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Grábame como un sello en tu corazón 

El problema del hombre es el amor. Su solución también es el amor. En la mayoría de los casos se renuncia a la felicidad del amor por lo que conlleva de sacrificio en esta vida. Dejamos a un lado la vida amorosa por miedo al sufrimiento, con lo cual lo único que conseguimos es acrecentar más el dolor de no amar, cerrar la puerta a la vida del corazón, dificultar su desarrollo.

 Con frecuencia se oye decir que es necesario cambiar, transformarse, para poder amar. Pero no es menos cierto que es precisamente el amor el que nos transforma y nos hace cambiar de no santos a santos, nos pone en vías de ello. Si amo poco me transformo poco. Si amo mucho me transformo mucho. Si amo totalmente soy totalmente otra persona.

 El poder transformante del amor es la solución al problema vital de los seres humanos. La gracia lo que hace es purificar, elevar, perfeccionar esta vida de amor y darle valor de Cielo. En el sacramento del matrimonio se ve claro esta elevación del amor humano al rango de divino, sin dejar por ello sus propias categorías maritales. Amor en Caridad transformada.

Innumerables son los escritos sobre el amor, desde ángulos diversos. Aquí queremos destacar lo que llamamos el pudor del amor, algo extraño que se da en la vida humana. Con esta expresión no me refiero al recato sino al miedo al amor. “El límite del amor es amar sin límites”,­­ decía san Agustín. Pero ¿se puede amar sin límites realmente? También podría resultar problemática la otra expresión agustiniana: “Ama y haz lo que quieras”. ¿Lo que quieras realmente? El sentido común se impone y los comentarios de amontonan.

Para entrar un poco más en la problemática que estamos presentando vamos a referirnos a una triple vertiente del amor: amor oblativo, amor cordial y amor de conquista. El primero hace decir a la persona que quiere el bien de la persona amada; trabaja por la persona a la que quiere, ofrece sus energías para la felicidad de ese otro, no propia; es un amor operativo, funcional sano. “Trabajo por ti y para ti”. El amor cordial además de añadir lo anterior oblativo, hace decir a la persona que quiere a la persona amada; no ya simplemente demuestro a la persona querida que le quiero dándole mi tiempo y mi esfuerzo, sino que además le doy directamente mi corazón, manifestándole mi afecto, mi sentimiento, mis entrañas, mi interior, realmente mi cariño. El amor de conquista no es ya “quiero tu bien” (oblativo) o “te quiero” (cordial), sino “quiero tu amor”, es decir, quiero que me quieras. Este último amor encierra a su vez los dos tipos anteriores.

 Y es justo aquí donde podrían entrar los problemas del pudor al que nos referimos. Amar perfectamente no es ya simplemente dar bienes a una persona… es meter a la persona en el corazón y meterse ella si quiere en el corazón de la persona amada, con aires de suave conquista. Y desde dentro se gestiona el amor. Y digo meterla en mi corazón no solo en mi gracia santificante, bautismal, en mi caudal espiritual. Cristo en la Eucaristía consigue introducirse en mí de un modo especial para que yo pueda meterme en el corazón de Dios.

 Y si la persona no resulta amable o muestra motivos aparentes para no ser amada, o sencillamente cuesta, entonces activo la decisión de amar, no tanto a fuerzas de puños sino a impulso de la gracia. La misericordia entra en juego. Es en la voluntad principalmente, no en el voluntarismo ni en el mundo ideal, donde se vive la vida de amor, la santidad.

Por otra parte cuando amo a otra persona habría que evitar dos errores: pensar que es solo el Señor el que está amando a través de mí o que solo le amo yo. La realidad de un bautizado es que ama, diríamos, doblemente: Dios ama por mi medio a la persona y yo amo en Dios a la persona. Amamos los dos Dios y yo, nupcialmente, al otro. En la Trinidad hay unidad, un solo amor de un solo Dios vivido en trinidad de personas. El amor no anula la personalidad. Cuando San Pablo dice que “no ya yo sino Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20), no se refiere obviamente al aniquilamiento de mi persona para ser suplantada por otra sino a la transformación crística de la propia persona y personalidad, que queda ungida por el Espíritu Santo. Transformar no es aniquilar sino elevar, perfeccionar.

