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Frutos y discípulos 
29 de Abril
Por Francisco Jiménez Ambel

Dijo Jesús a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi padre es el Labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado: permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos” (San Juan 14, 1-8).

COMENTARIO

La vid es uno de los siete frutos de la tierra prometida. No es cualquier fruta del campo. No estamos ante una metáfora bucólica o poética. La vid es el emblema de Israel; uvas gigantes fue lo que trajeron los exploradores, como evidencia de la abundancia y riquezas que habían comprobado en su incursión en la heredad acotada por el Señor para ellos. No era un relato, era una evidencia; aquí podéis contemplar los frutos (un gran racimo transportado entre varales).

Si Jesús está reivindicándose como la “vid verdadera”, está afirmando el cumplimiento de una promesa que yergue toda la vida del pueblo elegido y de la intervención de Dios en la historia. Josué, habiendo ya atravesado el Jordán, recordó algo innegable: “Os he dado viñas.que no habéis plantado y de la que os alimentáis” (Jos 24 13). Las viñas ya estaban allí, nosotros no las hemos plantado, es un regalo que va en el lote de la herencia que el Santo nos dio. Pura gratuidad, que más allá de la tierra como espacio vital, nos reporta una íntima y desconocida alegría, una felicidad que viene a anidar en lo más profundo del corazón. “Porque el vino alegra el corazón del hombre”- “Mi sangre es verdadera bebida”. Es esta plena y definitiva felicidad interior la que Jesús nos trae como la “vid verdadera”; no es un vino que aliena y aturde, sino el que – en el decir de San Juan de la Cruz – “recrea y enamora”,  un gozo indeleble que sólo Él es capaz de dar. El enamoramiento, dice Benedicto XVI es un “promesa ilimitada de felicidad”.  La recreación consiste en que El hace nuevas todas las cosas; renacer, como le enseño Jesús a Nicodemo.

El pasaje se abre y se cierra con una palabra clave; discípulos. A ellos se dirigió y a ellos les reveló el contraste de autenticidad. El habla en singular, e invoca a su Padre, pero de los discípulos habla en plural; se sobre-entiende que, como los sarmientos, son una multiplicidad. Y cuyo vínculo de unión es, precisamente, El, la vid verdadera. Y que cualquier otro proyecto (humano) está abocado al fracaso, a la esterilidad, a ser un sarmiento seco, cuyo destino es ser atado, echado al fuego y consumirse.

Pero, misteriosamente, la vid no rinde frutos sin los sarmientos; quiere necesitarlos y que estén unidos y alimentados desde Él.

Y está el tiempo. El Labrador no está pasivo. El Padre discierne, corta los que no dan fruto y poda para que los que dan fruto rindan aún más.  Y todo esto acontece sin precipitación, para dar lugar a la perseverancia; otra clave de la fecundidad, el verbo “permanecer” se reitera cuatro veces en tres líneas. La perseverancia es la prueba, a posteriori, de que la unión con la vid era real, vivificante, plena, fructífera. Porque Jesús no es una muleta, un recurso pedagógico o táctico, en la que apoyarse mientras te recuperas de una lesión; el vínculo entre vid y sarmiento es total, insustituible y definitivo, vital.

De modo que la secuencia, rebobinando hacia atrás, es clara; los frutos, son perceptibles, y son ellos, que no la teórica o retórica unión (ahora que el papa Francisco insiste tanto en el discernimiento), lo que acredita la condición de discípulo y la sublime gloria al Padre, a la que todo se ordena. Pero, que nadie se engañe, no habrá frutos sin perseverancia en la única fuente de vida, que es Jesucristo. Y Él, que nutriciamente, se da y se queda como vino nuevo, concede además lo que se le pide sin titubeos, y propicia los frutos. Es conmovedor el flujo doble; Él está con nosotros y nosotros podemos ser con Él. Y al igual que en la magna escena del lavatorio de pies, nos dice, que sus palabras ya nos han limpiado. Son esas palabras-tesoro las que hemos de preservar, por las que podemos perseverar; ellas ya han actuado (“nos primerean” diría Francisco) pero en nuestra voluntad reside perseverar o no. Y la petición insistente y perseverante de los frutos propios de la Vid que el Señor trasplantó. El Labrador no deja de prestar atención y cuidados a su viña. Y la Vid verdadera, mediante los sarmientos irrigados y con frutos sobre-abundantes, no deja de trabajar ad maiorem Dei gloria.

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