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Hágase en mí según tu palabra 
10 de octubre
Por Horacio Vázquez

«En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. Pero él repuso: “Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”». (Lc 11,27-28)


Jesús nos coloca una vez más ante el dilema del hombre en esta vida, el de la contemplación del mundo según la perspectiva de la carne o desde misterio de Dios.

Nada hay que reprochar a la alabanza que le prodiga esa misteriosa mujer de la que nada sabemos, pues el evangelista solo la describe como una más entre el gentío que seguía a Jesús. Pero se nos dice que “levantó la voz”, que se atrevió a expresar delante de todos el entusiasmo de su corazón al escuchar lo que Jesús “hablaba a las gentes”. Lo hizo con valentía, con decisión, y seguramente, luego, cuando todos la miraban sorprendidos por su audacia, se sonrojaría y bajaría la cabeza avergonzada, y sentiría el sofoco de sentirse mirada por los demás.

Bendita mujer aquella que se atrevió a lanzar aquel hermoso piropo, improvisado y vehemente, a la madre de Jesús, a la mujer que engendró al Hijo del hombre, que ella no conocía, pero a la que ya adivinaba como una mujer perfecta y entrañable, pues dichosos tuvieron que ser, en la carne, el vientre que llevó y los pechos que amamantaron a aquel hombre tan singular, al profeta que hablaba con autoridad y pronunciaba tan maravillosos discursos de esperanza y de amor.

Mateo, Marcos y Lucas recogen en sus evangelios muchos de estos gritos espontáneos que brotaban de las gentes que lo seguían, o que se tropezaban en el camino con sus comitivas y lo llamaban con la esperanza de ser curados. Así, al grito de “ten compasión de nosotros, hijo de David…” lo abordan dos ciegos, en Mateo 9,27, la mujer cananea, en Marcos 7,24, el ciego Bartimeo, en Marcos 10,46, y los diez leprosos, en Lucas 17,11. Y en todos los casos, Jesús los escucha y los cura.

Pero en esta ocasión, el grito no es una demanda de compasión, sino un canto de alabanza, que dirigido a la madre progenitora alcanza al hijo de sus entrañas para manifestar la admiración por su doctrina. Y Jesús, en su respuesta, que parece querer completar más que corregir la alabanza de su admiradora, se acuerda también de su madre, la Virgen del Señor elegida desde la eternidad para tan alto destino, y que fue, ciertamente, la que mejor escuchó la palabra de Dios para cumplirla, cuando le respondió al ángel: “Hágase en mí según tu palabra”

Horacio Vázquez

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