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Historia de una espiga 

Fue en una tarde de julio, limpia de nubes y apretada de sosiego…
…La historia es una disciplina suave que apasiona al estudioso amante de todo lo pasado para gloria de lo presente. Entre la pléyade señera de caballeros y héroes, cuyas virtudes, sobresaliendo del imponente historial universal, amaestran a todas las generaciones, nunca hemos oído la historia de una espiga. Porque la historia es eso: enseñanza. Así lo significa esa frase tan propia de todos los que próximos a cumplir la centuria conocieron un pretérito en nada igual —externamente— al momento actual: “La historia se repite”.
El pan nuestro de cada día nos hace ya consabido su proceso de elaboración. El pan… ¿hay algo más simbólico y más real? ¿Algo que sea tan compendioso, tan necesario y tan vulgar? Su historia se repite todos los días.
Una vez oí una comparación. ¿Habéis visto al ayudar a Misa cómo el Sacerdote, después de administrar el vino con el agua en el momento del Ofertorio, limpia con el purificador las gotitas que hubieren podido quedar en los bordes interiores del cáliz? Si esas gotas pudieran hablar, su lamento sería desgarrador. Han estado en un tris de ser Cuerpo y Sangre de Cristo; y, de pronto, al ser absorbidas por el cendal, se han visto reducidas a la nada. “!Oh; dolor!”. Su grito es —sería— la lucha por la existencia. El “ser o no ser”, que nos dijo Shakespeare. Fue una esperanza cortada de raíz. Fue una ilusión, un anhelo que no tuvo eco en la realidad.
El pensamiento me voló al pan, esa masa sustancialmente de harina y agua. ¿Por qué el oro de la parva tendida en la era, el oro de las mieses sin trillar no adquieren su más alto quilate al hacerse Dios?
Y, sin embargo, en ese campo de espigas enhiestas y reverentes ante el sol no todas correrán la misma suerte. Todas se harán pan. Pero ¡qué diferencia entre pan y Pan! Si las espigas que serán pan pudieran hablar, gritarían como aquellas gotas de vino —¡”Oh dolor!”—, desfallecidas de envidia al ver a las espigas que van a convertirse en Pan. Es el “ser o no ser”.

* Esta “historia” fue escrita cuando tenía 21 años (hace ya más de 50 años). Ganó el primer premio en un concurso literario-religioso bajo plica. He suprimido algunos párrafos en razón de la brevedad.

