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Gloria a Dios en las alturas – Karla Wheelock, ganadora del Gran Slam 

La montaña es escuela de virtudes. Los que practican este deporte son gente recia y sacrificada, tenaces y luchadores. Personas que saben vencer la pereza y tienen un espíritu combativo, pues alcanzar una cumbre supone soportar dificultades de las que huyen los pusilánimes y los perezosos. Aunque abunden los libros sobre el montañismo de altura, no resulta tan frecuente encontrar testimonios de fe en la práctica de este deporte. La alpinista mexicana Karla Wheelock recoge en un libro publicado recientemente, la aventura en la que logró alcanzar el Gran Slam, expresando en un tono sencillo lo mismo que el místico muchos años antes: admiración de la Naturaleza y alabanza al Creador.

En los ambientes montañeros de alto nivel existen hoy dos competiciones. Una es la de los que pretenden escalar los 14 picos de más de ocho mil metros que hay en nuestro planeta, todos ellos en el Himalaya. La primera mujer en lograrlo fue la española Edurne Pasaban, del País Vasco, en 2011. Otra competición también de grandes alturas es la denominada Las Siete Cumbres, Gran Slam. Consiste en escalar las cumbres más elevadas de los cinco continentes, considerando dos en América, una en el Norte, el McKinley y otra en el Sur, el Aconcagua. Se añade además el monte Vinson en la Antártida. Karla Wheelock fue la primera mujer latinoamericana que lo consiguió.

Esta intrépida montañera ha publicado recientemente sus recuerdos en un libro , en el que describe con detalle su vida de alpinista y las dificultades que un proyecto como el de las Siete Cumbres lleva consigo. En el prólogo nos dice: “Las Siete Cumbres es un libro que tiene como objetivo expresar cómo fue que logré el ascenso a la cima más alta de cada continente, cómo fue que una persona normal como tú, en un momento determinado, encontró su meta personal: el alpinismo; y gracias a ello ubicó sus limitaciones y alcances, descubrió capacidades, corrió riesgos, tuvo pérdidas, sufrió censuras, pero nunca perdió su fe”.

Comienza relatándonos su iniciación al montañismo en su país. México es tierra de montañas y algunas de ellas muy elevadas, como el Citlaltepétl, de 5.700 metros. Después se lanzó a la conquista del Aconcagua de 6.952 metros, en el otro extremo de su continente, en Argentina. Continúa con el Everest, la cima de la tierra con sus 8.848 metros, para seguir con el McKinley, de 6.194 metros, el Elbrus –el más elevado de Europa, en Rusia con 5.642 metros-, el Kilimanjaro en África, de 5.895 metros, el Vinson en la Antártida de 4.892 metros, para finalizar con la pirámide de Carstensz de 5.642 metros en Indonesia, Oceanía.

La literatura montañera es abundante, pero lo que hace de este libro un relato excepcional son sus continuas referencias religiosas. La autora se muestra desde el principio creyente y admiradora de la Creación por un Dios todopoderoso, y a lo largo de todo el libro va expresando sus creencias. Ya en su introducción, al manifestar sus agradecimientos, comienza con el que considera el principal: “A Dios, por permitirme ver su grandeza desde la cima de cada continente, y también por ubicarme en mi pequeñez”.

Al conseguir su primer ochomil, el Cho Oyu de 8.201 metros (la sexta montaña más alta del mundo y ella la primera mujer latinoamericana que lo alcanzaba) sin utilizar oxígeno artificial, nos dice: “Saque la bandera de México y tomé fotografías. Admiré el paisaje, que era espectacular, recé y agradecí a Dios, a la vida, profundamente”.

