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Hágase en mí según tu palabra 

Este año se celebró  en  la liturgia de la Iglesia  la Solemnidad  de la  Encarnación del Hijo de Dios  el día 31 de marzo, trasladada del día  25. Es el misterio más importante  en la historia de la humanidad, después de la creación del universo.  Misterio por otra parte similar a la misma ‘creación’. Por eso, algunos escritores, como San Agustin, lo llaman la  ‘re-creación, o segunda creación. Porque por la Encarnación del Hijo de Dios se creó en el mundo una vida nueva, que es la vida de la gracia, y con la vida de la gracia, unas criaturas ‘nuevas’. La novedad está, entre otros aspectos, en que el Verbo de Dios se hizo hombre en la Encarnación, para que el hombre –como dice San León Magno- recibiese por la gracia del bautismo la dignidad de Hijo de Dios, por adopción.

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La Encarnación del Hijo de Dios es el acontecimiento más sorprendente de la historia. No existe un hecho tan incomprensible como éste. Unir en una misma persona lo finito con el infinito, lo humano con lo divino, lo temporal con lo eterno; lo material y compuesto, opaco, corruptible, extensivo en el espacio, con lo puramente espiritual y simple, con la claridad, con el que no está limitado a un espacio concreto, con Dios.

Ante la sorpresa del misterio, y ante lo incomprensible que resulta que el Hijo de Dios, de la misma naturaleza y condición que el eterno Padre, eterno e infinito, se haya hecho uno de nosotros, “semejante en todo a nosotros excepto en el pecado”, como dice la Carta a los Hebreos (4,15), algunos intelectuales en los primeros siglos de la Iglesia, incluso obispos, rechazaron que el Hijo de Dios hubiera asumido una verdadera naturaleza humana; o a la inversa: que el Cristo hombre, de ninguna manera podía decirse realmente Dios, e Hijo de Dios. Este fue el error y la herejía de los nestorianos.

Aceptar un misterio así no deja de ser asumir un compromiso determinante, con relación a la voluntad divina. Porque Dios debió tener razones muy fuertes, muy importantes que le movieran a la realización de tal misterio.

Pues sí. Dios tuvo razones imponderables para realizar ese misterio. O mejor: tuvo una sola razón, que fue definitiva su amor misericordioso para con el género humano, que le movió a redimir a los que eran cautivos del la muerte y del pecado. Este amor misericordioso —Dios, por sí mismo, que es Amor de misericordia, como dice San Juan—, determinó enviar a su Hijo al mundo, para salvar a la oveja perdida, y redimir a todos los cautivos de la muerte y del pecado.

María, hija de su Hijo, corredentora de la humanidad

Conviene que todos los cristianos conozcan con claridad esta realidad de Dios, del Padre de las misericordias, que actúa de continuo en el mundo, manifestando su amor hacia sus criaturas. Pero Él no fuerza la voluntad de las personas, porque Él nos ha comunicado su libertad. Por eso, antes de la realización del misterio de la Encarnación, le reveló a María, la humilde doncella de Nazaret, el plan salvífico de la redención de los hombres, y su elección y predestinación para ser la Madre virgen de su Hijo, que asumiría la naturaleza humana en sus purísimas entrañas.

De tal manera esto fue así, que el Concilio Vaticano II —el Concilio de nuestro tiempo—, nos dice y nos enseña en este bello texto: “Pero, el Padre de las misericordias quiso que precediera a la Encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. Lo cual se cumple de modo eminentísimo en la Madre de Jesús, por haber dado al mundo la vida misma que renueva todas cosas” (LG, 56).

La colaboración de María a la vida de la gracia la realizó en un primer momento con el fiat de la Encarnación. Posteriormente, con todos los misterios y momentos de su vida.

Porque ella, al pronunciar esas palabras —“hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38)—, quedó hecha Madre de Dios, como nos enseña el mismo Concilio, y se consagró a sí misma a la persona y a la obra de su Hijo —a la obra de la redención—. Vivió siempre unida espiritual y maternalmente a Él, de suerte que toda su vida fue un servicio prestado en beneficio de los hombres, para su salvación.

Por eso, el mismo Concilio dice, que “Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte (LG, 57).

el gran misterio revelado a los sencillos de corazón

Hay mucha teología retenida en estos textos y mucha belleza. Pero es una teología inteligible para todos, matizada de devoción; porque el Concilio promulgó una doctrina y una enseñanza para toda la Iglesia, no sólo para una élite, o para un grupo especializado de personas: los teólogos.

