Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, noviembre 15, 2019
  • Siguenos!

“Gustad y ved qué bueno es el Señor” – Salmo 34 

“Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias.

Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él.

Todos sus santos, temed al Señor, porque nada les falta a los que lo temen; los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada.

Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. ¿Hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?

Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella.

Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos; pero el Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria.

Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos.

Aunque el justo sufra muchos males, de todos los libra el Señor; él cuida de todos sus huesos y ni uno solo se quebrará.

La maldad da muerte al malvado y los que odian al justo serán castigados. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él.”

He aquí un salmo impresionante que nos llama a todos a conversión: cómo bendecir al Señor en todo momento, en toda circunstancia, ante cualquier acontecimiento de nuestras vidas.

Dice el salmista: “Su alabanza está siempre en mi boca”. Nosotros casi siempre tenemos en nuestros labios quejas, maldiciones por todo aquello que nos pasa y no entra en nuestros planes, o que supone un sufrimiento para nosotros o nuestros allegados. Desde que nos levantamos nos quejamos de todo: del despertador porque ha sonado muy pronto, de los atascos para llegar al trabajo, del jefe y sus injusticias, de lo cansados que estamos al llegar a casa, de lo incomprendidos que somos por nuestra mujer o nuestro marido, de lo mal que se portan los hijos, de la crisis económica, de la falta de dinero, o de la injusticia que me ha hecho el profesor en el examen, o que me siento incomprendido por mis padres, o porque no tengo novia y quiero tenerla, o porque soy gorda y quiero estar delgada, o porque soy mayor y quiero ser joven, o tengo una enfermedad, un cáncer o porque me he quedado viuda y me siento sola, etc.

La queja y no la alabanza, la maldición y no la bendición, ésa es la realidad que vivimos todos los días. Por eso el salmista nos invita a la humildad y a la alegría; a la humildad para reconocer nuestra incapacidad para bendecir, para estar contentos con nuestro lote y nuestra heredad. Un don éste que nos lleva a admitir que somos pecadores necesitados de la salvación del Señor y puesto que el Señor nos quiere salvar y nos salva, esta realidad nos lleva a la alegría, que es la palabra y la actitud clave de este salmo.

la alegría plena del Reino de los Cielos

La pregunta es: ¿es posible estar alegre siempre? Como dice San Pablo: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres” (Flp 4,4).

He leído hace poco un libro de Benedicto XVI en el que hablaba de la alegría cristiana, comentando que en la época del Barroco (s. XVII), era parte de la liturgia el “risus paschalis”, la risa pascual. La homilía de Pascua debía contener una historia que moviera a la risa, para que la Iglesia retumbara de alegría. Esta alegría cristiana puede parecer algo superficial y exterior; sin embargo, ¿no es hermoso que la risa se haya transformado en un símbolo litúrgico?

La risa, la alegría es algo contagioso. También es una forma de evangelizar si los que nos rodean ven en el “rictus” de nuestra cara una expresión alegre ante los acontecimientos porque tenemos la Pascua “detrás” en nuestra experiencia más profunda.

Dice Jesús en el Evangelio de San Juan: “Abraham vio mi día y se gozó, se rio” (Jn 8,56). ¿Cuándo vio su día? Cuando vio que Dios proveyó un Cordero para la salvación del mundo; entonces la alegría de ver a su hijo vivo le desbordó de alegría y se rio. ¡Cristo ha resucitado! ¡La muerte no existe! ¡Todo sucede para bien de los que Dios ama!

¡Cuántas veces nuestra expresión es agria a todas horas! Tenemos cara de amargados, porque así lo estamos. Llevamos tal cara de acelga que no invita al pagano a acercarse a la Iglesia, puesto que parece que los que están en ella no son muy felices.

invoco al Dios Altísimo, al Dios que hace tanto por mí

El salmista nos invita a ensalzar juntos su nombre. Es bueno alabar al Señor junto a la gran asamblea, una comunidad de salvados donde se da la alegría de la salvación, e invocar el nombre del Señor como hijos. En el pueblo de Israel el nombre de Dios era impronunciable, estaba prohibido bajo pena de muerte. Excepto el sumo sacerdote el día del “Yom Kippur”, nadie podía decir el nombre de Dios.

Cristo nos ha dado el conocer el rostro de Dios, su nombre: viendo al Hijo, vemos al Padre, a Dios mismo. Dios nos ha conocido a nosotros por nuestro nombre y nos llama y nos socorre sabiendo nuestro nombre, nuestro sufrimiento. Sin embargo el maligno, el diablo no tiene nombre. El adversario es un número, el 666, y nos convierte no en personas sino en números, como ocurría en los campos de concentración donde no se tiene nombre sino un número. Así es el maligno con nosotros, nos trata como esclavos, ya que nos esclaviza a través del pecado que nos lleva a la angustia y a la muerte.

Dice el salmo que si contemplamos al Señor y cómo salva al que lo invoca, quedaremos radiantes, nuestros rostros no se avergonzarán. Esto necesita el mundo: unos cristianos de rostro luminoso que, radiantes por sentirse salvados, muestren la belleza de la salvación.

Si estás afligido, con conflictos; enfermo, con dolores e invocas al Señor, Él te escuchará y te sacará de tus angustias, de tus miedos ¡Invócalo, grítalo, llámalo! Cuando te responda y te sientas seguro con Él, tu rostro estará radiante y la boca se te llenará de risas, como al pueblo de Israel cuando volvía del destierro.

me saciarás de gozo en tu presencia

Este amor paterno del Señor se gusta y degusta como si fuera miel en nuestros labios. Si Dios es tu Padre y te quiere, todo lo que te ocurre es para tu bien: tu enfermedad, tu soledad, tu dolor, tu matrimonio, los hijos, el trabajo, la falta de dinero etc.; por tanto, la cruz se hace gloriosa, tiene un sentido y no te lleva a la angustia. Hasta nuestros cabellos están contados y ninguno se cae sin su permiso. Él cuida de nuestros huesos, ni uno solo se quebrará (este salmo se cumple en la Cruz de Cristo, ya que no se le quebró ningún hueso).

Ante esta realidad, el salmo nos invita a tener temor de Dios; pero no entendido como miedo de Dios, sino más bien que temamos que Dios desaparezca de nuestra vida: que no nos libre del mal simplemente porque no lo invoquemos, que seamos engañados por el maligno y busquemos la salvación en otros dioses y no dejemos que Él entre en nuestra vida. Entonces irremediablemente nuestros pecados nos llevarán a la muerte como dice el salmo: “la maldad da muerte al malvado.”

Por último, el salmista también afirma que el Señor no castigará al que se acoge a Él. ¡Cómo no acogernos a Él si experimentamos su mano paternal y protectora cuando lo invocamos! Dios sabe que somos débiles, esclavos del mal; por eso su Hijo sí que ha castigado al maligno en la cruz, venciendo a la muerte con el amor y quitándole su veneno que nos esclavizaba: el pecado.

El hombre que se siente amado por Cristo y experimenta la salvación de la muerte; aquel que ve cómo su vida tiene sentido incluso en el sufrimiento, en el dolor, en la enfermedad, descansa en el regazo de su Padre sintiéndose feliz; por eso puede reír, puede estar alegre en todo momento, en lo bueno y en lo malo, o en lo que a nuestro juicio nos parece bueno o malo.

Por tanto se puede cumplir, y no es una utopía, la palabra de San Pablo: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”.

Añadir comentario