Al hablar de un amor de conquista no nos referimos a un amor histérico que pretende captar afectos y acaparar benevolencias, un amor egoísta a lo Don Juan. El mismo San Agustín se revestía de cortesía y amabilidad para atraer el mundo femenino a sus intereses no rectos. El amor de conquista al que nos referimos es un amor sano, supremo, de entraña bíblica: “La voy a seducir, y me la llevaré al desierto y le hablaré al corazón… allí me responderá como en los días de su juventud (Os 2,14-23); “con correas de amor los atraía, con cuerdas de cariño” (Os 11,4). En el Cantar de los cantares se nos muestra una búsqueda mutua de amor, en la que se da una cierta posesión: “Yo soy de mi amado y mi amado es mío” (Cant 6,2). Cristo, con Juan en su regazo no está solo dando amor, también lo está recibiendo (Jn 13,25).

 San Bernardo decía que “cuando Dios ama, lo único que pretende es ser amado” —“Cum amat Deus, non aliud vult, quam amari” (In Cant 83)–. Balduino de Cantorbery por su parte comentaba: “Grábame como un sello en tu corazón” (Cant 8,6). Es como si dijera: “Ámame, como yo te amo. Tenme en tu pensamiento, en tu recuerdo, en tu deseo, en tus suspiros, en tus gemidos y sollozos… y dime si no obras fatal cuando dejas de amarme. ¿Quién te ama como yo? ¿Quién te ha creado sino yo? ¿Quién te ha redimido sino yo­?”.

Indiscutiblemente Dios vive este amor de conquista en grado infinito porque sabe que, respondiendo a su amor, el hombre se diviniza, se hace partícipe de su propia Gloria. “Si amas ves la Trinidad” (San Agustín).

Es maravilloso “despertar al amor” (Santa Teresa); pero el problema no queda aún resuelto entre los seres humanos. ¿Lanzarse a un amor de conquista como plenitud de amor es legítimo en todo caso? La persona de psicología endeble o no saneada teme; le podría parecer hasta casi inmoral, pues podría vivirlo en un cierto grado como una invasión en terreno ajeno, como una manipulación, como un violentar (Ricardo de san Víctor hablaba en sentido positivo de la violencia del amor), como un usar la realidad personal, como un proceso de pura captación, como un traspaso del recinto sacro que es la libertad del otro.

Todos pudieran ser miedos lógicos desde la razón, pero falsos desde la dinámica del corazón. No hay que tener miedo de amar, de amar correctamente. El miedo y el amor son enemigos irreconciliables. Una cosa es la prudencia y la delicadeza (1 Cor 13) inherente a la caridad, que te hace ir siempre con cuidado de no herir, etc., y otra el miedo a entrar en las profundidades del amor: “El amor perfecto expulsa todo temor”(1 Jn 4,11-18). El amor es una fiesta, no tengas miedo de amar –en expresión de J. Vanier, Rema mar adentro (Lc 5,1-11)—. Los límites psicológicos, las heridas heredadas, los bloqueos nerviosos han de sanar para no frenar la vida de amor plena a los que nos llama el Evangelio. Fiado en ti, me meto en la refriega, fiado en mi Dios, asalto la muralla (Sal 17). Amor no ligero, sino divino, abrumador y respetuoso a la vez. Es la madurez del amor. Por alguien que he tenido la valentía de meter en mi corazón si daría yo la vida, si no, no. Es el amor más grande (Jn 15,9-17).

El problema queda resuelto. El Hijo no temió la encarnación, el entrar en la piel humana. El Hijo desea, anhela ser amado. Hagamos nosotros lo mismo, “seamos imitadores de Dios” (Ef 5,1). Tengamos iniciativa (1 Jn 4,10) de conquista. No es inmoral ni ”donjuanesco”. Es divino, propio de santos. Si se hace bien es perfecto.

Hay que estar muy cerca de Dios para conquistar almas al amor de modo que no queden presa en las redes del propio egoísmo. Hay que estar provisto de mucha gracia y bendición para que esa unión de almas revierta en amor profundo de Dios. Y la humildad siempre en el trasfondo (Prov 18,12). Si te humillas amas perfectamente. Si amas perfectamente te dignificas.

Francisco Lerdo de Tejada

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