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Históricamente incorrecto 

No hace mucho leí un libro de Jean Sévillia titulado Históricamente incorrecto. El autor, de nacionalidad francesa, hace un recorrido por la historia de su nación, revisando algunos de los tópicos que se han infiltrado en la mentalidad francesa, dando por asentado ideas y actitudes que son desmentidas por los hechos históricos, pero que casi todo el mundo considera admitidas. Recorre, entre otros acontecimientos, las guerras de religión en la Francia de los siglos XVI y XVII, la Revolución francesa, la Comuna, el colaboracionismo y la Resistencia durante la II Guerra Mundial, y otros muchos episodios del pasado. El autor habla expresamente de Francia, pero sus análisis y sobre todo, sus conclusiones pueden aplicarse a cualquier nación y, en especial a Europa.

Muchas veces tendemos a leer la historia de forma maniquea, señalando dónde están los buenos y quiénes son los malos. Pero, como observa Sévillia: “En cuando se remueve el pasado, el mal no está siempre donde se dice, el bien no está siempre donde se cree”. Por eso, el trabajo del verdadero historiador consiste en colocar los hechos con la mayor objetividad posible sin dejarse influenciar por consideraciones y posturas previamente establecidas. “Es, precisa justamente el autor, la diferencia entre historia y memoria. La historia razona, explica, analiza. La memoria se basa en reminiscencias y sentimientos, con lo que eso puede tener de subjetivo: sus omisiones, voluntarias o involuntarias, no restituyen la realidad en todas sus facetas”. Palabras muy certeras que nos hacen recordar la polémica ley española de “Memoria histórica”, que parece acaparar todos estos defectos. Cierto que la memoria es legítima, sobre todo la de los que han sufrido en el pasado, pero cada cosa ha de estar en su lugar sin confundirlas, porque como señala Pierre Nora, citado por nuestro autor: “La memoria divide, la historia une”.

no es lo mismo historia que memoria histórica

Ambas son necesarias, pues hay que saber —ese el papel de la historia— para entender y no repetir errores, y hay que recordar ­—ese es el de la memoria—, sin embargo, “hay momentos en los que se impone otro deber: el deber del olvido”, señala Sévillia en su análisis. Puesto que hay hechos del pasado en los que unos y otros están implicados, en los que la injusticia y el sufrimiento se han repartido entre los dos bandos y en el que las heridas no están del todo cerradas, en los que se impone no tanto el olvido como si nada hubiera pasado, pero sí el perdón que todo lo renueva, porque “la culpabilidad no es ni colectiva ni hereditaria”, afirma nuestro autor, al tiempo que nos recuerda la sabiduría de Enrique IV al firmar el edicto de Nantes que ponía fin a las guerras de religión en Francia: “Que la memoria de todas las cosas pasadas se quede apagada y dormida como cosa no ocurrida. Y no será lícito ni permitido a nuestros fiscales ni a ninguna otra persona, pública o privada, en cualquier tiempo o para cualquier ocasión que sea, hacer mención de ello, ni juicio, ni diligencia ante ningún tribunal o jurisdicción”.

Ciertamente que la justicia no puede callar ni se han de pasar por alto los hechos como si no hubieran ocurrido; pero en el caso de la Guerra Civil española, en la que hubo culpabilidad por ambas partes, ¿es necesario remover el pasado, cuando ya no queda nadie que pueda responder por ello? ¿Hemos de volver a la política del talión, que tan solo genera nuevas injusticias y atiza los rescoldos de viejos odios y alimenta la división? ¿No será mucho mejor el perdón que sepulta en el olvido para siempre los rencores y genera la paz y alienta el proyecto común?

Esto es, en definitiva, lo que hace Dios con nuestros crímenes. Estos solo quedan sepultados para siempre cuando cada cual reconoce sus errores y se abandona a la misericordia; en este caso, Dios ya no “se acuerda” de nuestros delitos que dejan, sin más, de existir.

la enfermedad de Europa

Hay otra cuestión que conviene señalar, según nuestro autor: “Cultivando la denigración del pasado, lo ‘históricamente correcto’ constituye un síntoma de una enfermedad demasiado extendida: el odio a sí mismo… Lo ‘históricamente correcto’ refleja la pérdida de valores comunes en nuestra sociedad”.

La sociedad europea está enferma. Sus raíces, que son cristianas, están dejando de alimentarla, al estar sometido a proceso el cristianismo que le dio su ser, por lo que Europa se encuentra anémica y falta de vigor. Su unidad cultural se está tambaleando por la irrupción de otras culturas, algunas psicológicamente más fuertes, como es la islámica, no porque sea mejor, sino porque, a diferencia de Europa, el Islam sí cree en sí mismo. Tampoco la razón de la que tanto ha hecho gala la sociedad europea, genera ahora confianza, sumida en la oscuridad del relativismo al haber abandonado la luminosidad de la verdad. Ni agrupan ya las ideologías políticas, ni existe una fe común que la aliente. Al perder su identidad, los fundamentos de Europa se están tambaleando, por la globalización de un lado y por las identidades regionales y el individualismo disgregador de otro.

Si nuestra generación está filosóficamente dividida, si ya no creemos en Europa, ¿cómo podemos buscar un destino común? Las reflexiones finales de nuestro autor no tienen desperdicio: “En un país que no se ama a sí mismo, la unidad nacional queda eclipsada… ¿Quién se atreve entre las élites de este país a reconocerse ‘patriota’? Surge también por la quiebra de las ideologías universales. Y su lógica le lleva, al igual que el totalitarismo, a recomponer el pasado en función de lo que presupone. La historia se vuelve a leer a la luz de los intereses del grupo…, para justificar las posturas y las opciones de hoy”.

España y Europa han perdido su unidad ideológica, no hay un proyecto común, como no sea lo estrictamente económico, y esa es una unidad muy frágil, siempre amenazada por intereses particulares o de grupo. Justamente cuando Europa, abandonando las divisiones políticas del pasado, empezaba a ser una, ha dejado de creer en sí misma.

Un proyecto común implica un sueño común. Si España, en particular y la Unión Europea, en general, han abandonado la fe que las unía, desgarradas por las diferencias ideológicas del relativismo, ¿cómo hacer que se pongan a soñar juntos? Y si no hay proyecto común, Europa queda a merced de sus enemigos y está amenazada de quiebra. ¿Podrá volver un día a la fe que cimentó su grandeza? No lo sabemos ni está en nuestras manos, pero a nosotros una tarea nos ha sido encomendada, más allá de cualquier resultado práctico: ser testimonios vivos de la savia que puede devolver el vigor y la vida a la vieja Europa. Vivir como cristianos y dar razón de nuestra esperanza.

Ramón Domínguez Balaguer
Director del Pontificio Instituto Juan Pablo II, Extensión dominicana

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