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Hoy Jesús esta aquí 
24 de Febrero
Por Miguel Iborra Viciana

En aquel tiempo la gente se apiñaba alrededor de Jesús y comenzó a decirles: Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás (San Lucas 11, 29-32).

COMENTARIO

Algunos habían pedido a Jesús un signo portentoso. El gran signo del Reino es Jesús y su predicación. Ese es el signo que  Dios da aquella generación, que buscaba en lo maravilloso la presencia de Dios. En Jesús se nos revela, por tanto, alguien que es más grande que Salomón o Jonás.

No tenemos que preguntar por ningún otro signo escuchar su predicación y convertirnos, como hicieron los habitantes de Nínive ante la palabra de Jonás.

Como Jonás, nosotros podemos recibir la llamada  para ser un conducto a través del cual se cumple la voluntad de Dios. A veces no importa si nuestros corazones no están puestos en lo que hacemos; el hecho de hacerlo puede ser suficiente para que Dios alcance resultados asombrosos a través nuestro.

(En el Ángelus, del día, 6 de septiembre de 2015), el Papa Francisco hacía referencia a este evangelio: Pero este Evangelio nos habla también de nosotros: a menudo nosotros estamos replegados y encerrados en nosotros mismos, y creamos muchas islas inaccesibles e inhóspitas. Incluso las relaciones humanas más elementales a veces crean realidades incapaces de apertura recíproca: la pareja cerrada, la familia cerrada, el grupo cerrado, la parroquia cerrada, la patria cerrada. Y esto no es de Dios. Esto es nuestro. Es nuestro pecado. 

El verdadero discípulo de Jesús no pide ni necesita milagros para creer y convertirse. Le basta con ver la obediencia incondicional y el amor sin medida de Jesús.

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