no cambia según las modas pasajeras o las opiniones dominantes. La verdad que protege al hombre y a la humanidad de las tentaciones de autorreferencialidad y de transformar el amor fecundo en egoísmo estéril, la unión fiel en vínculo temporal”.

Quizá suponga un baño de agua fría para algunos, quizá socave las esperanzas de los reformistas a ultranza, pero Francisco en la apertura del Sínodo ha sido muy claro: no se trata de reinventar la familia, sino de reproponer la familia de siempre, auxiliando a las que se encuentran en dificultad. En este sentido, la Iglesia “vive su misión en la fidelidad a su Maestro como voz que grita en el desierto, para defender el amor fiel y animar a las numerosas familias que viven su matrimonio como un espacio en el cual se manifiestan el amor divino; para defender la sacralidad de la vida, de toda vida; para defender la unidad y la indisolubilidad del vínculo conyugal como signo de la gracia de Dios y de la capacidad del hombre de amar en serio”. El Papa defiende la vida, reconoce el valor de las familias numerosas, subraya la unidad e indisolubilidad del matrimonio, el que sea entre hombre y mujer: nada nuevo bajo el sol, la Iglesia es la misma de siempre.

Quizá el énfasis particular de Francisco estriba en el deber de cambiar de actitud hacia las familias heridas, con dificultades, malogradas. Se trata de auxiliarlas. Son particularmente hermosas sus expresiones en este sentido: La Iglesia “no señala con el dedo para juzgar a los demás, sino que -fiel a su naturaleza como madre – se siente en el deber de buscar y curar a las parejas heridas con el aceite de la acogida y de la misericordia… Una Iglesia que enseña y defiende los valores fundamentales, sin olvidar que «el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado»; y que Jesús también dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos, sino pecadores»… una Iglesia con las puertas cerradas se traiciona a sí misma y a su misión, y en vez de ser puente se convierte en barrera”.

  1. Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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