Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|sábado, septiembre 21, 2019
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Hastío 

Por naturaleza, estamos condenados a vivir en compañía. En efecto: nadie quiere estar solo, salvo en los casos en que el individuo esté “zumbado”, profundamente desengañado ante el trato que ha recibido de los demás o tenga una vena mística tan infrecuente como envidiable. Y digo “condenados” porque casi nadie logra satisfacer sus deseos de amor, paz y comprensión por parte de los demás, por el hecho de vivir rodeado de gente.

Pero donde mayor es el desencuentro y la frustración es a nivel político. En efecto: esa tendencia a la compañía, innata en toda persona, nos lleva a formar amplios conjuntos sociales, cada día con intereses más diversos, relaciones más sofisticadas y necesidades más heterogéneas. Por eso, es imprescindible que alguien se haga cargo de cada conjunto social para tratar de lograr los objetivos que hayan de producir mayor grado de satisfacción; a ser posible a todos, pero, al menos, a la mayoría.

Como en todos los grupos sociales lo básico es la persona individual y no hay dos personas que sean iguales en ninguno de los casi infinitos aspectos que las constituyen; las formas de ver la vida son múltiples, los intereses o lo que cada uno cree que son sus intereses, también son de lo más variado e, incluso, contrapuestos en no pocas ocasiones. Si a toda esta complejidad se añade la tendencia al mal de nuestra naturaleza caída, de lo que nadie se libra, se puede concluir en que es imposible encontrar ningún sistema de gobierno que satisfaga a todos.

Al considerar que la racionalidad es uno de los atributos específicos del ser humano, cabría pensar que las diferencias de criterios, de enfoques de la realidad y de soluciones a los problemas que la convivencia siempre plantea, se tendrían que tratar de compaginar acudiendo al diálogo, mediante el empleo de la lógica y partiendo de una plataforma de principios aceptados por todos, ya que todos participamos de una misma naturaleza: la que Dios ha establecido al crear al hombre.

Sin embargo, la experiencia diaria indica todo lo contrario: los diálogos se convierten en monólogos en los que cada uno defiende su postura sin atender a los planteamientos de los demás, como no sea para atacarlos; en vez de razones se exhiben eslóganes pegadizos que las masas repiten con una fe digna de mejor causa.Todos estos planteamientos siempre desembocan en una intolerable violencia psicológica con la que se busca engañar a las personas, atrayéndolas a la postura interesada de ciertos personajes con marcadas dotes para influir en los demás. Una vez conseguido el objetivo, los individuos a los que se ha lavado el cerebro sienten como específicamente suyas las ideas que se les ha inculcado, las defienden contra viento y marea y quedan totalmente inmunizados para reconsiderar cualquier argumento o sugerencia que se aparte de su ideología.

También es muy frecuente que, al fallar toda posibilidad de llegar a un acuerdo, se impongan otros grados de violencia –siempre irracionales- que pueden ir desde la amenaza, más o menos soterrada, en base a la superioridad de la fuerza de uno de los contrincantes, hasta la guerra en sus diferentes modalidades, con toda clase de acciones colaterales como pueden ser las torturas, el terrorismo, las deportaciones, la privación de la libertad, la separación de familias y un largo etc. de actuaciones inhumanas que marcan la enorme distancia que, hoy día, separa a la humanidad del ser racional, tal como fue creado por Dios.

La realidad de nuestro siglo lleva a considerar dignas de lástima a todas aquellas personas que desperdician sus vidas al dedicarlas obsesivamente a conseguir un determinado estatus político para la sociedad a la que pertenecen. En este grupo se incluye a todos los nacionalistas a ultranza; a todos los “forofos” de cualquier partido político; a todos los creadores de nuevas fórmulas de convivencia para llegar a paraísos imaginarios y siempre inalcanzables, sin que importen el cúmulo de sacrificios, privaciones, injusticias y muertes a las que haya que recurrir. Todos estos seres mesiánicos e iluminados, que tanto han proliferado en la historia y que a tantas masas han arrastrado, han producido daños incalculables que sólo Dios puede evaluar y compensar con su absoluta justicia.

En estos aspectos, todos los que se sienten llamados a mejorar la condición del hombre, los que claman justicia social, los preocupados porque nadie carezca de lo necesario para su desarrollo personal como ser humano, habrían de plantearse su actuación investigando cuál es esa realidad “hombre” que Dios ha creado, qué es lo que quiere su Creador para todos y cada uno de esos hombres, cuál es el estado de los conocimientos humanos actuales para hacer llegar hasta el último rincón del mundo los medios que precisan para cubrir sus necesidades y, por último, qué plan sería el más idóneo para conseguir que, poco a poco, se invierta esa tendencia egoísta que está en el trasfondo de todos los males actuales y sea sustituida en el corazón de cada persona por un deseo sincero de buscar el bien de los demás.

No hay otra manera de evitar el hastío generalizado que produce en las personas normales el apestoso mundillo de la política, tan corrupto como ineficaz.

                                                                                                                                                                Juan José Guerrero.

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