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«Repito: para Dios nada hay imposible» 
14 de Enero
Por Valentín De Prado

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.
Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados.»
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?»
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge la camilla y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…»
Entonces le dijo al paralítico: «Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.»
Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual» (San Marcos 2, 1-12).

COMENTARIO

Jesús no sólo perdona pecados, sino que también sana parálisis. Parálisis que llevamos arrastrando años en nuestras vidas, todas aquellas cosas que nos hemos convencido que no podemos, todas aquellas situaciones en las que nos sentimos petrificados y estáticos.

Así es la misericordia de Dios: una gran luz de amor, de ternura. Es precisamente lo que hemos vivido en esta cercana Navidad. Dios nos perdona con una caricia, acariciando nuestras heridas del pecado. Jesús hace de confesor: no humilla, no dice ‘Qué has hecho, ¿Y cómo lo has hecho?… ¡No!  Solo añade ‘Animo y de ahora en adelante ¡no peques más!’. Es grande la misericordia de Dios.

Que este año nos encuentre sacudiéndonos de nuestras viejas ataduras, saliendo de nuestros pecados y miedos. Como el Ángel le recordó a María en la Anunciación, para Dios “nada hay imposible”. Cristo renueva esa apuesta y nos invita a salirnos de nuestras parálisis, a encarar incluso esas situaciones donde creemos que ya nada puede cambiar… Porque, repito: “para Dios nada hay imposible”.

Por otra parte, El Evangelio de hoy nos lanza en Misión, nos recuerda que una vez perdonados y sanados, se trata entonces de “levantarnos y tomar nuestra camilla” para ir con ella a ser “camilleros de nuestros hermanos”.

Cuando Jesús invita al paralítico a que se lleve con él su camilla, lo que está haciendo realmente es comenzar con este hombre lo que podríamos una “cadena de favores”. Cristo le recuerda al paralítico, con este gesto, que su curación fue posible porque otros se hicieron cargo de él, de su camilla y de su parálisis; Tuvieron amor y misericordia con el . Pues bien, ahora su Misión será ir y hacer con otros paralíticos lo mismo. La camilla, recordará al paralítico que su Misión es ahora sanar y perdonar a otros;
También nosotros tantas veces perdonados, estamos ahora llamados a ir por el mundo anunciando a quienes nos rodean la salvación y el perdón del Señor.

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