“con mi Dios, puedo escalar cualquier muralla”

En su ascensión al Everest, muchos metros más arriba, ya cerca de la cumbre, encuentra enormes dificultades, entonces “le pedí a Dios que me permitiera llegar a la cumbre y regresar con bien; yo haría mi parte, no cometería errores”, y afortunadamente lo logró. Son muchos los montañeros que, aún estando muy bien preparados no consiguen alcanzar esta cima. La dificultad de la ascensión, las inclemencias del tiempo, los innumerables imprevistos y multitud de factores, hacen que sean muchos los que lo han intentado y no lo han logrado y, lo que es peor, son también muchos los que han perecido en el intento. Karla es consciente de ello y es agradecida. “Ya en la cima miré a mi alrededor… Estaba en la cumbre del mundo, no había más tierra que escalar ni lugares que descubrir, lo único que tenía entonces era el cielo y su inmensidad. Mis ojos no podían abarcar toda la grandeza que estaba delante de mí. Pensé en Dios y pude comprobar su magnificencia, la creación absoluta. Le di gracias por permitirme presenciar lo que muchos seres humanos nunca podrán vivir. Poco después me senté para sacar la bandera de México que traía en la mochila; por muchos años había soñado con ese momento: en la cima del mundo, vestida de rojo y los brazos en alto en señal de triunfo. (…) dejé una cruz de plata muy significativa para mí, otra cruz de madera que me regaló un niño de Monterrey (…). En total, estuve treinta y cinco minutos en la cima. Durante ese tiempo agradecía a Dios, a la vida y a la montaña, por permitirme estar ahí y disfrutar de la magnitud de la naturaleza. Comprobé que mi propia pequeñez pertenecía al todo, que es la grandeza del mundo”.

El McKinley es una montaña peligrosa. Su ascenso representa uno de los grandes retos para los alpinistas, dada su cercanía al círculo polar ártico, sus bajas temperaturas y un considerable desnivel de 4.000 metros desde el campamento base. Allí Karla, en una situación complicada llegó a preocuparse seriamente. “Es cierto que tuve mucho miedo, le pedía a Dios que me diera fuerza para resistir esos vientos Mi mano derecha estaba agarrada a una pequeña fisura de piedra y mi mano izquierda sostenía el piolet sobre mi cabeza”.

Superado ese peligro, las dificultades continuaron. Cada paso era fundamental porque no debíamos perder por ningún motivo el equilibrio, sin importar lo pesadas que eran nuestras mochilas, pues podíamos caer sin remedio. Pedía a la Virgen que cuidara de mis pasos, y de los de mis compañeros”

“a la sombra de tus alas canto con júbilo”

El monte más alto de Europa es el Elbrus y se encuentra en Rusia. Karla fue con intención de ascenderlo junto con su marido, también alpinista, pero poco antes de iniciarlo la pareja tuvo una fuerte discusión. Karla quedó muy afectada, no obstante iniciaron la marcha. En la montaña siempre es necesario realizar grandes sacrificios y ella, consciente del valor del sufrimiento ofrecido, los aplicó por su esposo. “Sabía que mis pasos no eran en vano, pues cada uno iba dedicado a alguien especial …;comencé a ofrecer mis pasos a lo más importante para mí en ese momento: mi matrimonio…De manera instintiva, mis pasos salían uno detrás de otro como ofrenda a la vida en pareja, a todos esos momentos que compartimos juntos casi como uno solo, a los mismos horizontes que habíamos visualizado y que ya no podíamos disfrutar, a los tiempos difíciles pero de gran aprendizaje, a la época de amor y valor que vivimos, en fin, a cada cima de la vida que conquistamos juntos, y a aquellas que se habían quedado pendientes”. El gesto tuvo su efecto, pues cuando llegaron a la cumbre “él se acercó y me dio un abrazo”, a lo que añade: “En aquella ocasión, comprobé que ninguna ofrenda es inútil cuando la haces con tu amor y voluntad”.

En otro lugar lejano se encuentra el monte Vinson, la montaña más alta del “continente de hielo”, la Antártida, con sus 4.898 metros. En sus proximidades se han registrado las temperaturas más bajas del planeta, que han llegado hasta -89,6º C. Cuando Karla fue, lo hizo con una especial preocupación, pues dejaba en México a su hija Valeria de tan solo nueve meses. Toda esta expedición estuvo marcada por el recuerdo de esa criatura a la que amaba tiernamente: “Supe que era afortunada porque la lejanía me permitía valorar todo lo que Dios me había dado; confirmé que las cosas no se deben hacer solo cuando el viento sopla a favor, sino cuando la adversidad te prueba y cuando el viento sopla en contra. ¿Cómo podría yo enseñar a mi hija a continuar si renunciaba a mis sueños por un sentimiento?”.

