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Vemos o ¿somos ciegos? 
06 de Diciembre
Por Buenanueva

En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: «Ten compasión de nosotros, hijo de David».
Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: «¿Creéis que puedo hacerlo?».
Contestaron: «Sí, Señor».
Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que os suceda conforme a vuestra fe».
Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Cuidado con que lo sepa alguien!».
Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca (San Mateo 9, 27-31).

COMENTARIO

Esta buena noticia que nos trae el pasaje del Evangelio de San Mateo nos invita a reflexionar sobre nuestra visión de las cosas y del mundo que nos rodea y, por extensión, a saber más acerca de nuestras habilidades, conocimientos, seguridades, actitudes y relaciones que mantenemos unos con otros. En términos generales partimos de la idea de que nuestra visión, conocimiento y saberes de las cosas de este mundo son buenos, muy buenos y acaso los mejores y nos pasa que cuando nos encontramos con los otros empezamos a no entendernos y las relaciones se estropean porque los demás también tienen su visión de las cosas y unos conocimientos tan buenos como los nuestros. Aparece el conflicto.

Esta Palabra de hoy cumple una parte de la profecía de Isaías “los ciegos ven y los oídos de los sordos se abrirán” (Is 35, 5), y nos presenta la situación concreta de dos hombres que son ciegos y saben que son ciegos, y es por esto por lo que al pasar Jesús le gritan pidiendo ser curados. Esto es importante porque saber lo que somos, tenemos y nos pasa, hace referencia a la humildad.

Si vamos al Diccionario de RAE y buscamos la palabra ciego nos enteramos que se define ciego como invidente, cegado, obturado, obstruido, taponado. El antónimo es vidente, clarividente, prudente, cuerdo.

Estamos ciegos para vernos a nosotros, para ver a los demás y tengo la sospecha de que estamos ciegos para saber que Dios existe. El don de fe equivale a ver el mundo y a los que nos rodean de una manera nueva, la fe nos capacita y nos regala el don de estrenar ojos para ver las cosas como Dios las ve.

Es necesario reconocer nuestra ceguera para poder recurrir a quien puede curarla y así recuperar la videncia, la clarividencia, la prudencia y la cordura. Y así, dar gracias por todos los seres que nos rodean. Incluso los enemigos.

 

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