* * *
Pero yo conocí a una espiga rubia como las trenzas de una colegiala; alzada sobre su tallo como una azucena; postrada en adoración, inclinada su cabeza, como un ángel… ¡Era toda una espiga!
Su historia es tan vulgar como la historia de una espiga. Entre tantas y todas sometidas a los mismos avatares no tiene nada de particular. De origen humilde como todas, la tierra fue su madre, su vida no tiene más nombradía que la de haber dejado de ser espiga y harina. Su vida fue muerte y su muerte fue Vida.
El campo era un mar de trigo tierno que se doraba de día en día bajo la canícula implacable. Las amapolas habían pintado de rojo sus mejillas, avergonzadas por la verde presunción de los trigales… Pronto todas las espigas comenzaron a doblar sus pujantes cabelleras hacia el suelo, porque todo lo que nace de la tierra a la tierra tiende. ¿Todo? No, todo no. Mi espiga nació en la tierra, murió en el altar y vive en el Cielo.
Fue una tarde de julio, limpia de nubes y apretada de sosiego…
Todas cayeron al filo de la curva hoz. Todas le entregaron sus cabezas pesadas de canas doradas. Diríase que el segador es otro Robespierre y que “la historia se repite” —esta vez— en los trigales.
Las gavillas en haces, los haces en morenas, la morena en parva, la parva a la trilla, se aventa y se amontona el trigo limpio… De allí al molino
Y aquí comienza la Verdadera Historia de mi espiga que ya no fue más espiga. Porque entre todo el polvo blanco de la molienda, aquella porción, aquella harina de mi espiga fue la envidia de las demás. Crecida entre la multitud, elegida por el destino de la Providencia, cuidada por manos selectas, se encontró un día entre inciensos y flores y palabras de vida eterna.
Mi espiga ya no era espiga. Era Dios.
Todos la adoraban. Todos la miraban.
Más allá en la era, en el molino, en el hogar… las demás cumplían su misión ignorantes del destino de su hermana. Porque si lo conocieran, llorarían amargamente la brevedad de sus días, su existencia sin nombre, y, sobre todo, pensar que por una separación más afortunada hubieran adquirido los atributos de la Divinidad y sido Dios y Hombre bajo las apariencias de harina.
¡Granitos de trigo que fuisteis la espiga y hoy sois la harina que escondéis a Dios!, sé que, extáticos, perdida la noción de vuestro ser, atónitos en la contemplación de Dios —los primeros adoradores de vosotros mismos, si vosotros mismos fuerais—, sois lo más excelente que encontró Jesucristo en la tierra para encarnarse por segunda vez.
¿Quién se atreviera a pensar que, así como un poco de pan es el alimento del cuerpo, otro poco de Pan sería el sustento del alma? Misterio. Misterio glorioso, misterio consolador, misterio sencillo…, misterio de fe, de esperanza y misterio de amor.
La Hostia de harina reside en el Tabernáculo y recibe el tributo de pleitesía de los que adoran al Padre en espíritu y en verdad. ¡Pan divino!
La Hostia de harina preside los caminos polvorientos de nuestros pueblos ciudades, y los tortuosos y triviales de nuestro andar cotidiano. ¡Pan gracioso!
La Hostia de harina es el manjar ambrosíaco de las almas puras que cultivan su lirio a la sombra del sagrario que les da luz, calor y color, aire y fragancia, que les da vida y lozanía. ¡Pan vivo!
La Hostia de harina acompaña al moribundo en su enigmático viaje de ultratumba y le es refrigerio, descanso y luz. ¡Hostia santa de paz y de vida, Pan donoso!
La Hostia de harina alumbra los pasos inciertos del peregrino mortal y embalsama sus heridas… ¡Pan celeste!
¡Oh, Pan!, ¡oh, Pan!, !Hostia de harina! Algo grande hay en Ti que me invita a cantar y llorar, a amar y reír, a pedir y a entregar.
Algo tendrá la espiga cuando merece una segunda Maternidad Divina. Después de la Virgen, la espiga. En la espiga la carne del Hijo y, en el Hijo, la de la Madre.
¡Harina Inmaculada de Cristo y María! ¡Blanca harina de eternos fulgores! Sol meridiano y atrayente; Eje del mundo, Germen de Vida, Luz de la Gloria, Caridad hecha cosa, Pasto y Pastor, Sinfonía divina… Y ¿tú eres la espiga? Tú eres más que el mundo, tú eres más que el ángel, más que el alma… Tú eres Dios.
* * *
…Érase que se era una espiga rubia como las trenzas de una colegiala; alzada sobre su tallo como una azucena; postrada en adoración, inclinada su cabeza, como un ángel, que en una tarde de julio, limpia de nubes, apretada de sosiego, rindió su blonda cabeza de canas doradas al filo de la hoz. Segada, trillada, molida… y, por fin, consagrada.
Érase que se era una espiga rubia… en que Dios se encarnó.
Érase que se era una espiga… Fue una espiga que, escogida al azar entre miríadas de la mies rizada, por un misterio asombroso, colmo de poder y amor, se hizo Carne y Sangre de Dios.
* * *
Esta es la historia de una espiga que tuvo sus raíces en la tierra y en el Cielo. Que empezó siendo una insignificancia y acabó trocada en Divinidad. Que siendo Pan, se hizo alimento del espíritu y quietud del afanoso.
Su historia no la he visto escrita. Porque dicen que una espiga no tiene trascendencia, cuando precisamente nuestra vida está llena de actos intranscendentes. Por eso la espiga no tiene importancia. Es necesario descorrer los cortinones de lo vulgar para contemplar su majestad. Y contemplada, avivar la fe; con la fe la esperanza; y con la fe y la esperanza, el amor. Que todo eso significa la harina de la espiga consagrada.
Todos la envidiaron —bella espiga— cuando casualmente —¿existe la casualidad?— dejó de ser espiga. Cuando ya no podía engreírse de ser LO que era, recibió los parabienes y adoraciones de los demás. La espiga, recibiendo las felicitaciones ajenas, dejó su vida para injertarse en la Divinidad y recobrar en el mismo instante una Vida autónoma. Con la vida perdió las alabanzas y el camino de la vulgaridad en el que no son posibles los brotes de novedades. En la Vida nueva halló la adoración a Dios.
Cuando nos alejemos de los hombres para acercarnos a Dios, ¿se repetirá en nosotros la historia de la espiga que dejó de ser espiga? En el tiempo en que nuestra alma se separe del cuerpo y, accidentalmente, dejemos de ser hombres —como la espiga dejó de ser espiga—, ¿las lágrimas de los que nos lloren serán tributo de adoración al Señor?
La historia es suprema maestra de la vida. Esta es la magnífica lección que nos deja la historia de la espiga consagrada… una espiga rubia como las trenzas de una colegiala; alzada sobre su tallo como una azucena; postrada en adoración, inclinada su cabeza, como un ángel, que en una tarde de julio, limpia de nubes y apretada de sosiego, rindió su blonda cabeza de canas doradas al filo de la hoz…
Y los hombres de buena voluntad, coreados por los ángeles de níveas alas, y las flores del huerto y las hierbecillas de la pradera y los montes y los ríos y los soles y las aves… cantaban a los cuatro vientos a todas las cosas este bello epifonema:
“¡Quién fuera espiga del campo! ¡Quién fuera espiga del campo…!”.

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