Es una teología que puede aprenderse, sin frecuentar las aulas de las universidades y sin estudiar en los colegios universitarios. Tampoco son necesarios ni la especulación escolástica, ni los razonamientos de silogismos. Es la ciencia y la sabiduría que se adquiere —afirmó el Papa Pablo VI en 1975— “por el camino de la belleza, la via pulchritudinis”. Esta es “una vía accesible a todos, incluso a las almas sencillas (Pablo  VI). En particular, es el camino de la oración mental y de la contemplación, que se ha vivido y practicado siempre en la Iglesia.

Los místicos son los que han seguido con mayor fidelidad ese camino. Por él han adquirido un conocimiento tan profundo y tan cierto de los misterios de Dios, de la historia de la salvación y de la Virgen María, que Santa Teresa, la Doctora mística por excelencia, se sentía capacitada y en condiciones de discutir sobre ello con los más aventajados maestros de su tiempo. Dice así, refiriéndose a sí misma: “…se ve el alma en un punto sabia, y tan declarado el misterio de la Santísima Trinidad, y de otras cosas muy subidas, que no hay teólogo con quien no se atreviese a disputar la verdad de estas grandezas” (Vida 37, 9).

Ella había adquirido la “celestial doctrina” de la que se alimenta la Iglesia, como recuerda la oración colecta que se recita en la liturgia de su fiesta, en esa fuente de agua viva, que es la oración mental y la contemplación.

“he aquí que vengo para hacer tu voluntad”

Conocer el sentido y el contenido del misterio de la Encarnación del Verbo, tal como nos lo propone la liturgia renovada de la Iglesia, es una vía accesible a todos para descubrir las riquezas de la teología y de la vida espiritual, que atesora ese misterio de la salvación.

Debemos tener presente que la liturgia de la Iglesia es una celebración, y como reactualización de los misterios de la salvación, que transcienden el tiempo y el espacio, la celebración litúrgica contiene ritos y ceremonias, oraciones, lecturas, gestos, signos y símbolos, iconos, etc. Pero es sobre todo la reiteración espiritual y sacrificial del misterio de la salvación, realizada por Jesucristo, que se hace presente de forma maravillosa sobre todo en los actos sacramentales.

La liturgia es la oración y el sacrificio que ofrece la Iglesia al Señor, que son al mismo tiempo, por la proclamación de la palabra de Dios y por sus oraciones y frases de exaltación de las misericordias del Señor, un mensaje de doctrina y una enseñanza espiritual para los miembros de la Iglesia. Desde este punto de vista, el Papa Pablo VI nos dio a conocer con sencillez en 1974 el sentido litúrgico y el profundo contenido teológico de la solemnidad de la Encarnación. Además, con una particularidad: el mensaje de esta fiesta ilustra nuestra fe y nuestros conocimientos del Hijo de Dios y de la Madre Virgen, poniendo al mismo tiempo de relieve la ejemplaridad de la Madre y del Hijo de Dios, centrada en el cumplimiento fiel de la voluntad del Padre, que es lo que da sentido a la vida de sus hijos de adopción, que somos todos.

Transcribo las palabras del Papa que pueden ser objeto de reflexión:

La Solemnidad de la Encarnación del Verbo…: La celebración era y es una fiesta  conjunta de Cristo y de la Virgen:

del Verbo, que se hace “Hijo de María” (Mc 6,3),

de la Virgen que se convierte en Madre de Dios.

Con relación a Cristo, el Oriente y el Occidente… celebran dicha solemnidad como memoria del fiat salvador del Verbo encarnado, que entrando en el mundo dijo: “He aquí que vengo…, oh Dios, para cumplir tu voluntad’ (cfr. Hb 10,7; Sal 39,8-9)…

Con relación a María, como fiesta de la “nueva Eva”, virgen fiel y obediente, que por su fiat generoso (cfr. Lc 1,38), se convirtió, por obra del Espíritu, en la Madre de Dios, y también en verdadera madre de los vivientes…; como memoria de un momento culminante del diálogo de salvación entre Dios y el hombre, y conmemoración del libre consentimiento de la Virgen, y de su concurso al plan de la salvación (Pablo VI, MC, 6).

En síntesis; lo que la liturgia nos enseña es que la vida de Jesús, nuestro Salvador, y de la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, fue un continuado cumplimiento de la voluntad del Padre. Ese fue su designio. Y ese es también el designio de la vida de todos los discípulos de Jesús.

María por su parte, con su consentimiento libre para ser la Madre del Hijo de Dios, colaboró eficazmente al plan de la salvación, fue “corredentora” con su Hijo a la redención. Su fiat fue el “sí” de toda la Humanidad, y es modelo para todos sus hijos de adopción, para cumplir lo que dice el apóstol San Pablo: “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1,24). Este es también el destino de nuestra vida.

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