Y Karla continúa su marcha ofreciendo las penalidades por intenciones concretas. “El dedicar mi esfuerzo siempre me ha ayudado, cuando el fin no soy yo sino alguien tomo fuerzas de la debilidad así que para hacer distinto quise dedicar esos minutos de incomodidad a Dios y ofrecerlos por mi esposo con quien después de su tercer intento fallido al Everest había crecido el distanciamiento entre nosotros, y por supuesto por mi pequeña”. Y junto al sufrimiento surgen en esta –como en todas sus otras expediciones- continuas expresiones de acciones de gracias a un Dios autor de todas las cosas. Lo manifiesta aquí evocando los meses anteriores a su partida a la Antártida. “Cuando tuve entre mis brazos a Valeria nada podía superar la experiencia de ser madre, aún la montaña parecía no ser tan grande como el privilegio que Dios me había dado de ser madre”. Y una vez en la cumbre del monte Vinson nos dice: “Al abrir mi mochila para sacar la bandera lo primero que encontré fue la foto de Valeria. Todo cambió en ese momento, pues recordé que esa cumbre era por ella y para ella. Besé la foto, después busqué otra en la que aparecía mi familia y le di gracias a Dios”. Karla era la primera mujer latinoamericana que alcanzaba esa helada cima de la Antártida.

“¡qué admirable es tu Nombre por toda la tierra!”

Conquistadas ya esas seis montañas, solo le quedaba para conseguir el Gran Slam, la Pirámide de Carstensz, de 5.642 metros, la más elevada de Oceanía, y allí dirigió sus pasos. Meses antes le nació otra hija, Regina, a la que junto con Valeria hubo de dejar en México cuando también había fallecido su madre. La partida fue dolorosa, pero era necesario completar el objetivo que se había marcado muchos años antes. Las dificultades burocráticas a su llegada a Nueva Zelanda pusieron en serio peligro el asalto a esa cima. Después de innumerables gestiones poco esperanzadoras, añade:

“Solo podía rezar, pues en el fondo estaba segura que esto era una prueba más en mi vida”. (…) “Estaba convencida de que todo saldría bien pues tenía toda mi confianza puesta en Dios: ‘Jesús, confío en ti’ me repetía constantemente”. Entre tanto: “Nunca quité la sonrisa de mi boca, pues recordaba la esperanza y la confianza en Dios. En Singapur encontré personas que me ayudaron desinteresadamente”. Y con esa fuerza que se obtiene de la oración confiada, los problemas se resolvieron pudiendo así incorporarse a su grupo que la esperaban con interés.

Concluye este delicado episodio diciendo: “Estaba realmente agradecida a Dios, por su bondad y su grandeza, por llenar con detalles y flores aquel tropiezo. El día de mi salida estaba emocionada y nerviosa, porque iba acercándome al objetivo del viaje”. El ascenso a esta montaña es complicado y supone muchos tramos de difícil escalada, pero tras un continuado esfuerzo Karla con su grupo lograban llegar a la última cumbre de la competición. “Le dediqué a Dios mi última cumbre, pues era el cierre de un proyecto de muchos años que tenía que concluir con un ascenso y descenso exitoso”, a lo que continúa con la siguiente oración: “ Tú Padre Santo, que me has acompañado en todos y cada uno de mis ascensos, que me guías en cada paso y que, a pesar de las adversidades, siempre estás conmigo, a ti, Señor, que no me dejaste nunca en los momentos más difíciles de mi vida, en mi soledad durante el embarazo de Regina y en el parto, que hace pocos meses me permitiste estar acompañada de mi madre en sus últimos alientos de su vida, que me diste fuerza cuando ya no podía… Por ti, por este año tan significativo, es mi ascenso. Amén”. A lo que añade después: “Qué mejor cierre de cumbre, qué mejor dedicatoria que a la fuerza que me impulsó siempre, al poder que nunca me abandonó y que me enseñó lo maravilloso de la vida: Dios”.

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