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Hoy se cumple esta Escritura 
3 de Septiembre
Por Francisco Lerdo de Tejada

En aquel tiempo, fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor.»
Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.» 
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?» 
Y Jesús les dijo: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.» 
Y añadió: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Elíseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.»
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba (San Lucas 4,16-30).

COMENTARIO

El Mesías lo pasa mal en las tierras de su infancia. La razón es que allí no están dispuestos recibir en calidad de Ungido del Señor. Para eso haría falta una fe de la cual no estaban dotados sus paisanos. Una y otra vez y luego otra y otra vez me vuelvo a sorprender y maravillar de la tremenda importancia que da el Señor a la fe en todas sus dimensiones humanas y divinas.

Es la fe la que despierta al amor a grandes ascensiones. Sin fe no marcha el afecto que Dios quiere para rendirle confianza y progresar por sus caminos. Y es esa fe don y tarea por nuestro peregrinar terrestre.

La inteligencia animal es mecánica diríamos, programada. Un abeja hace hexágonos fabulosos y un delfín salta como nadie en su medio acuoso. El hombre posee inteligencia humana capaz de mucho más naturalmente. Es esa alma espiritual la que le da esas capacidades intelectivas y volitivas. La inteligencia divina que poseen los santos es la obediencia. Si, la Obediencia a la gracia, la obediencia a Dios.

A veces el instinto animal que llevamos en nuestro ser dificulta la vida espiritual humana, y ésta a su vez puede ser obstáculo para vivir plenamente en clave sagrada. La pereza corpórea dificulta la vida de oración. Y el no entender la lógica de Dios puede llevar a no avanzar por las sendas de la fe. Abrahán si se hubiera dejado llevar de su pura lógica no se hubiera lanzado a la gran prueba de amor y confianza en Dios aun a consta de su querido Isaac.

Los de Nazaret ¿en qué nivel se encuentran? Dice el texto que se llenaron de ira al oír la verdad de labios del Señor. El es la Verdad que estaba diciendo a verdad. Y obtuvo como resultado la ira de que no vive la verdad ni en la verdad.

Aquello fue un sermón que abrió heridas y produjo ansias de muerte. Respuestas pasionales que alejan a la persona de la fe que Dios pide.

El cultivado en el espíritu, al menos, debería estar semiabierto a las sorpresas del Espíritu. El pasional es vencido por sus fuerzas arrolladoras que no quieren saber nada de la verdad.

La crítica, la murmuración… todos esos pecados de mente y de lengua alejan la gracia de las personas. Dios da su gracia a los humildes pero… con los soberbios… entra duro.

El valor espiritual nos da capacidad de sacrificio. La persona que vale espiritualmente está de hecho predispuesta a creer aquello que no comprende, y de aceptar.

Es fácil rechazar lo que no nos gusta. Queremos todos lo que nos agrada. Pero ¡cuántas cosas que no nos agradan aumentarían nuestro potencial de felicidad si aceptáramos lo que no entendemos de nuestro Dios! Por fe acreciento mi valía espiritual adentrándome en ámbitos más felices, más divinos.

Es realmente hermoso el pasaje del profeta Isaías que el Señor se aplica a sí mismo. Es el Ungido por el amor, el enviado para evangelizar a los pobres, para predicar a los cautivos la liberación y a los ciegos la curación. ¡Año de gracia y libertades!

 Es todo fantástico, es un mesías amable, fabuloso…, bueno, divino. Viene a favor nuestro, viene a colmarnos de felicidad de la buena, viene… por nosotros y solo por nosotros, sin otra misión que rescatarnos de las falsas felicidades de los pecados, tormentos auténticos que entristecen al Cielo y a la tierra.

Pero cabe la opción de resistir, de rebelarse, de no dejarse dominar por esta bendita fe que nos daría la llave nuestros sueños.

Dios nos da oportunidades constantemente para acrisolar esta fe, para dar rienda suelta a la divina confianza. Nos respuesta ha de ser valiosa, de altura, para alcanzar más altura con la ayuda de la gracia misericordiosa del Señor.

Siguiendo el hilo del relato vemos que intentaron despeñar al Señor, deshacerse de él, hacerle daño de un modo incomparable. Se ve la ceguera del hombre guiado por sus propios intereses, que a la hora de la verdad, salta con una rabieta insospechada.

Pero Jesucristo mostró su Majestad impidiendo en aquel caso que lo despeñaran. Pasando por medio de ellos se marchó. Nos recuerda aquel pasaje bíblico donde Moisés pasó por medio de aquellas aguas rojas. Sí, pasó por medio y no hubo peligro alguno. Estaba protegido por las mismas masas de aguas que colgaban a los lados improvisados. El faraón quedó confundido y hundido con sus carros y caballos y aquel conductor de almas pasó salvado por su Dios.

Pidamos inteligencia divina para no hacer el disparate de rechazar al que nos diviniza con una felicidad eterna y verdadera.

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